Archivo

Editorial: Símbolo de una tragedia

El drama de la migración ilegal crece cada vez más. Muchos mueren a causa del hambre y la guerra.

09 de junio 2015 , 07:30 p.m.

Lo que hace el ser humano en busca de bienestar no tiene límites. Esta frase podría sonar de cajón, pero el caso de Adou Ouattara, un niño marfileño de 8 años, no solamente la refuerza sino que le da un nombre, un apellido, una historia escalofriante.

El mundo se estremeció en mayo cuando desde Ceuta, enclave español en el norte de África, se difundieron imágenes en las que se veía en el escáner a un niño dentro de una maleta portada por una marroquí de 19 años. Adou había llegado a España de la manera menos imaginable y solo un mes después del hecho logró reencontrarse con sus padres en Sevilla.

Los números son dicientes. Más de 103.000 personas que partieron desde diversos puntos del norte de África y Oriente Próximo alcanzaron las costas europeas, conforme a datos suministrados ayer en Ginebra por la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur). De seguir esa dinámica, en el 2015 se podría superar la cifra del 2014, que fue de 220.000.

Otros 7.200 no tuvieron igual suerte y perecieron ahogados, atados en muchas ocasiones a las ruinosas estructuras de los barcos en los que esperaban salir de la miseria en países azotados por el hambre y la guerra.

Muchos de los migrantes parten hacia Europa sin ninguna certeza, sin nadie quien los reciba o se encargue de ellos. La esperanza de Adou en España era volver a ver a su padre, Alí; a su madre, Lucille; y a su hermana Miriam. Otro hermano, Michael, aún sigue en Costa de Marfil. Ya se había agotado la vía legal de intentar una ‘reunificación familiar’. Pero lo que no se imaginaba el padre era que los traficantes iban a introducir a su hijo como un equipaje más y que él iba a tener que pagar con la cárcel.

Pasan los años y el problema de la migración ilegal no cesa. Por el contrario, se mueve por el potente combustible de las mafias que se lucran con el dolor y la indolencia de Estados fallidos que se desintegran al otro lado del Mare Nostrum. Pero también flaco favor hace Europa, que, en vez de adoptar políticas humanitarias, se encierra y reacciona tarde ante algo de por sí inmanejable. La historia de Adou tuvo final feliz. Pero como Adou hay miles sin la misma suerte.

editorial@eltiempo.com