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¿Un fantasma?

Se nos dice que un nuevo fantasma parece estar recorriendo Europa: el populismo.

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18 de junio 2015 , 05:30 p.m.

Se nos dice que un nuevo fantasma parece estar recorriendo Europa: el populismo.

De derecha o izquierda, en España y Grecia, hasta en el Reino Unido se han encendido hace ya rato las alarmas. Un trabajo reciente de Claudia Chwalisz para el tanque de pensamiento Policy Network examina el problema y sugiere una serie de medidas en favor de lo que se ha llamado “democracia de contacto” (The populist signal. Why politics and democracy need to change).

¿Qué tan serio es el problema? ¿Es “populismo” el nombre más adecuado para lo que está sucediendo en Europa? ¿Y sirven de remedio las medidas sugeridas?

Esta “nueva ola” del populismo europeo no es tan nueva. Al principio, sus manifestaciones se identificaron con movimientos nacionalistas de derecha. Algunos analistas alcanzaron a sugerir que mientras en Europa los populismos eran de derechas, en Latinoamérica solían ser de izquierdas.

Tal distinción hoy es menos sostenible, tras los significativos avances electorales de Podemos en España, y la llegada al poder de Syriza en Grecia. Aunque es cierto que otros adelantos recientes incluyen, por ejemplo, al Partido Independiente del Reino Unido (UKIP), a la derecha de los conservadores.

Englobar tan disímiles movimientos bajo una misma etiqueta (“populismo”) ha sido siempre cuestionable. Unos se distinguen por ser hostiles a los inmigrantes y al Estado de bienestar, otros por oponerse a las políticas de austeridad provocadas por la recesión de la última década.

¿Qué tienen en común? Ante todo, sus ataques contra los partidos tradicionales, el “establecimiento corrupto”, un discurso “antiélite” que busca el apoyo de sectores supuestamente marginados.

Para entender bien todos estos movimientos de insatisfacción, es quizás necesario dejar de clasificarlos bajo un mismo rubro. Podemos y UKIP, por ejemplo, comparten plataforma contra los viejos partidos, pero ello no los hace programáticamente afines. En muchas cosas son casi polos opuestos.

Ha hecho carrera la noción de entender al populismo como un “correctivo” de la democracia, razón que puede explicar el que se acuda al nombre cuando se trata de examinar las soluciones propuestas para los problemas de las democracias contemporáneas. Es fácil señalar tales problemas. Pero ¿es entonces el “populismo” un “correctivo” eficiente?

El trabajo de Chwalisz señala bien varios de los problemas, todos relacionados con el desencanto con los partidos políticos y la general falta de transparencia en la toma de las decisiones públicas. Chwalisz, importa aclarar, no favorece las alternativas populistas de ningún color. Su propósito final sirve de advertencia a los partidos ya establecidos para tomar medidas que fortalezcan sus propias organizaciones y la misma democracia.

¿Qué hacer para que la gente vuelva a comprometerse con la política? ¿Más descentralización? ¿Más democracia directa? Estas son algunas de las preguntas que intenta responder.

Bajo la fórmula “democracia de contacto”, elaborada también en otros trabajos, Chwalisz sugiere responderle al populismo con una serie de medidas que motiven la vinculación directa de la gente en la toma de decisiones, incluido el uso del sorteo y del azar para formar tribunales y hasta senados de ciudadanos. No las ve como reemplazo total, sino como complemento de lo existente.

En el fondo, estamos ante el gran reto que impone la revolución tecnológica a la democracia. Soy escéptico frente a algunos de los “nuevos” mecanismos que propone Chwalisz, quien reflexiona poco sobre cómo mejorar la calidad de la representación. Pero acierta en confrontar uno de los más urgentes retos que tienen todas las democracias en el mundo.

Eduardo Posada Carbó