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Perder un brazo para sobrevivir, el montañista de las 127 horas

El testimonio de Aron Ralston inspiró una película y actualmente es conferencista motivacional.

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14 de junio 2015 , 06:15 p.m.

Colorado (Denver), una casa, un hombre joven con chaqueta deportiva en una de las habitaciones convertida en oficina donde tiene libros, computador y una roca.

Es una roca de mentira, de unos 50 centímetros de diámetro, la misma que el director de cine Danny Boyle usó para contar la historia en la película 127 horas. La réplica de la roca, que en abril del 2003 lo mantuvo atrapado durante cinco días en un acantilado en el Parque Nacional Tierra de Cañones, en Utah. La roca que aprisionó su brazo derecho contra una pared y que trató de remover inútilmente durante horas. La roca que lo hizo tomar la decisión de cortar parte de su brazo con su navaja sin filo para sobrevivir y a la cual solo un par de meses después de su rescate, le fue a dar las gracias.

Hoy, 12 años más tarde, Aron Ralston, montañista y ahora conferencista motivacional, dice desde su casa en Colorado: “Las lecciones fueron claras desde el comienzo. Aprendí que la vida no era sobre lo que hacías, sino lo que eras como persona. Ahora valoro salir con mis amigos a hacer algo, no el hecho de hacer algo específico como rafting o esquiar. Escalaba y salía a la naturaleza para saber quién era y de qué estaba hecho. Ahora sé de lo que soy capaz”.

Relato de la tragedia

La historia es así. Es 2003. Aron Ralston tiene 27 años y quiere convertirse en instructor de montañismo. Por eso ha renunciado a su trabajo como ingeniero mecánico en Intel y vive en Aspen (Colorado). Su meta personal, subir todas las cumbres del Colorado de más de 4.000 metros.

El 25 de abril maneja su camioneta hasta el Parque Nacional Tierra de Cañones en Utah y, una vez allí, sigue en bicicleta. Nadie sabe dónde está: ni sus padres ni su hermana. “En medio de la naturaleza yo encontraba satisfacción: pararme en un lugar donde pensé que era imposible llegar, me hacía sentir de una manera única. Había una necesidad de ego, tenía grandes ambiciones y quería saber de qué estaba hecho”, recuerda.

Lo que sigue está en 'Entre la espada y la pared', su libro, que llegó al tercer lugar del escalafón de lo más leído en no ficción en el 2004, según la lista de The New York Times, y que inspiró la película 127 horas, protagonizada por James Franco.

El primer día conoce a dos exploradoras, Megan y Kristi, con quienes pasea las primeras horas. Luego, sigue su excursión solo. El segundo día, mientras está haciendo senderismo por el cañón Blue John, cae accidentalmente a un acantilado. Una roca de 90 kilos cae detrás de él y aplasta su antebrazo derecho contra la pared del pozo.

En las siguientes 127 horas, Aron graba con una pequeña cámara fotográfica un mensaje diario para su familia. Grita, pide auxilio, intenta remover la roca. La raspa con su navaja para que se achique y ceda. Raciona su alimento y la poca agua que tiene. Llora. Recuerda a su exnovia, a sus mejores amigos, a sus padres, a su hermana que está a punto de casarse.

Cuando se le acaba el agua, bebe su propia orina. Pasa hambre y frío. Piensa que puede morir de hipotermia y que su brazo atrapado puede causarle una infección. Resiste tormentas. Recibe 15 minutos de sol diario que se cuelan por el diminuto espacio que está a varios metros de su cabeza. La quinta noche se rinde. Renuncia a pelear contra la muerte.

A esas alturas, ha perdido casi 20 kilos, está deshidratado, entumecido, hambriento y ya no aguanta más dolor.

Entonces, graba un mensaje de despedida para su familia y les pide perdón. Con la navaja que tiene, graba su propio epitafio sobre la roca: “Aron Ralston, 1975-2003 RIP”.

La visión que le dio fuerza

Aron planea cortarse el brazo para desangrarse y morir más rápido, sin prolongar la agonía. Pero esa misma noche, tiene una visión: un niño rubio, de unos 3 años, que juega con un camioncito. Luego el pequeño corre a sus brazos. Él lo toma y lo sienta sobre sus hombros. Le sonríe. Es su hijo, que en ese entonces aún no nace.

En ese instante decide no rendirse. Con la misma técnica del torniquete que usó para intentar mover la roca, rompe los huesos de su antebrazo derecho atrapado. Luego, con su navaja corta los músculos y la piel.

Cuando logra liberarse, envuelve el muñón de su brazo derecho y después, con su cámara, le toma una fotografía a la roca que lo retuvo allí durante 127 horas. “El recuerdo de la gente que quería me dio el coraje para aguantar. Pensé en el suicidio, pero tenía que volver con ellos. Por eso al final, mientras me amputaba el brazo, yo sonreía: iba a regresar, tendría un abrazo de mi mamá, quizá vería a este hijo más adelante”, expresa.

Sin embargo, tras liberarse, aún le queda luchar por la sobrevivencia. Trepa por una pared de 65 metros de altura con dificultad. Bebe agua contaminada de un pozo. Deshidratado y herido, camina 12 kilómetros hasta que una familia holandesa lo encuentra y piden ayuda. Lo rescatan en helicóptero y lo llevan a un hospital.

“Estaba aliviado de haber sobrevivido, pero sabía que iba a ser difícil. Tuve muchas cirugías, dolor, terapias. No podía ir al baño solo. Hacía progresos, venía otra cirugía y volvía a empezar de cero, era deprimente. Durante la recuperación volví a pensar en el suicidio, pero mi familia y mis amigos me distraían”. Una vez conocida su historia, Aron recibió cientos de cartas y correos electrónicos de gente de todo el mundo que lo felicitaba por su coraje y le decían que era una fuente de inspiración. “Comprendí que esta no era una historia solo para mí y mis amigos. Entendí que no era una tragedia, sino un regalo que iba a compartir. De alguna manera es lo más grande que me ha pasado en la vida”, sostiene.

De regreso a las montañas

Un mes después del accidente, comenzó a escribir su libro. A las cinco semanas y al día siguiente de que le han puesto su primera prótesis, regresó a la montañas y a escalar. “La prótesis no era para eso. Fue muy divertido, ridículo, inapropiado: era como intentar escalar con vestido y corbata”, narra, entre risas.

Pronto volvió a esquiar, a hacer rafting y a escalar con prótesis especialmente diseñadas. “No es lo mismo que escalar con dos manos, pero tengo la opción de hacerlo y pasarlo bien; escalar es mi pasión. Vivo una vida completa y es muy poco lo que no puedo hacer”, cuenta.

Seis meses más tarde, regresó al lugar del accidente con las cenizas del brazo que perdió y que un equipo de rescate recuperó días después del incidente. Allí las esparció. “Sentí que era lo que tenía que hacer –recuerda–. Ese brazo ya no me servía y de hecho pudo haberme matado. Ahora le pertenecía a ese lugar”.

Después de abandonar el hospital, se convirtió en conferencista motivacional y comenzó a viajar por todo el mundo contando su experiencia, dando un mensaje de esperanza, de superación. “Quería demostrar que podía hacer lo mismo de antes, pero creo que en el 2005 empecé a hacer cambios y a practicar las lecciones que vinieron de esta experiencia”.

En el 2009, el montañista conoció a Jessica Trusty con quien se casó, y un año más tarde nació su primer hijo, Leo, un niño idéntico al que apareció en la visión. Cuando Leo cumplió 2 años, le hizo una pregunta a su papá:

–¿Dónde está tu mano?
–Está en Utah.
–Tenemos que ir a buscarla.

Hoy, Leo, de 5 años de edad, conoce toda la historia. Incluso sabe que su papá lo vio en el cañón antes de que naciera. “Algún día iremos juntos a ese lugar, eso se lo prometí”, señala Ralston.

¿Por qué te quejas?

Aron Ralston sigue compartiendo su experiencia, tomándose fotos con la gente que lo reconoce y recibiendo agradecimientos de aquellos que lo han tomado como modelo de superación. “Mientras haya adversidad, necesitamos de ejemplos que la hayan vencido. Eso espero entregar en mis charlas. Podemos tomar nuestras rocas y transformarlas en bendiciones. Es tu elección ver la roca como una tragedia o como un regalo. A veces hasta yo me pregunto: ‘¿de verdad hice eso?”.

De todas las historias que le han revelado, Aron recuerda en especial la de una mujer que le contó que a su madre diagnosticada con cáncer cerebral le dieron seis meses de vida. “Ella me dijo: ‘Gracias a tu conferencia entendí que no era una tragedia, sino que tenía seis meses más de regalo para estar con ella”.

Aron reflexiona ahora: “Mi vida ha hecho la diferencia para otras personas. Siempre va a haber obstáculos. Después del accidente también los tuve: me divorcié, estuve deprimido, se suicidaron algunos amigos, se murieron mis abuelos. La clave es el significado que le damos a la adversidad”.

Gracias a la película 127 horas, el libro y sus charlas, Ralston ha ganado mucho dinero, y su fortuna está calculada en tres millones de euros. Parte de esas ganancias las dona a organizaciones sin fines de lucro que luchan por conservar reservas naturales en Utah. No obstante, su vida en Denver es sencilla: está soltero y cuenta que intenta pasar la mayor cantidad de tiempo posible con sus dos hijos en casa: también es padre de Elizabetha, de un año y medio, de una segunda relación. Con Leo sale a esquiar, anda en bicicleta y arma legos, y con su hija pasea, la lleva al zoológico y al jardín infantil.

Frecuentemente sale a acampar y a hacer montañismo, rafting y esquí. Comparte con sus padres y su hermana. “Esta experiencia nos permitió acercarnos aún más”, confiesa.

“Estoy feliz donde estoy. No trato de empujar mi vida para cambiarla, sino para seguir haciendo lo que hago y valoro: estar con mis padres, con mis hijos, hacer deportes al aire libre y viajar para compartir mi experiencia y esa perspectiva que a veces hasta yo debo recordar: ¿Por qué te quejas? ¿Es realmente tan malo? ¿Has tenido que beber tu propia orina? Bueno, entonces quizá no sea tan malo”, concluye.

Escalar, un sueño que no terminó

Dos años después del accidente, Aron Ralston se transformó en la primera persona en el mundo en escalar las 53 montañas del Colorado.

En el 2008 subió los 'Ojos del Salado', en Chile, y en el 2009 escaló el monte Kilimanjaro en Tanzania. “Amo la vida al aire libre. Esquiar en todas las montañas de Colorado es una meta que tengo. Me gustaría escalar a 8.000 metros. Me gustaría ir al Everest. Ya veremos”, afirma Aron Ralston, de 39 años de edad.

Ahora escribe su nuevo libro

El montañista Ralston dice que todavía mantiene contacto con la familia holandesa que lo encontró, tras escapar de la muerte, con los rescatistas que lo llevaron al hospital y con Megan y Kristi, las exploradoras que conoció antes del accidente. Ahora, está escribiendo un nuevo libro en el que recopilará las diez principales lecciones que le dejó su historia en el cañón Blue John.

MARÍA PAZ CUEVAS
El Mercurio (Chile)