Archivo

El magnate del copete

No deja de perturbar el desprecio con que aspirantes presidenciales de EE UU abordan la inmigración.

notitle
19 de junio 2015 , 07:57 p.m.

NUEVA YORK. El 12.° aspirante a la nominación del Partido Republicano para las elecciones del 2016 en Estados Unidos saltó a la arena política esta semana en un evento rimbombante y coreografiado, como era de esperarse de su protagonista. Ante una pequeña audiencia de entusiastas seguidores, el multimillonario Donald Trump anunció su candidatura y reveló una plataforma de gobierno que a simple vista es risible, pero que contiene esa retórica antiinmigración que no dejan de tener sus partidarios.

Según el magnate del copete, México envía drogas, criminales y violadores a EE. UU., y la manera de contrarrestarlo es construir una muralla y hacer que los mexicanos paguen por ella. El público asistente a su fiesta de lanzamiento celebró la ocurrencia con cerrado aplauso.

Es sabido que los candidatos republicanos a la nominación de su partido deben exhibir posiciones ultraconservadoras para poder pasar a la siguiente fase, o sea ganar la candidatura propiamente dicha. Eso pasa porque una proporción importante de los votantes en las primarias republicanas es de extrema derecha, y los candidatos tratan de congraciarse en esa etapa del proceso antes de deslizarse hacia el centro del espectro, donde está el grueso del electorado.

Pero aun si se trata de una temprana estrategia de campaña de Trump o de otros de sus colegas en estas elecciones, como Ted Cruz o Marco Rubio, no dejan de perturbar el desprecio y, peor aún, la miopía con que varios aspirantes a la Presidencia de EE. UU. abordan públicamente el tema de la inmigración. Doscientos cincuenta millones de personas viven y trabajan en un país distinto al que nacieron; y ese número solo va a crecer, como explicó recientemente el exsecretario de las Naciones Unidas Kofi Annan en un escrito que me abrió los ojos.

Más allá de la lógica de integrar a los inmigrantes como fuente de vitalidad económica, es necesario acogerlos con comprensión y compasión. Es un asunto de humanidad, y las políticas migratorias de los países destinatarios deben tener ese simple concepto como premisa básica.

A partir de ahí, dice el líder humanitario, hay que tomar varios pasos. El primero, reconocer el aporte económico de los que migran. Alemania, por ejemplo, necesitará tener 32 millones de inmigrantes en el 2035 para que haya equilibrio entre la población en edad de trabajar y quienes estén por fuera del mercado laboral. Es una realidad sorprendente y que resulta enmascarada en medio de las noticias sobre las tensiones existentes entre los locales y quienes vienen de Turquía, Irak y otras tierras azotadas por la guerra o por la falta de oportunidades.

El segundo, intervenir en el sistema que intermedia los envíos de remesas y que, según Kofi Annan, se queda en promedio con el 9 % de los recursos que los inmigrantes mandan a sus países, minimizando el impacto de una intervención que en muchas naciones, desde México hasta Filipinas, es vital para la supervivencia de millones.

En tercer lugar, hay que mejorar el sistema de procesamiento de extranjeros en los países de destino, los que, contra lo que parece creer todo el mundo, no son las prósperas economías de Occidente. El 70 % de los inmigrantes en el planeta se han refugiado en países en desarrollo, y cuando el pedante Donald Trump trata de victimizar a EE. UU. por el volumen de inmigrantes que recibe, refuerza el mito de una injusticia que en realidad no existe.

En un mundo con 7.000 millones de personas debería haber espacio para 250 millones –algo así como el 3 %– que, por el motivo que sea, resolvieron abandonar su país de origen. Es una realidad que cualquiera, hasta el más insensible capitalista, debería tratar de entender.

Adriana La Rotta