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La pesca en los mares colombianos se encuentra en problemas

Estudios muestran una peligrosa disminución de las poblaciones de peces en los océanos del país.

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12 de junio 2015 , 08:27 p.m.

Los colombianos que hoy quieren lograr en el mar la misma pesca que obtenían hace tres décadas ahora tienen que esforzarse el doble para lograrlo. Entre ellos existe la percepción de que ahora deben ir más lejos, más profundo y permanecer más tiempo en el océano. Y aun así, los del mar Caribe ya no vuelven con sus canoas rebosantes; por el contrario, ahora deben recurrir a artimañas peligrosas, armarse de paciencia y agradecer lo poco que se puede conseguir.

Gerardo Ortiz, pescador de Nuquí (Chocó) desde hace 35 años, siente las consecuencias de la sobreexplotación que viene afectando el volumen de captura. “Teníamos claro cuáles eran las épocas del año en las que la costa se inundaba de los peces grandes que migran hacia el sur… Ahora vemos que cada día vienen en menor cantidad y las temporadas rentables duran mucho menos”, cuenta Ortiz.

Quienes viven del mar se han convertido además en víctimas y victimarios, pues, mientras extraen el recurso agotado, ponen en riesgo su seguridad alimentaria y económica.

Este diagnóstico fue confirmado durante observaciones hechas por el Grupo de Biología de la Universidad Nacional, que, luego de recorrer los mares que rodean el territorio y hablar con los habitantes de la zona que comprende desde Urabá hasta La Guajira, concluyeron que hoy habría hasta tres veces menos peces en las aguas nacionales que en la década de los 70.

Según Camilo García, biólogo de la Universidad Nacional, la cantidad de peces en todos los mares del mundo ha disminuido, aunque no es posible saber cuánto con toda exactitud. “Para el grupo de los tiburones –señala García– se estima que la disminución alcanza casi el 90 por ciento desde la década de 1950 hasta hoy, y para el bacalao del Atlántico, más del 80 por ciento”.

Pocos estudios han sido dedicados a analizar el estado de los recursos marinos del país, pero se sabe que las poblaciones de aproximadamente 650 especies han disminuido en los mares colombianos. Incluso, observaciones realizadas en la península de La Guajira comprueban que la biomasa de peces es la mitad de la que existía hace 30 años.

Aunque no se tienen cálculos precisos para cada especie, las que han presentado mayor reducción son las más utilizadas para la explotación comercial, especialmente los meros, los pargos, los róbalos y los tiburones, además de las langostas y camarones.

En décadas anteriores, los pescadores escogían las especies que se vendían mejor y despreciaban otras que no eran de gran interés, pero con el progresivo agotamiento han recurrido a lo que va quedando. “Peces que antes se desechaban en las playas porque eran considerados casi que inservibles (como el sable y el pez loro) se consumen y se venden hoy en día”, explica García.

Según la descripción de los propios pescadores, el declive en las capturas, el aumento en las distancias recorridas para llegar a los caladeros de pesca, la reducción del tamaño de los peces y el creciente esfuerzo responden a la escasez de los recursos marinos y al escenario de crisis en la pesca que empieza a notarse en el Caribe colombiano.

Un drama anunciado

Las actividades acuícolas desempeñan funciones fundamentales en el suministro de alimentos, en la seguridad alimentaria y en la generación de ingresos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), unos 43,5 millones de personas trabajan directamente en el sector pesquero y la gran mayoría de ellas viven en países en desarrollo.

Pese a que la importancia de la pesca suele ser infravalorada, la FAO previó desde el 2008 los principales problemas que se están presentando. Alertaron de los probables cambios que se avecinaban y las consecuencias del cambio climático para las comunidades costeras.

El incremento en las temperaturas y la afectación en la fisiología de los peces, la reducción de los océanos tropicales, el derretimiento de los glaciares y la acidificación de los océanos encabezan la lista de los eventos que están alterando la estabilidad de los recursos marinos.

Vale señalar que, de acuerdo con expertos, el país ha hecho un deficiente manejo estadístico de pesca en el país, y mientras más se retrocede en el tiempo son más inseguros los datos. Y aunque se sabe que la disminución es generalizada, en el Caribe es mucho más evidente que en el Pacífico.

Mario Rueda, coordinador de programas de investigación del Invemar, cuenta que en el caso de las autoridades pesqueras, “Colombia ha hecho la tarea a medias. Durante décadas, este tema no ha tenido una atención adecuada. El Instituto Nacional de Pesca y Acuicultura (Inpa) era el encargado de desarrollar programas de repoblamiento de peces y capacitación a los pescadores, pero fue liquidado por el Ministerio de Agricultura en el 2003. Desde entonces ha pasado por varias entidades que causaron inestabilidad institucional, por lo que no hay datos precisos”, explica.

Sin embargo, se estima que en el país existen unos 12.000 pescadores en el Caribe y 18.000 en el Pacífico, incluyendo artesanales, tripulantes de barcos industriales y personal en las plantas de procesamiento. Aunque Colombia no es una potencia pesquera, esta actividad sí tiene mucha importancia en términos de seguridad alimentaria y provisión de empleo.

Para retomar los procesos de vigilancia y llenar los vacíos de información en este recurso se creó desde el 2011 la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap); según los datos recientes, la producción pesquera total del país ha sido de 160.000 toneladas anuales en los últimos 20 años, en promedio.

Los enemigos del mar

En Colombia, así como en buena parte de los países en vías de desarrollo, la situación de los recursos pesqueros se enfrenta a la sobreexplotación. Luego de enormes jornadas de pesca industrial, las especies quedan en desbalance y no consiguen recuperarse.

En medio de la progresiva disminución de las capturas, los pescadores han hecho uso de técnicas cada vez más destructivas para los océanos, las cuales las condiciones necesarias para la supervivencia de las plantas y los animales.

“La mayoría de los océanos del mundo –explica García– están sufriendo pérdida de hábitat, pero las zonas costeras, debido a su cercanía a los centros de población humana, padecen de este mal de forma desproporcionada. Los pantanos están siendo utilizados para alojar construcciones residenciales, industriales y agrícolas. Los residuos están causando estragos en los arrecifes y en toda la vegetación marina”.

Pero el agente más devastador es quizás el cambio climático. Los científicos todavía están tratando de entender las consecuencias que están enfrentando los ecosistemas debido al exceso de dióxido de carbono en la atmósfera y el imparable calentamiento de la Tierra. Sin embargo, existen abundantes pruebas que indican que los océanos son los más castigados por estos cambios.

Conforme aumenta la temperatura terrestre, los océanos están absorbiendo buena parte del calor adicional. Incluso, pequeños cambios de temperatura pueden tener importantes efectos sobre los ciclos de vida de los animales marinos, desde los corales hasta las ballenas.

El estudio de la Universidad Nacional incluye una causa que ha sido identificada por los mismos pescadores: la pesca industrial del camarón. Según Luis Alonso Zapata, coordinador del programa marinocostero del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF Colombia), “el camarón presenta graves indicadores de sobreexplotación, y, si no se toman las medidas necesarias, la seguridad económica de miles de pescadores y la sustentabilidad del recurso corren grave peligro”.

Actualmente, el WWF está implementando campañas para promover la veda de camarón, periodo en el que se prohíbe la captura de esta especie para preservar su reproducción y subsistencia. “Es difícil cuantificar el efecto de esta actividad, pero indudablemente produce cantidades inmensas de pesca incidental tanto de peces como de invertebrados cuyo destino más probable es la muerte y descarte”, explica Zapata.

Juan Manuel Díaz, gerente regional de ciencia de la Fundación MarViva, agrega que “las capturas incidentales también son responsables de la pérdida de peces jóvenes de muchas especies, pero también de tiburones adultos, tortugas y delfines que, aunque no hacían parte de las capturas objetivo, terminan afectados”.

Además, los mismos pescadores artesanales producen grandes cantidades de pesca incidental, una consecuencia que se considera casi inevitable.

“Esta decadencia en la pesca es un reflejo del mal manejo que el país tiene con los recursos marinos. Hay ausencia del Estado, falta de control para la actividad pesquera y hacen falta alternativas para los pescadores”, anota el experto.

Según Díaz, existe gran cantidad de normas y decretos que establecen cantidades máximas de pesca, pero la realidad es que esta actividad sigue funcionando independientemente de las reglas. “Esta situación conduce a que la presión sobre las áreas marinas protegidas aumente; por ejemplo, los pescadores están llegando a parques nacionales como Gorgona, Malpelo, Islas del Rosario y el Parque Tayrona, donde la pesca comercial está prohibida, pues los mares donde pescaban ya no les dan lo necesario”, añade.

El problema es que, a medida que disminuyen los recursos, la ilegalidad aumenta y la capacidad de control y vigilancia es muy reducida. La Aunap es una institución muy reciente que aún carece de recursos para atender todas las necesidades.

“Existen normas, leyes e instituciones que pretenden moderar la pesca en el país, pero evidentemente han fracasado porque los indicadores ambientales respecto a la pesca muestran que el deterioro continúa”, explica Díaz.

¿Qué se debe hacer?

La FAO ha mostrado su preocupación ante la duda de qué hacer para alimentar a los 9.000 millones de personas que, se calculan, habitarán el planeta en el 2050. En este caso se necesita la recuperación de las especies que están en el límite de la explotación, como el pargo chino, el róbalo y el sable, todo bajo medidas concertadas que logren un equilibrio entre las necesidades de la población y la sostenibilidad ambiental.

El Estado colombiano, por su parte, tendrá que definir cantidades permitidas de captura y asegurar que no se hará uso de herramientas que atenten contra los mares. Pero, además se necesitará vigilancia de las entidades competentes y un monitoreo constante para saber si las actividades son sostenibles. Se requiere que los pescadores adopten buenas prácticas y que las cadenas de comercialización de pescado entiendan la gravedad y se vuelvan responsables.

Pese a esto, según explica García, el problema ha crecido hasta un punto crítico. “Debemos lograr una reducción sustancial en la actividad pesquera porque la realidad es que el proceso de pesca se sigue dando de forma espontánea cuando es necesaria una administración”.

En los estudios realizados por el Invemar, uno de los mayores retos en la administración de estos recursos es la deficiencia en la cadena pesquera, en la cual el pescador es el que obtiene menor ganancia; los intermediarios son quienes se quedan con el grueso del dinero luego del desembarco.

Es claro que no se trata de un problema nuevo, sino de uno desatendido por el Estado, con las consecuencias irreversibles que empiezan a notarse. Probablemente, muchas personas pensarán que el mar sigue siendo un pozo de riquezas inacabables, pero lo cierto es que podemos acabar con el mar, y lo estamos haciendo.

VANESSA CARDONA
Para EL TIEMPO