Archivo

Las desgarradoras experiencias de los trabajadores víctimas de la moda

La tecnología y el activismo buscan proteger a quienes proveen mano de obra para las grandes marcas.

notitle
20 de junio 2015 , 08:04 p.m.

 La tragedia de Rana Plaza, un punto de inflexión

Lo ocurrido el 14 de abril del 2013 en Rana Plaza, en las goteras de Daca, la capital de Bangladés, fue un doloroso llamado de atención sobre las consecuencias de la explotación de trabajadores en los países productores de ropa de bajo costo. Al millar de fallecidos en el colapso del edificio se sumaron historias desgarradoras de supervivientes que tuvieron que amputarse miembros para liberarse de los escombros. Aunque muchos trabajadores habían denunciado la existencia de grietas en los pilares de la estructura, sus advertencias fueron ignoradas.

The Clean Clothes Campaign (CCC), una alianza de organizaciones de 16 países europeos, inició una campaña para recaudar 30 millones de dólares con el fin de contribuir al alivio de las víctimas y sus familiares. Más de un millón de consumidores de todo el mundo se unieron a acciones contra las compañías cuyos productos se fabricaban en Rana Plaza. El boicot forzó a donar dinero a Bonmarché, C&A Foundation, Camaïeu, El Corte Inglés, Inditex, KiK, Loblaw, LPP S. A., Mango, Mascot, Premier Clothing, Primark, Walmart y The Children’s Place, e incluso a firmas que no tenían relación con la factoría pero que sí producían en Bangladés, como N Brown Group, VF Corporation, Hudson Bay Company, Next y GAP.

Así quedó la fábrica de ropa que funcionaba en Savar, en las afueras de Daca, la capital de Bangladés. Efe

“Estas marcas, con un beneficio anual colectivo de más de 20.000 millones de dólares, han necesitado dos años y una presión pública significativa para llegar a meros 30 millones de dólares. Esto pone de manifiesto que su responsabilidad social no es voluntaria. Ahora tenemos que buscar la manera de garantizar que las marcas y los minoristas entreguen recursos a los afectados por futuros desastres de manera natural y no solo ante la insostenible presión de la indignación pública”, dice Ineke Zeldenrust, portavoz de CCC.

Activismo para proteger al trabajardor y al planeta

De la alfombra roja a la alfombra verde

En el 2010, el actor inglés Colin Firth fue nominado al Óscar y al Globo de Oro por su protagónico en 'A Single Man', la primera película del diseñador Tom Ford. En la vida de su esposa, la doctora en humanidades Livia Firth, se dibujaba un panorama lleno de alfombras rojas. Fue entonces cuando la periodista Lucy Siegle la animó a asumir ese escaparate como una herramienta de acción social. La columnista de The Observer la retó a combinar ética y estética en la elección de su vestuario. La cruzada se bautizó Green Carpet Challenge (el desafío de la alfombra verde).

El actor Colin Firth; su esposa, Livia, y el documentalista Andrew Morgan. Archivo particular

En los Globos de Oro de ese año, Firth apareció con un vestido de novia de Christian Couture rediseñado. Para el estreno de El discurso del rey en París, ese mismo año, encargó a la firma londinense de reciclaje de ropa Junky Styling la adaptación de un antiguo traje de su marido. Y en la noche de los Óscar, la mujer del ganador como mejor actor le encargó al genio de la moda ecológica Gary Harvey que creara una prenda a partir de un antiguo atuendo de su abuela.

Para el 2012, Livia ya había sumado a su alfombra verde a Meryl Streep, que en los premios de la Academia vistió un traje dorado de Lanvin confeccionado a partir de textiles ecocertificados, y a Cameron Díaz, que en la gala del MET optó por un vestido de seda orgánica firmado por Stella McCartney. Y no fueron las únicas: Javier Bardem, Michael Fassbender, Julianne Moore, Kenneth Branagh, Emily Blunt y Viola Davis se cuentan entre las ecoestrellas.

Firth concentra sus esfuerzos en el meollo del problema, las grandes marcas. “Esa primera batalla con las estrellas la necesitamos para establecer el concepto de nuestro proyecto en la plataforma global y para que los diseñadores nos prestaran atención –explica–. Pero ahora que ya la captamos, estamos trabajando al nivel de la cadena de abastecimiento. Y esta fase es tan técnica y complicada –hablamos de oro, textil, cuero– que consume mucho tiempo. De modo que si hay una alfombra roja, me visto yo y punto, porque si quieres trabajarte a una actriz has de hablar con su estilista, y no sabes el tiempo que supone. Ya no me molesto, porque la vida es muy corta”.

Tecnología

‘Vivimos conectados, pero ignoramos a los demás’

“Vivimos en el siglo XXI, en un mundo global, e ignoramos las vidas de las otras personas. ¿Cómo es posible?”, cuestiona en ‘The True Cost’ Arif Jebtik, propietario de una fábrica de textil en Bangladés.

Por eso, el director Andrew Morgan no quería limitarse a filmar un documental sobre el uso de mano de obra esclava, sino ayudar a entender el impacto que nuestra ropa tiene. “Nos hemos distanciado de los creadores de nuestras prendas, la gente más vulnerable del planeta. De modo que ‘The True Cost’ es una oportunidad para reconectar y reparar en que nuestras elecciones afectan a las fábricas y a los campos de todo el mundo”, explica.

Pero su iniciativa no se limita a la proyección de la película. En forma paralela, el sitio ‘truecostmovie.com’ promueve el trabajo de Brac, una ONG de Bangladés que ha extendido por el mundo su misión de empoderar a las comunidades en situaciones de pobreza, analfabetismo, enfermedad e injusticia social, así como el de Fashion Revolution, una coalición de diseñadores, académicos, escritores, empresarios y parlamentarios que claman por una reforma sistémica de la cadena de suministro de la moda. La plataforma web de Morgan también invita a firmar una petición para que la EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos) refuerce la normativa de protección de los trabajadores, con énfasis en los agricultores.

EL TIEMPO