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Ritmo vital

Este país necesita escuchar más a sus músicos, sobre todo a aquellos que han mostrado coherencia.

30 de mayo 2015 , 10:27 p.m.

Hace algunas semanas, en una reunión con la Red de Cantadoras del Pacífico en Tumaco, conversábamos sobre todos los sufrimientos que ellas han tenido que pasar por el conflicto: desapariciones, asesinatos, y así. Al escuchar esa cadena de dolor, les pregunté cómo hacían para sacarlo y curarse, ya que no hay con qué pagar psicólogos y los programas de salud mental son tan precarios; que en esas condiciones, cómo hacían. De un momento a otro, casi todas ellas abrieron sus carteras y sacaron un guasá (ese bello instrumento hecho de semillas), al que fueron uniendo la fuerza de sus voces, e hicieron un eco de resistencia y solidaridad, y me repetían: “Así, así es que nos vamos sanando”.

Así como estas cantadoras, Colombia, en general, tiene en sus artistas y gestores culturales un patrimonio de paz inmenso. Las cantadoras son portadoras de tradición, son madres y muro de contención, así como históricamente lo han sido y lo son los grandes músicos colombianos. Pensar en todos los que se fueron, como Etelvina Maldonado, que haría desde el Atlántico coro con ellas; Pablito Flórez, Jorge Villamil, Joe Arroyo, Rafael Escalona, Jairo Varela, Neivo Moreno, El Brujo, entre otros, es pensar en la reivindicación constante del país diverso y posible, sensible, sano, que expresa sus dolencias y frustraciones, sus alegrías, que se exorciza y sana a través de la música. Y en medio de esa nostalgia, la alegría porque muchos aún están con nosotros, como Leonor González Mina, Petrona Martínez, Gualajo, Inés Granja, entre muchos otros.

Sin mencionar, además, la fuerza de las nuevas generaciones, desde Juanes y toda su agenda de paz, Carlos Vives y su reivindicación de la diversidad cultural y la provincia, Shakira y su perspectiva global, Andrés Cepeda y su tema generacional... Y de vuelta al Pacífico, cómo no mencionar a Bahía, Yuri Buenaventura, Herencia de Timbiquí, Junior Jein, La Contundencia, que han constituido, como lo dice el último sencillo de Chocquibtown, un ritmo violento; con ese significado local de lo violento, que hacía referencia a la fuerza en el golpe del tambor y la resistencia positiva al depositar todo en la música, la frustración ante la exclusión, el olvido y la apuesta de vivir siempre a pesar de..., incluso de sí mismos, pero sin hacer daño.

En esa valoración de los artistas del Pacífico y en el cierre del mes de la afrocolombianidad, hay que rendir un homenaje a Chocquibtown. Su último disco y sus más de 15 años de carrera hablan de ese rol de los artistas al trascender los imaginarios colectivos en temas críticos para una sociedad. Ellos han sido cruciales para comprender en este país lo afro, lo juvenil, lo urbano y lo regional. Mantener una carrera sostenida con sus canciones, en desagravio de esa identidad Somos Pacífico, explicando una realidad “... de donde vengo yo”, y denunciando en momentos también Oro, ha hecho que ellos, sin caer en la lírica fácil, sean un referente de identidad. Su Pacífico y su Chocó, sus festivales San Pacho y Petronio, invaden toda la sensación de su música y de un país que ubica y se cuestiona (aunque aún poco) más acerca de un departamento, de una región y de una etnia, gracias a ellos.

Sin duda, como lo dijo Alexis Play, uno de los músicos chocoanos a los que invitaron en su nuevo trabajo discográfico, en el Pacífico la música ha sido históricamente el gran salvavidas que ha permitido mantener un ritmo vital, a pesar de todos los sufrimientos, como sentenciaban las cantadoras; ese ritmo vital que se necesita reforzar, apoyar y fortalecer en el marco de una apuesta de paz. Este país necesita escuchar más a sus músicos, sobre todo a aquellos que han mostrado coherencia y consistencia desde lo que creen, son y representan.

Paula Moreno
Presidenta de Manos Visibles
@manosvisibles