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En el pulso con Grecia, la UE se juega su futuro

Analistas coinciden en que ambas partes -Atenas y acreedores- deben ceder para evitar un descalabro.

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20 de junio 2015 , 07:20 p.m.

Europa hizo su primer préstamo a Grecia –110.000 millones de euros– en mayo del 2010. Dos años después, llegó el segundo –130.000 millones de euros–, unido a una reestructuración de deuda con una quita del 28,5 por ciento del total del pasivo heleno.

No funcionó. Cinco años de recesión, colapso del PBI de más del 25 por ciento, desempleo al 27, la deuda del 120 al 180. Y, sobre todo, una crisis social a caballo. Los hogares griegos perdieron casi el 40 por ciento de sus ingresos, un tercio del país se quedó sin acceso a la sanidad pública, más de 100.000 jóvenes cualificados llenaron la maleta y se fueron, volvió la malaria, aumentaron el VIH y los suicidios.

Apenas el 10 por ciento del dinero de aquellos préstamos fue a ayudar a Grecia. El resto sirvió para rescatar indirectamente a la banca europea, principalmente alemana y francesa.

Casi cinco años después los griegos, humillados, dijeron basta y entregaron el poder al partido de izquierda radical Syriza. El nuevo primer ministro Alexis Tsipras y su mediático ministro de Finanzas Yanis Varoufakis encontraron todas las puertas cerradas en Europa, a pesar de que es muy difícil encontrar a un economista de prestigio que no reconozca que la deuda helena es impagable y la reestructuración inevitable.

Los acreedores –los gobiernos de la eurozona, el BCE y el FMI– tienen dudas legítimas sobre la voluntad del nuevo gobierno –que prometió en campaña electoral lo imposible– de reformar una administración pública ineficiente y corrupta. Pero los acreedores también intentan torcer la mano griega, porque el éxito de Syriza mostraría que el rey está desnudo, que los rescates destrozaron al país.

Difícil panorama

Desde hace cinco meses las negociaciones están bloqueadas y Grecia tiene días para evitar el mayor default de la historia financiera mundial y, si el BCE desenchufa la liquidez de sus bancos, su salida del euro.

Sería el primer gran paso atrás en la construcción europea, podría poner en riesgo a otras economías, y dejaría un Estado fallido en el flanco sureste europeo, frente a Turquía, a pocos cientos de kilómetros de la costa libia controlada por el grupo terrorista Estado Islámico, al sur de unos Balcanes siempre inestables y ante la llegada en meses de decenas de miles de refugiados sirios.

Atenas pide que acaben los ajustes y una reestructuración de deuda para tomar aire. A cambio promete reformas que modernizarían el país y lo harían más competitivo, pero los acreedores piden medidas de ahorro inmediatas y apuntan a las pensiones, una línea roja para Tsipras. Un acuerdo daría a Grecia otros 7.200 millones de euros para cumplir con los vencimientos de deuda hasta finales de agosto.

Guntram Wolff, analista de Bruegel, el principal centro de análisis económico de Bruselas, explicó a EL TIEMPO que “ambos lados tienen que moverse. Grecia tiene razón cuando pide superávits fiscales menores a corto y medio plazo. Los acreedores tienen razón pidiendo más sinceridad en cuanto a las reformas”.

Decenas de reuniones de ministros de Finanzas han ido empeorando el ambiente y en las últimas llegaron los ataques personales. Ante esta situación, este lunes en Bruselas se reúnen los líderes de los 19 gobiernos del euro con el BCE y el FMI. Todos contra Tsipras.

Europa no quiere perder a Grecia, pero tampoco quiere reconocer que los rescates fallaron y que las décadas de superávit primario que propone al Gobierno ateniense son imposibles de lograr.

Wolff considera que un buen acuerdo, aceptable para todos, sería pedir a Atenas “menores superávits fiscales a corto plazo” y no “más de 2,5 por ciento a medio plazo, reformas serias en Grecia, sobre todo contra la corrupción” y “aumentar la competencia” en su economía y “mejorar la educación”.

Paul de Grauwe, profesor en la London School of Economics, escribe que el BCE debería comprar deuda griega como hace con la de los demás países del euro desde marzo. Y que los gobiernos europeos deberían reconocer que el valor de mercado de los bonos helenos es una fracción de su valor nominal: “Entiendo que eso creará problemas políticos porque los gobiernos acreedores tendrán que reconocer pérdidas. Los políticos prefieren vivir en un mundo ficticio escondiendo la verdad a los contribuyentes”.

De Grauwe cree que “el objetivo de los acreedores” no es hacer una Grecia solvente, “sino castigarla”.

Las posiciones no son tan distantes como aparentan y todos tendrán que ceder si no quieren romper la cuerda.
Muchos grandes economistas –incluyendo algunos premios nobel– consideran que las propuestas de Varoufakis son correctas y el FMI reconoció hace ya dos años que los rescates habían fallado por pedir demasiados ajustes y demasiado rápidos, pero Tsipras no tiene ni tiempo ni dinero ni aliados.

Europa se juega mañana su futuro.

Idafe Martín Pérez
Para EL TIEMPO
Bruselas.