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Jugando con fuego

Si Santos no coge el toro por los cuernos, su gobernabilidad llegará a un punto muerto.

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03 de junio 2015 , 07:53 p.m.

Sí, se sabía que hacer la paz sería una tarea descomunal. Que no se trata de un conflicto cualquiera, sino de uno degradado, en el que el campo de batalla es una de las geografías más agrestes de América Latina, alimentado por una añeja cultura política sectaria. Se sabía que si no fuera por el narcotráfico, hace rato hubiera terminado, como se deduce de los problemas financieros que minaron a las guerrillas centroamericanas retratadas por Jorge Castañeda en su libro ‘La utopía desarmada’.

Una tarea todavía más titánica por ser un conflicto atrapado por los límites que ahora señala el Tratado de Roma. Con un agravante rotundo y es que posiblemente lo que ha hecho Santos es ir contra la corriente de un conflicto que fue rebasado hace algún tiempo por el grueso del país, hastiado de la violencia guerrillera y terrorista. Con el ataque del 15 de abril en el Cauca a las Farc pudo ocurrirles lo mismo que a Eta en España. Que quisieron presionar las negociaciones de paz con un atentado terrorista en el aeropuerto de Barajas el 30 de diciembre del 2006 y se les fue el tiro por la culata. Terminó sin negociaciones, derrotada y rogando que al menos le trasladaran sus presos a cárceles vascas.

Las Farc cayeron en cuenta de eso tarde. Después de ignorar la paulatina organización de las víctimas, de menospreciar a la opinión pública y a los sectores políticos que pelecharon de su rechazo, comienzan a buscar tardíamente congraciarse con el país. Después de haber jugado al suicidio en la pasada campaña presidencial y de desconocer que la negociación no era solo entre Farc y Gobierno, sino con la sociedad civil también, quieren, desprestigiadas hasta el tuétano, enviarle un salvavidas a Santos.

Allí está buena parte de la explicación de las protuberantes paradojas que amenazan con liquidar el actual proceso de paz con las Farc. Y es que a pesar de ser unas negociaciones conducidas con maestría, aunque sin estrategia de comunicación, de que nunca antes había existido tanta voluntad de paz del Gobierno y de las Farc, cada anuncio desde La Habana es recibido con desconcertante escepticismo. A pesar de la histórica disminución de los asesinatos y de que nunca antes la fuerza pública había estado tan presente en el territorio, las negociaciones logran apenas un raquítico apoyo.

No se trata de simples paradojas que amenazan las negociaciones de La Habana, sino de contradicciones que se acumulan con abultadas fallas del Gobierno que a estas alturas ponen en riesgo la gobernabilidad.

Santos tiene la ventaja que no genera la inquina de su antecesor, que es visto como un demócrata. Pero también tiene el gran problema que no produce calorcito, que le falta grandilocuencia. Y en medio de un creciente pesimismo, de un deterioro de la confianza en las instituciones, de la credibilidad del Gobierno y de la capacidad de sorprender, el riesgo es elevado. El presidente debe saberlo. Y debe advertir que es mayor cuando en el corto plazo pueden colisionar las altas expectativas a que se acostumbró el país en la última década con un escenario de desaceleración económica.

Es por ello que el Presidente tiene que coger el toro por los cuernos y producir un fuerte timonazo en las negociaciones de paz y en la forma como gestiona el Gobierno. No puede ser a punta de pañitos de agua tibia como el acuerdo de desminado o uno de víctimas como se destrabaría el proceso. Sí, importantes y todo lo que se quiera, pero menores a estas alturas del partido. Y menos una comisión de la verdad. Ya conocemos el deshilvanado y chapucero informe de la Comisión de Historia del Conflicto y sus Víctimas, donde los áulicos de ‘Iván Márquez’ cumplieron su papel.

Si el verdadero cuello de botella de La Habana es la justicia transicional, Santos tiene que ofrecerles de una vez por todas a las Farc una pena, aunque sea menor, y la posibilidad de hacer política para los condenados por delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra.

Y no será suficiente. El Presidente tiene que arremangarse la camisa, dejar ese estilo tecnocrático y burocrático; esa imagen de diplomático acostumbrado al golf y lanzarse a entusiasmar a la gente. Porque si Santos no se sacude muy pronto el punto muerto no serán las negociaciones de paz, sino su escaso margen de gobernabilidad.


John Mario González

@johnmario