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Los rectores hablan de los retos de 'Ser pilo paga'

Fortalecer el proceso de orientación vocacional y reforzar aspectos académicos son algunos de ellos.

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19 de junio 2015 , 10:10 a.m.

Si algo quedó claro un semestre después del arribo de 10.000 ‘pilos’ a la educación superior es que, a pesar de sus altos puntajes en las Pruebas Saber 11, son evidentes sus debilidades en matemáticas, lectoescritura e inglés, y la ausencia de una orientación vocacional definida.

Pero también el interés y esfuerzo de este grupo de becarios por sortear las dificultades que representa adaptarse a un entorno educativo, lejos de casa y con nuevas exigencias.

Esto significó, sin duda, un primer desafío para las universidades de alta calidad, que debieron responder rápidamente con apoyo académico, asesorías y oportuna movilidad entre programas para garantizar que estos nuevos talentos no desertaran prematuramente.

La ministra Gina Parody, impulsora del proyecto, sabe que aún hay muchos vacíos por resolver.

Lo anterior condujo a un primer jalón de orejas de los rectores a la educación básica y media: su deber de fortalecer dichas competencias, dado que son claves para garantizar la permanencia de los jóvenes y la culminación de sus carreras. Hoy, cinco de cada 10 universitarios deserta y una de las principales causas es el bajo desempeño académico.

“Como parte de una primera evaluación del programa –afirma Jesús Ferro Bayona, rector de la Universidad del Norte–, un grupo de universidades acreditadas presentamos un informe al Ministerio de Educación con los aspectos que debían mejorarse. Entre ellos están fortalecer el proceso de orientación vocacional y preparación académica de los estudiantes previo a su ingreso, y desarrollar programas de transición a la vida universitaria que preparen a los jóvenes en el dominio de las competencias requeridas en la educación superior”.

De igual forma –dice el rector– le plantearon al Gobierno medidas alternativas para evitar la deserción de los becarios, tales como un semestre adicional si el estudiante se atrasa, cursos nivelatorios, flexibilidad durante el primer año de estudio y mayor celeridad en la entrega de los auxilios económicos que hacen parte de la beca.

“Este desafío también nos deja la tarea de ampliar su nivel cultural, desarrollar sus habilidades y enriquecer su vida universitaria”, comenta, por su parte, el hermano Frank Ramos, vicerrector de Promoción y Desarrollo de la Universidad de La Salle.

Según él, se enfrentaron, con sorpresa, al hecho de que algunos de ellos duraron un año o año y medio sin profesor de matemáticas. De hecho, se les reforzaron conocimientos básicos en esa asignatura para que iniciaran, nivelados, un segundo ciclo. “Nos llama la atención que muestran un desarrollo especial de la memoria, pero dificultad para hacer análisis y extraer lo más importante de un texto. Son competencias muy nuevas para ellos”, agrega.

En ese sentido, propone el rector de la Universidad de La Sabana, Obdulio Velásquez, sería interesante que algunas instituciones ofrecieran un semestre de inducción o de adaptación con el ánimo de reforzar estos aspectos académicos y trabajar otras competencias de estudio.

Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional, va un poco más allá: las universidades deberían ser responsables de una parte de la deuda de la beca-crédito en caso de que los estudiantes deserten o muestren desempeños académicos desfavorables. “La deserción en el primer semestre no debe asumirse como un fracaso del estudiante, sino como su incapacidad de adaptarse a la vida universitaria, por lo cual las instituciones deben esforzarse para evitar la deserción”, indica.

Los académicos Carlos Caballero Argáez y Luis Omar Herrera sostienen que las personas de más bajos ingresos que logran acceder a la educación superior, ya sea por medio de becas o préstamos educativos, requieren una nivelación académica para poder mantenerse y aportar, de forma calificada, a la productividad del país. “Si no es así, seguramente desertarán, con lo que se perderán los recursos invertidos en ellos y se contribuiría a ampliar la brecha social”, explican en el libro La educación superior: retos y perspectivas, una compilación de Luis Enrique Orozco, profesor titular de la Universidad de los Andes.

De otro lado, una segunda tarea que deja el programa es la necesidad de trabajar, desde el colegio, la orientación vocacional. “Algunos de estos chicos no tenían claro el propósito de la profesión que escogieron estudiar y sus intereses eran muy distintos (...) Es importante garantizar para ellos la movilidad entre programas, sin tropiezos ni sanciones por parte de la beca, y que esto no sea visto como un fracaso sino como proceso de maduración personal”, afirma el rector de la Universidad de La Sabana, Obdulio Velásquez.

Janeth Arias, de la U. Javeriana, considera necesario empoderar a los estudiantes en la toma de decisiones y trabajar con ellos la importancia de los buenos resultados y el compromiso con su proceso educativo, toda vez que ello representa la oportunidad de acceder a la formación superior de calidad.

“La mayoría de los jóvenes toma decisiones sobre su futuro a partir de imaginarios y percepciones del mundo, la vida y el trabajo, basados en limitados modelos de rol que encuentran en sus contextos. Esto genera graves problemas de permanencia y deserción en los niveles de estudio escogidos”, dice el documento ‘Acuerdo por lo superior 2034’, presentado el año pasado por el Consejo Nacional de Educación Superior (Cesu).

Inclusión social

‘Ser pilo paga’, coinciden los académicos consultados, es una apuesta nacional por la inclusión: son jóvenes que seguramente no habrían podido acceder a educación profesional de alta calidad por sus limitaciones económicas. Y una oportunidad de esta magnitud los enfrenta a nuevas perspectivas sobre su futuro.

Esto cobra aún más importancia si se tiene en cuenta que la demanda de créditos educativos va en aumento y que el Icetex deja de atender cerca del 40 por ciento de las solicitudes por falta de recursos.

Para algunas instituciones, el ingreso masivo de jóvenes de escasos recursos significó la posibilidad de construir una comunidad académica más diversa, y es justo esa diversidad –añade José Manuel Restrepo– la que aporta valor agregado al proceso formativo.

La presencia de una población socioeconómicamente más diversa en la educación superior de alta calidad implica un cambio cultural interno que enriquece a la universidad. Esos espacios de interacción social entre distintas clases sociales –explica el hermano Frank– no suelen darse en medios naturales, dado que la sociedad se ha encargado de segregar a quienes no tienen las mismas oportunidades. Esto, sin duda, es un aprendizaje.

Para Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional, una forma de generar mayor equidad e inclusión social con este programa de becas es permitir a los jóvenes de poblaciones vulnerables de zonas apartadas del país –para quienes es complejo obtener altos desempeños en las pruebas de Estado– acceder a becas-crédito especiales que exijan menores puntajes. “El programa también debería estar dirigido al estrato 3, dado que no es suficientemente pobre para merecer una beca ni tiene los recursos suficientes para pagar la educación superior”, agrega el académico.

Y añade, finalmente, que para la próxima ‘camada’ de becarios es vital darles la oportunidad de elegir a la Universidad Nacional como una opción, pues en esta ocasión los beneficiarios de la institución ya habían sido admitidos por estar en su proceso regular de admisión, sin haber accedido a la beca.

Sin duda, coinciden los rectores, ‘Ser pilo paga’ logró desmitificar el concepto de que la universidad de alta calidad es una institución para la élite, y abre las puertas a talentos provenientes de clases sociales menos favorecidas.

“En educación todo tiene resultados a largo plazo. En este caso, en escasos cuatro o cinco años, ‘Ser pilo paga’ no solo habrá transformado a miles de colombianos, sino que habrá modificado sustancialmente, y para bien, la estructura de nuestras universidades haciéndolas más incluyentes, más diversas, más justas y mejores universidades”, concluye Pablo Navas, rector de los Andes.

EL TIEMPO