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Alemania: derrota y liberación

El Director de EL TIEMPO asistió en Alemania a eventos del fin de la guerra en mayo de 1945.

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18 de junio 2015 , 07:56 a.m.

Derrota. Liberación. Nuevo comienzo. Estos tres simples pero contundentes conceptos fueron los escogidos por las autoridades del Museo de Historia de Alemania para bautizar la exposición conmemorativa de los 70 años del final de la Segunda Guerra Mundial, y recoger en esas tres expresiones la barbarie, la injusticia, la muerte, la derrota, el pecado histórico a cuestas y las dificultades del pueblo alemán para asumir el futuro con el lastre de haber perpetrado, de la mano del nazismo, lo que puede ser la mayor atrocidad en la historia de la humanidad: el holocausto.

Alemania entera es un museo. En las calles y parques de todas las ciudades hay exposiciones, esculturas evocativas de episodios de violencia, de dolor y de muerte; y también símbolos de unidad y reconciliación, porque el recuerdo del final de la Segunda Guerra va acompañado del recuerdo de la caída del muro de Berlín, en 1989. La guerra, la derrota, la división de Alemania a manos de Estados Unidos y de la Unión Soviética, la guerra fría de 45 largos años de duración y, al final, la reunificación y la discusión conjunta sobre el pasado, el presente y el futuro.

Y en ese punto estamos, aquí en Berlín, en la conmemoración del fin de la guerra por invitación que el gobierno alemán le hizo a El Tiempo, para asistir a los eventos recordatorios de junio de 1945 y para participar en las discusiones que políticos, académicos, sociólogos, sicólogos e historiadores llevan a cabo sobre Alemania, 70 años después de finalizada la guerra.

Desde el primer momento queda claro que los alemanes no quieren esconder nada. En todas las exposiciones y conferencias sobre la participación del nazismo alemán en esos años, no se escatiman detalles sobre las atrocidades cometidas. Ahí están las cifras (¡y las fotografías!) de los trenes atiborrados de prisioneros aterrorizados camino a los campos de exterminio, las explicaciones sobre los métodos de humillación y de aniquilamiento, y las posibles razones para la escogencia de semejantes procedimientos.

Afiche de la exposición '1945: Derrota. Liberación. Nuevo comienzo', en el Museo de Historia de Alemania. Foto: Archivo particular.

No hay pregunta que se quede sin responder ni comentario, por agresivo que sea, que no obtenga una respuesta racional y serena, basada –estamos en Alemania– en datos ciertos y verificables. Se trata de abordar el pasado mirando a la bestia directamente a los ojos.

Sesenta millones de muertos, de los cuales 10 millones caídos en suelo alemán, son el centro del homenaje. Son las víctimas. Las pilas, literalmente, de ciudadanos judíos esclavizados primero y exterminados después por el simple hecho de ser judíos, pero también están muy presentes en este recuento histórico los millones de alemanes encarcelados y asesinados por ser homosexuales, gitanos, comunistas, contradictores políticos del régimen, enfermos mentales, y muchos prisioneros de guerra del ejército ruso que, contados por millones, corrieron con la misma suerte.

La visita al campo de concentración y de exterminio de Sachsenhausen, un enorme complejo militar a las afueras de Berlín, construido por orden de Heinrich Himmler en 1936, es una estremecedora experiencia que ilustra con pelos y señales las torturas, las humillaciones, las ejecuciones por fusilamientos, golpizas, muertes por envenenamiento en las cámaras de gas o literal achicharramiento en los hornos crematorios.

“Una de las cosas más tristes de la aventura militar del Nacional Socialismo en la guerra es que la única eficiencia real que demostró fue la de asesinar de forma masiva a inocentes indefensos”, nos comentó Hans-Georg Golz, director de la Agencia Federal de Alemania para la Educación Cívica. Y agrega: “Alemania decidió recordar sus crímenes como la forma de asumir su pasado”.

El recuerdo de esa enorme cantidad de víctimas está presente en todas partes. Museos enteros repletos de fotografías y de información, placas conmemorativas en los muros de los edificios emblemáticos o incluso incrustadas en los andenes frente a las casas en las que los familiares recuerdan a sus muertos, programas de televisión y de cine, publicaciones impresas… Es imposible no ver a las víctimas del nazismo por todos lados. Pero para esta sociedad no solo quienes sufrieron los horrores de Hitler deben ser considerados como víctimas.

La catarsis social de los alemanes como victimarios –que dicen muchos que solo comenzó en 1968 como parte del cuestionamiento general que llevó a cabo en todo el mundo la generación de la posguerra– ha sido un fardo muy pesado para toda la sociedad porque ha implicado la asunción de una culpa propia como nación pero ajena como individuos.

Foto: Archivo particular.

“De alguna manera –afirma el historiador berlinés Martin Bayer– todos los alemanes somos víctimas”. Y sobre ese punto dice la doctora Helga Spranger, neuróloga y siquiatra, nacida en un campo de concentración: “Todos los alemanes están afectados por ese pasado violento, pero al respecto se sienten mejor los hijos de las víctimas que los hijos de los victimarios”.

Y tal vez por eso, en la conmemoración del fin de la guerra no dejan pasar por alto el homenaje a la ciudad de Dresde, bombardeada por los aliados casi al punto de la destrucción total, convertida en el símbolo de los alemanes como víctimas.

Allí hay unas impactantes exposiciones y conferencias conmemorativas del bombardeo de junio de 1945, cuando la guerra ya estaba prácticamente acabada, y cuatro oleadas de los escuadrones de guerra dejaron caer desde el aire 4 mil toneladas de bombas sobre la ciudad, sin discriminar instalaciones militares de objetivos civiles. Murieron cerca de 35 mil personas. Dresde era célebre desde comienzos del siglo pasado por su belleza y su audacia arquitectónica, tanto que en 1920 se celebró allí una exposición internacional con el nombre de ‘Dresde, la ciudad del futuro’. Pero allá también llegó la crisis económica, el nazismo, la quema de libros y la represión. Y, por supuesto, la guerra.

Sin embargo hasta Dresde no llegaba el conflicto con toda su crudeza, pues dada su ubicación geográfica, lejos de la costa, los aviones de la fuerza aérea británica no tenían suficiente combustible como para llegar hasta allá y descargar su fuego aéreo y regresar después a Inglaterra. Por eso, además de bella, se sentía segura.

“Desde aquí lloramos los terribles bombardeos sobre Guernica y Londres; no sospechábamos entonces que nuestra ciudad se convertiría en la Guernica de 1945”, dice el doctor Matthias Rogg, coronel y director del Museo de Historia Militar de la ciudad. Dresde fue bombardeada como un mero acto de retaliación contra los alemanes, cuando la guerra ya estaba militarmente definida y su final era inminente.

Un historiador inglés que está en nuestro grupo de invitados, el profesor James Taylor, director del Museo Imperial de la Guerra en Londres, comenta al respecto: “La participación de la Gran Bretaña en la Segunda Guerra parece un guión escrito a la perfección, salvo por el bombardeo a esta ciudad”. Su reconstrucción se convirtió también en un episodio de reflexión y de optimismo; de tragedia y de esperanza.

Buena parte de la preocupación de los historiadores alemanes es la constatación de que la bárbara campaña de Adolfo Hitler y sus amigos fue apoyada masivamente por el pueblo: el partido nazi llegó a tener ocho millones de afiliados con carné. Esa popularidad se explica por los mensajes mesiánicos del nazismo a un pueblo deprimido y malherido tras la Primera Guerra, con las condiciones impagables del Tratado de Versalles, y en medio de una situación económica muy precaria.

La preocupación de quienes abordan este asunto es el de la peligrosa similitud con los tiempos actuales: Europa en crisis económica, falta de liderazgo de los partidos políticos y el surgimiento de movimientos de tinte neonazi, xenofóbicos, racistas, rabiosamente antimusulmanes y opuestos a las olas migratorias provenientes del Tercer Mundo. Para la muestra un botón: a comienzos de este año, en Dresde se realizó una muy nutrida manifestación del grupo Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, PEGIDA, por sus siglas en alemán, organización que ya tiene una preocupante cara de partido político.

Todos estos elementos de discusión aparecieron pronunciados de manera brillante y hermosa por el doctor Heinrich Winkler, prestigioso historiador alemán a quien le encomendaron el discurso central en el acto oficial de conmemoración del final de la guerra, en la bella sede del Reichstag en Berlín.

En esa intervención hay unas profundas referencias al holocausto como el hecho más importante en la historia de Alemania del siglo XX; hay unas reflexiones muy serias sobre el hecho de que Alemania no ha terminado aún de confrontar su pasado; se ocupa del análisis de que el comportamiento nazi no debe ser ya un argumento para que Alemania se mantenga al margen de las decisiones más importantes del mundo de hoy, y se refiere a lo que deben hacer las próximas generaciones de alemanes en función del pasado.

“Nadie espera –dijo Winkler–que las futuras generaciones se sientan responsables por hechos cometidos a nombre de Alemania antes de que ellos nacieran. Pero hay que enfrentar colectivamente el pasado, pues los hijos de las víctimas no lo dejarán olvidar”.

Como síntesis de esta experiencia en Alemania, en la conmemoración de los 70 años del final de la guerra, me llamaron la atención las citas hechas por el doctor Winkler de dos grandes escritores alemanes. Ambas frases reflejan a la perfección al aire que se respira hoy. Una es de Heinrich Böll: “Cuando supe que la guerra había terminado, también supe que esta guerra no terminará en realidad mientras haya una sola herida sangrando”. Y otra, de Thomas Mann, escrita en junio de 1945: “Tomará mucho tiempo hasta que Alemania vuelva a encontrar su humanidad”. Es posible que ese momento ya haya llegado.

ROBERTO POMBO
Director general EL TIEMPO