Archivo

Dalston, la gran sorpresa al este de Londres

Mezcla de tradición y nuevas tendencias, de originales cafés, talleres de arte y clubes.

notitle
06 de junio 2015 , 11:32 p.m.

Adentro del Dalston Eastern Curve Garden, un grupo de percusionistas marcaba un ritmo con la cadencia propia de gente que se conoce hace mucho y que lleva tiempo encontrándose a improvisar. La música, un ritmo tibiecito de tambores y bongós que hacía que el cuerpo de los clientes se balanceara con mayor o menor intensidad, parecía el sonido de otra parte. De otro lugar del mundo, más cálido y brillante y luminoso que el de este, hoy gris y frío pedazo del este de Londres llamado Dalston: el barrio al que –haciendo un recuento rápido–, medios tan distintos como Vogue, The Guardian, Traveler.es y Vice, en distintos momentos pero todos dentro de los últimos cinco años, lo han llamado “el barrio de moda” hoy en Londres.

El Eastern Curve Garden lleva ese nombre porque se trata de un jardín: lo que podría haber sido un pequeño erial operaba como un cuidadosamente planeado jardín, con una pérgola central, dibujos pintados en la pared de ladrillo de un costado y el sector del restaurante-café, con sillones y mesas de madera, todo bajo un entarimado también de madera que le daba al conjunto el aire de una relajada terraza que merecía más sol del que había.

“Curioso”, me dijo Josh Dalston (en realidad era su apellido: se llamaba igual que el barrio), un vecino que estaba allí para postularse como voluntario al Garden. El Eastern Curve también es un proyecto comunitario, donde un día pueden enseñar a los vecinos cómo hacer compost y al siguiente crear huertas orgánicas.

Josh se refería, me explicó, a que era curiosa tanta fascinación en Dalston por los cultivos, porque este barrio había nacido, hace siglos, justamente como una zona agrícola dedicada a abastecer al centro de Londres.

Muy cerca de Eastern Curve Garden, casi a la vuelta de la esquina por la calle Ashwin, había una exfábrica apenas identificada en el frontis con unas letras enormes que decían ‘Reeves& Sons Ltd.’, y donde en el primer piso ahora funcionaba The Print House Gallery. En el resto del edificio había talleres y espacios disponibles para creativos en busca de uno a un precio razonable, pero lo más interesante del lugar estaba a metros del suelo, en la azotea: el Dalston Roof Park, una especie de jardín al aire libre donde se hacen eventos y a veces hay películas y fiestas.

Al lado de The Print House estaba Oto, café y bar respecto del cual The Guardian se preguntaba por qué este era el sitio más ‘cool’ de Londres, y para responder a eso hablaba de su sala donde a veces hay presentaciones en vivo (y por donde pasan desde músicos experimentales y emergentes hasta consagrados como Sonic Youth).

Una de las frases más comunes en torno a Dalston es que este barrio es como era Shoreditch hace diez años o más: una zona de grandes espacios, galpones, exfábricas, edificios con arriendos baratos, casas viejas, negocios antiguos, activas comunidades de inmigrantes y bajo costo de vida, donde los artistas e intelectuales y estudiantes que ya no podían pagar los arriendos podían refugiarse. Shoreditch fue su refugio, y ahora Dalston, inmediatamente en el sur, acogía a muchos de los que ya no se podían permitir seguir viviendo en ese sector.

La misma historia, pero varios años antes, se vivió en Shoreditch, que todavía sigue siendo un barrio entretenido, lleno de emprendimientos novedosos, de restaurantes alternativos, cafés con onda, galerías, pastelerías con toques de diseño, pero que ahora recibe cada vez más turistas con guías de viaje en la mano. E incluso al príncipe Harry, quien se dejó ver allí en una fiesta.

A Dalston todavía no llega la aristocracia. Pero no hay que ser adivino.

Nuevos vecinos

La cajera del Harvest E8 salta con sorprendente agilidad de su puesto cuando se da cuenta de que estoy tomando fotos dentro de este local que es difícil resumir en una palabra: es café, pastelería vegana y libre de gluten, minimercado de productos orgánicos, verdulería y símbolo del estilo actual de Dalston, en su avenida principal.

Abierto en marzo del 2013, el local, especialmente el sector del café, está repleto de los nuevos vecinos del barrio, la mayoría armado de macbooks o bolsas reciclables para cargar sus compras. Y como ha sido un éxito desde que comenzó a operar, se entiende la sensibilidad de la cajera ante las cámaras fotográficas: ahora tiene casi tantos mirones como clientes.

Harvest E8 está en el corazón de varios de los proyectos más atractivos del barrio.

Cafés y tiendas que siguen más o menos la misma línea se repiten a cada cuadra. En rigor, varias veces en la misma cuadra: como un café bar-mexicano con un mural parecido al revolucionario Emiliano Zapata, y por la vereda del frente, un bar cubano y tiendas de diseño o moda vintage. Aunque lo mejor está un poco más lejos, un local que se llama Beyond Retro, un galpón lleno de ropa reciclada, zapatillas fuera de stock y botas vaqueras, y que tiene, como todo local que se precie en Dalston, su propio café al lado.

Toda esta historia de innovadores se matiza con algunos hitos clásicos renovados, como el imponente Rio Cinema, de estampa clásica en una esquina y cartelera llena de filmes independientes. Figura en la lista de mejores cines independientes del 2014, de la revista Time Out London.

Desde el Rio Cinema crucé la calle y unos minutos después ya estaba instalado en una de las mesas de Nando’s, la versión dalstoneana de un local de comida rápida. Se ordena en un mesón, la comida la llevan a la mesa y los platos son de inspiración afroportuguesa y sudamericana, con toques especialmente imperdibles como su nata, notable para el postre, y sus peri-peri chicken, con niveles de picor que uno puede regular y preparados con pollos certificados de granjas ambientalmente sustentables.

Mientras esperaba la comida, luego de sumar y sumar datos entretenidos en unas pocas cuadras entre las estaciones del Overground Dalston Junction y Dalston Kingsland, parecía claro que Dalston estaba más que encaminado a ser el nuevo Shoreditch. Que, de hecho, ya era en plenitud el barrio del momento. Y, por eso mismo, también empezaba a dejar de serlo.

Coordenadas del barrio

Eastern Curve Garden: 13 Dalston Lane.

Harvest E8: 130-132 Kingsland High Street, Dalston.

Dalston Superstore: 117 Kingsland High Street, Dalston.

Beyond Retro: 92-100 Stoke Newington Road, Dalston.

Rio Cinema: 107 Kingsland High Street, Dalston.

Nando’s: 147 Kingsland High Street, Dalston.

Bussey Building y The Nines: 133 Copeland Road, Peckham.

Peckham, el futuro

En la revista Vice se habían hecho la misma pregunta que tenía hasta ahora: ¿Cuál era el siguiente Dalston, o el próximo barrio de moda en Londres? De las varias propuestas había una que coincidía con un nombre que había escuchado primero en el Dalston Eastern Curve Garden y que luego había visto en un panfleto fotocopiado en Harvest E8. El volante decía: “Protejan las vistas desde las azoteas de Peckham. Firmen la solicitud...” y luego agregaba una dirección web. Podía entenderse por qué algunos medios creen que este lugar del distrito de Southwark podría repetir la historia de Dalston. En Peckham se respira una vitalidad y un ritmo popular que la sofisticada ciudad londinense debe haber dejado de vivir hace décadas. Hay mercaditos callejeros, tres tiendas de “todo por una libra” en la misma cuadra, locales improvisados donde reparar o desbloquear teléfonos, centros de llamados y algunas cocinerías. Alguna vez en Peckham se desarrolló un programa pionero de vivienda social que hacia mediados del siglo XX había derivado en una zona residencial deprimida, llena de conflictos sociales y pandillas, que llegó a considerarse una de las peores barriadas del continente. La historia no suena bien, pero el barrio se ve mejor que eso. No muy ondero, pero normal, con casas centenarias y algunos pubs típicamente londinenses, aunque sin turistas dentro.

Esa noche se inauguraría un nuevo bar, había un restaurante italiano que preparaba las mesas y The Nines, un bar en un galpón con buena barra y gente con apariencia cuidadosamente descuidada, estaba bastante concurrido.

Volví a la zona de Rye Lane y a pocos metros encontré otra galería, estrecha y sin señas, que tenía carteles como Yam Records y Vintage Shops. Casi al final del pasaje, más allá de un grupo de jamaiquinos que jugaba dominó y se reía tan fuerte que opacaba el reggae a todo volumen que oían, estaban esta disquería y esta tienda: dos locales pequeños, sin ornamentos, con los discos puestos en cajas de madera y la ropa en colgadores simples.

No era un gran despliegue de diseño, pero tenía sus detalles. Era una propuesta alternativa. Al final del pasillo, otra vez encontré los panfletos que pedían proteger las vistas desde las terrazas de los viejos edificios del barrio. Le mostré uno a una chica y lo miró con cierto fastidio: “Esto no va a ser Shoreditch”, dijo secamente, como si ya hubiese visto a demasiados tipos como yo.

MAURICIO ALARCÓN
El Mercurio (Chile)
Londres.