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Los autogoles de la superpotencia

La amenaza de la supremacía global de EE. UU. no viene de Pekín. Reside en Washington.

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09 de mayo 2015 , 10:34 p.m.

¿Seguirá siendo Estados Unidos el país más poderoso del mundo? Para muchos, China lo reemplazará en ese rol. El inmenso tamaño de China, potenciado por su casi milagroso progreso económico, social y militar, ha aumentado su poder. Pero al gigante asiático aún le falta mucho para desplazar a EE. UU. China es aún muy pobre: su ingreso por persona es equivalente al de Perú o al de las Islas Maldivas.

Pero si no es China, ¿quién? ¿O es que EE. UU. seguirá siendo indefinidamente el país más poderoso del mundo? No creo. Su enorme influencia internacional está amenazada por divisiones políticas internas, que ya se han hecho crónicas y que limitan su capacidad para liderar el mundo. Cuatro ejemplos recientes son muy reveladores. El primero tiene que ver con el Fondo Monetario Internacional (FMI), una institución muy criticada pero que, de no existir, habría que crear. El reto no es eliminarla, sino mejorarla. Y eso propuso EE. UU. en el 2010 con una serie de reformas destinadas a adecuar a la institución al siglo 21. Entre otros cambios, Obama propuso subir el porcentaje de China en el FMI de 3,8 a 6 por ciento –lo cual ni siquiera refleja el hecho de que el gigante asiático pronto tendrá la economía más grande del mundo y que, aun llegando a ese 6 por ciento China aún estaría por debajo del 16,5 por ciento de los EE. UU.–. Las reformas también permitirían aumentar el peso dentro del FMI de los países emergentes, que ya representan la mitad de la economía mundial. Y todo ello se reflejaría en cambios en la composición del directorio de la institución, que aún refleja el orden mundial de 1944. Las propuestas fueron aprobadas por todos los países, y solo esperan para su puesta en práctica la aprobación del Congreso de los EE. UU. Y eso, desde hace 5 años, ha sido imposible lograrlo. Es que Jeb Hensarling no está de acuerdo. ¿Quién? El congresista Hensarling, elegido en el Quinto Distrito de Texas, está a cargo del comité del Congreso que debe aprobar estas reformas. Y ni a él ni a sus aliados del Tea Party les gusta el FMI. Así, un reducido grupo de legisladores tiene la capacidad de impedir que una institución crítica para la economía global pueda reformarse de una manera que claramente les conviene tanto al mundo como a los EE. UU.

El resultado: después de cinco años de paciente espera, China decidió crear, en el 2014, su propia institución, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), al cual invitó a participar, como accionistas, a otros países. Washington desplegó una agresiva campaña diplomática para disuadir a otros países de participar en esta iniciativa china. Fracasó. Hasta los aliados automáticos de siempre de los EE. UU, como el Reino Unido, Australia u otros países europeos, ignoraron las presiones norteamericanas y hoy forman parte de los 57 países fundadores del nuevo banco. Washington tendrá que limitarse a mirar lo que hace esta nueva institución, sin poder influir sobre sus decisiones.

Otra institución que sirve de instrumento para proyectar la influencia económica de EE. UU. en el mundo es su banco para el financiamiento de las exportaciones, el Eximbank. Un grupo de congresistas amenaza con cerrarlo. No les importa que todos los grandes países exportadores del mundo tengan instituciones parecidas. O que solo en los últimos dos años China ha prestado 670.000 millones en apoyo a sus exportaciones, mientras que el Eximbank ha prestado 570.000 millones desde que fue creado por el presidente Franklin D. Roosevelt, en 1934.

A veces las situaciones menos visibles para la opinión pública son las que más revelan tendencias futuras. Desde 1959, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) es la principal fuente de dinero para el desarrollo de América Latina. Recientemente el BID decidió aumentar su capacidad para apoyar financieramente al sector privado en la región y planteó un aumento de capital para tal fin. Para mantener su influencia en esta área, EE. UU. –el principal accionista del BID– debería aportar 39 millones de dólares al año por 7 años. Cada uno de los otros países accionistas estuvo de acuerdo en poner en ese plazo el capital proporcional a su porcentaje de acciones. Los EE. UU., no. Una combinación de ceguera ideológica del Congreso y la increíble incompetencia de los burócratas del departamento del Tesoro hicieron que EE. UU. perdiera una manera más de influir sobre una región que, según los discursos oficiales, es una prioridad para la Casa Blanca.

Larry Summers, un respetado académico que ha ocupado los más altos cargos en el Gobierno de EE. UU., escribió hace poco: “Mientras uno de nuestros dos partidos políticos este siempre opuesto a los acuerdos de libre comercio con otros países y el otro se resista a financiar a las organizaciones internacionales, Estados Unidos no estará en posición de moldear el sistema económico mundial”.

La amenaza a la supremacía global de EE. UU. no viene de Pekín. Reside en Washington. En el infracongreso que puede postrar a la superpotencia.

Moisés Naím