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La lucha de una joven por recuperar sus sueños, esfumados en accidente

'Me duele no verme la sonrisa', dice menor becada víctima de un choque en la vía Bogotá-Fusagasugá.

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21 de mayo 2015 , 08:21 p.m.

A escasos días de entrar a una de las mejores universidades del país como beneficiaria de las becas que otorga el Gobierno Nacional a los mejores estudiantes del país, Paula Muñoz sufrió un accidente de tránsito que le truncó la ilusión de ser médica o periodista. Estuvo ocho meses en el hospital y hace tan solo siete días regresó a su casa; su cárcel.

En menos de un año la subcampeona de ajedrez de 17 años perdió los dientes, el hueso inferior del maxilar, la audición de un oído, el brazo y el seno derecho. La vida, la sonrisa, le cambiaron en un abrir y cerrar de ojos.

“Puede parecer bobo, pero lo que más me duele de todo esto es haber perdido mis dientes y que mi rostro haya quedado con las cicatrices que me dejaron los vidrios que se rompieron en el momento del golpe. Era lo que yo más amaba”, dijo ella, quien ahora se cubre la mitad de su rostro con un tapabocas.

Paula fue una de los 37 sobrevivientes del siniestro que ocurrió el 19 de noviembre del 2014, en el kilómetro 79 de la vía Bogotá-Fusagasugá, cuando un bus lleno de estudiantes del Colegio Santa Bárbara de Ciudad Bolívar se volcó.

Eran 38 los jóvenes que iban a bordo. Uno de ellos, Leidy Tatiana Linares, falleció antes de llegar al paseo que tenía como fin premiar a los más aplicados de todo el bachillerato por sus buenas notas, con un día de piscina y sol en Melgar.

“No deseaba ir porque el viaje era un día antes de mi grado y no quería quemarme con el sol, pero mi mamá me dijo que fuera ya que era el último encuentro con mis compañeros de colegio”, relató.

La tragedia le dio un giro de 180 grados a su vida; no pudo volver a participar en los torneos de ajedrez ni de natación, sus deportes favoritos. Hoy sus días transcurren entre agujas, medicamentos, exámenes, enfermeras y máquinas. Aparte de perder extremidades de su cuerpo y durar 17 días en coma, sus riñones dejaron de funcionar. Cada seis horas le tienen que realizar diálisis para evitar infecciones en su sangre.

Para ella, la Navidad del 2014 iba a ser la más emocionante; sus esfuerzos estaban dando frutos y era casi un hecho que estudiaría en la Universidad del Rosario. Sin duda el mejor momento de su vida, pero cuando despertó del sueño inducido, solo recordó la fatalidad: su rostro lleno de sangre, con pedazos de tierra y pasto del lugar de la tragedia.

Otra cosa la impactó: su brazo fue amputado, no podría volver a escribir las crónicas de las personas que con proyectos dejaron huella en Ciudad Bolívar, otra de sus pasiones.

Mientras la joven contaba todo lo que dejó de funcionar en su cuerpo hace un pausa y retira el tapabocas de su rostro, deja ver las marcas en su piel. “Perdí mi identidad, esa que tenía un día antes de graduarme”. En los meses siguientes al accidente sus piernas no respondieron durante mucho tiempo. En todo este sufrimiento, su mamá ha sido el ángel de la guarda; ella le enseñó a comer, a hablar y a defenderse con su brazo izquierdo. Ni los familiares ni los médicos sabían de dónde esta joven había sacado fuerzas para aferrarse a la vida, dicen que fue gracias a la oportuna atención del cuerpo de socorro y a la coincidencia de que la ministra de Educación, Gina Parody, se encontrara cerca del lugar de los hechos. Eso fue clave para la atención de los menores con heridas graves.

Nada volvió a ser igual en la dinámica de esta familia. Luz Estella Ospina, madre de Paula, pasó de trabajar en una librería, oficio con el que mantenía a su hogar, a convertirse en enfermera y psicóloga de su única hija. Desde el día de la tragedia ella le suministra el medicamento y es la que tiene que hacer largas filas para lograr todas las citas médicas que necesita.

El resto de los días esta madre de familia vive una lucha continua para sacar adelante a su hija; ella es quien la saca de las tristezas más profundas y del lago de lágrimas en el que Paula se sumerge, ese en donde se siente ahogada y sin nadie para salvarla.

La situación económica no permite que la recuperación de Paula sea rápida. Aunque Luz ha tocado varias puertas para que la salud y la apariencia de su hija se supere, ha sido imposible; su EPS solo permite que le den algunas citas y analgésicos.

La joven ajedrecista espera que la vida le brinde una segunda oportunidad y que el sufrimiento que le dejó la imprudencia de un conductor, que ahora debe presentarse periódicamente en la Fiscalía, pueda sanar con la ayuda de los médicos y tratamientos adecuados.

Esta joven solo le pide a Dios que su proyecto de vida, el que se apagó en la vía Bogotá-Fusagasugá, vuelva a coger el rumbo. “Mi hija estaba llena de vida y de salud cuando se subió a ese bus, orgullosa de ser la más aplicada. No entiendo por qué los profesores fueron tan negligentes y se quedaron callados cuando el conductor pensó que estaba jugando videojuegos en la vía, mientras tanto yo seguiré llevando esta cruz que no me busqué y no pedí”, dijo Luz Stella, en medio de un llanto desconsolado.

MAIRA GIRALDO GUEVARA
Para EL TIEMPO
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