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Bután, el reino de la felicidad

Los pobladores de este país asiático, entre los Himalayas, son pobres pero dichosos.

12 de mayo 2015 , 10:54 p.m.

También yo creía que Shangri-la existía en algún lugar del Himalaya. Lo creí cuando terminé de leer Horizontes perdidos (Lost Horizon). Tanta belleza no podía ser mentira. Esta novela de James Hilton, publicada en 1933, estremeció al mundo porque escarbó en las profundidades de los humanos la nostalgia por el paraíso perdido y avivó el mito de ese valle escondido entre altísimas montañas, ubicado en el Himalaya, donde la felicidad y la longevidad son regalos de los dioses. Y no son pocos los que se adentraron en el inmenso y gélido Himalaya buscando este paraíso y nunca regresaron. No porque lo hubieran encontrado, sino porque en el intento perecieron. En varios lugares del Himalaya suelen situar ese mítico lugar, pero el más socorrido es el pequeño reino de Bután, empotrado entre los Himalayas de China por el norte y la India por el sur. Se decía que el país y su gente vivían todavía en la Edad Media, aludiendo al ambiente pastoril, campesino y bucólico de sus habitantes.

Tan escondido está el país que su aeropuerto, Paro, es uno de los más peligrosos del mundo y solo nueve pilotos pueden aterrizar allí. Salí de Delhi y el avión enfiló hacia el oriente llevando por espacio de más de una hora la cadena de los Himalayas a la izquierda. El día estaba despejado y así pude ver que las alas del avión casi rozaban las montañas. Bután se hizo famoso hace unos años cuando el gobierno presidido por el rey Jigme Khesar Namgyal (coronado en 2008), declaró que el PIB del reino se medirá por la felicidad y no por dólares.

Y esta Felicidad Nacional Bruta (FNB) se logra con cuatro propósitos: desarrollo económico equitativo, preservación de la cultura, cuidado del medio ambiente y buen gobierno. Y lo están logrando. El pueblo es mayoritariamente campesino, pobre pero feliz, o mejor, pobre y feliz. Y ya desde el aeropuerto las vallas pregonan el propósito fundamental del reino: la felicidad.

Este país era una monarquía tradicional y el padre del actual monarca decidió que había que acomodarse a los tiempos, promulgando una constitución. Consultó al pueblo, que respondió que quería seguir con el régimen que tenían; pero el rey, contradiciendo el deseo popular, decidió imponer la democracia. Él y su hijo estudiaron 100 constituciones de Estados modernos y se quedaron con lo mejor de 20 de ellas. Utilizando la televisión, que llegó al país en 1999, la popularizaron entre los súbditos antes de imponerla. Hoy, Bután es una monarquía constitucional. Para las primeras elecciones una anciana caminó 500 kilómetros de ida y vuelta para poder votar; le tiene miedo a los carros.

Los ocho días de mi visita a Bután fueron de exaltación total por la belleza del país, por la delicada hermosura de sus mujeres, por la amabilidad de los habitantes, por la impresionante belleza de los templos y palacios y porque el país es uno de los más biodiversos del mundo y el campeón en hierbas medicinales, de las que posee más de 200. Me recibe Pema en el aeropuerto y me traslada a Timbu, la capital, y en el camino me explica que el país no tiene industrias, pero aprovecha admirablemente la orografía. El 65 por ciento del país son bosques, el 70 por ciento montañas. Y la frontera norte es una serie ininterrumpida de picos nevados, de los cuales el más famoso es el Chomolhari (7.314 metros).

Estos elementos naturales se manifiestan en gran cantidad de cascadas y de ríos que el país aprovecha para producir electricidad. La vende a países vecinos, incluido la India.

La fe y la vida sencilla

La primera visita en Timbu fue al Chorten Memorial, hermoso monumento budista. Celebraban una fiesta y centenares de fieles daban vueltas al Chorten llevando en sus manos los molinetes de oración y el rosario de las 108 cuentas mientras recitaban el mantra sagrado: “Om mani padme hum”.

Andrés Hurtado García

Bután tiene 47.000 kilómetros cuadrados y 800.000 habitantes, de los cuales el 10 por ciento son monjes budistas. Los butaneses provienen del Tíbet. Al lado del Parlamento se encuentra el palacio del rey, hermoso y pequeño. La pareja real es joven y querida por todo el pueblo y su estilo de vida es sencillo.

Recorrí todo el país por la carretera principal, gozando el encanto de los bosques. Remontando la hoya del río Timbu visitamos muchos templos budistas, perdidos entre los bosques o encaramados en las cimas de las montañas.

Al borde de la carretera, e incluso en los antejardines, se ven matas de marihuana. Aquí son comunes, como en Nepal, y nadie fuma la yerba. En las escuelas alejadas y pobres los niños suelen restregar los pisos de madera con hojas de marihuana para atontar las pulgas y chinches y así matarlos más fácilmente.

Fui hasta las Montañas Negras, donde no van los turistas y donde los habitantes llevan una vida pastoril y primitiva. Los hombres se van a las montañas varios meses a cuidar los rebaños mientras las madres se quedan en los pueblos para que los niños vayan a la escuela.

Presencié el deporte nacional, que es el tiro al blanco. En los pueblos lanzan los dardos con la mano a 50 metros de distancia. En las Montañas Negras el oro abunda en el subsuelo. Los norteamericanos ofrecieron el “oro y el moro” al país con tal de que ellos pudieran explotar el metal. Ofrecieron desde carreteras, flota de aviones, lo que fuera…

El rey y el Parlamento contestaron: “Para nosotros las montañas son sagradas y no se venden por nada del mundo”. El 60 por ciento del país está protegido dentro de diez Parques Nacionales y en uno de ellos conocí el takín, que es el animal emblemático del país; tiene de macho cabrío y de becerro.

Arte y naturaleza

La arquitectura butanesa, como la tibetana, emplea como materia prima la madera y se regodea en filigranas de la misma madera y en preciosidades de adornos pintados en colores vivos. En Bután hay más de mil monasterios y templos, todos de una belleza impresionante. Hice algo más de 10.000 fotos, pues mi cámara, igual que yo, se enloquecía ante tanta belleza y armonía.

Visité la escuela de artes, donde encontré decenas de jóvenes de ambos sexos aprendiendo pintura, escultura, tallado de madera, bordado de seda, trabajo en metales. Así se entiende por qué todas las construcciones oficiales y las casas de habitación, incluso las de los pobres, tienen bellos adornos.

El guía me llevó a Punakha, la tercera ciudad del país. El Valle del río Punakha es el más bello entre todos los valles bellos del país. Por doquiera los sembrados de arroz, el producto nacional, movidos por el viento, parecían mares de colores verdes y amarillos, y entre ellos, en algunos ya maduros, los campesinos recogían las cosechas. Así llegamos al Dzong o fortaleza de gobierno. Todos los dzongs tienen anexo un monasterio de monjes budistas. Si el cielo que nos espera es como este palacio Dzong de Punakha, vale la pena ir al cielo. Levantado a orillas del río, con un puente tallado en madera y en mitad del valle, parece un diamante.

En Bután es común que los hombres abracen el budismo desde niños. Andrés Hurtado García

Visité también el templo de la fertilidad llamado Chimi Lhakhang, dedicado al santo de la fertilidad. Era un monje que gustaba de hacer espectáculos grotescos de sexo en público y es muy venerado en el país. En muchas casas hay pintados en las paredes falos humanos, unos grandes, otros pequeños, unos muy adornados, todos en su honor. Las mujeres visitan el templo para obtener la fertilidad. Terminé mi vista a Bután subiendo al templo del Nido del Tigre, que es emblemático del país, literalmente colgado en una roca altísima que domina el valle de Paro. Su nombre en dzongkha es Taktshang Goemba.

Bután tiene más de mil templos y el del Tigre, colgado sobre esta roca gigantesca, es uno de los más bellos. Andrés Hurtado García

Uno juraría que no fueron manos humanas las que construyeron ese edificio en altísimas paredes absolutamente verticales.

De regreso, la contemplación de los inmutables Himalayas calmó mi aprehensión cuando el avión salió del aeropuerto volando por un estrecho corredor entre montañas. Sí, en Bután se encuentra el mítico Shangri-La.

Si usted va…

Aviatur ofrece paquetes con todo incluido desde Colombia hasta Bután. La misma agencia le ayuda con la gestión de la visa.

El itinerario más obvio es Bogotá-Madrid. Luego, Madrid-Fráncfort-Delhi-Paro.

Necesita la visa Schengen y la de la India.

La moneda es el ngultrum butanés y también reciben la rupia de la India. Por un dólar dan 62 ngultrums o 62 rupias.

El idioma es el dzongkha. Pero se puede hablar inglés.

Los turistas deben pagar un impuesto diario de 200 dólares.

Prohibido fumar en público, la multa es de 225 dólares.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA
Especial para VIAJAR