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Europa, 70 años después

En la guerra, hay algo más fuerte y mortal que la maldad: la indiferencia.

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08 de mayo 2015 , 06:21 p.m.

El 8 de mayo de 1945, a las 11:01 p. m., el ejército alemán cesaba en todas sus operaciones. El día anterior, en Reims, el general Jodl firmaba la rendición. Dönitz era, en última instancia, el hombre sobre quien recaía la responsabilidad de finalizar la guerra. Esta solo acabaría en Europa, pero no en Asia, hasta las bombas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto.

Seis años de guerra donde el horror, el terror, la barbarie, la incivilidad, la muerte, el exterminio, el genocidio, la locura en estado puro asolaron Europa entera y se adueñaron de ella.

Las causas de la guerra han sido analizadas y estudiadas desde todos los prismas. La psicología del terror y la brutalidad de que es capaz el ser humano son quizás lo que más se recuerda. La ‘solución final’ y exterminio de millones de seres humanos, para vergüenza de una Europa que se creía superior e ilustrada, fueron el reflejo de la decadencia moral de los pueblos y sus líderes, máxime donde las democracias fueron aplastadas con una facilidad de vértigo.

Francia e Inglaterra se encontraban entre un océano de totalitarismos de todo tipo. Débiles fueron las democracias escandinavas, la polaca, y poco más. Creció el germen de la confrontación del fascismo y el comunismo; la paranoia megalómana del nazismo era un caldo de cultivo ante el que no se pudo reaccionar ni en Praga, ni en Múnich, ni el primero de septiembre, cuando estalló la guerra relámpago.

Hoy está más vivo que nunca el recuerdo de quienes fueron las víctimas más inocentes, y, sobre todo, de las que murieron en los campos de concentración. Impresionan el silencio y la soledad de cualquiera de ellos, empezando por el primero, Dachau. Impresiona su aire cortante y seco. El viejo barracón reconstruido. La explanada inmensa. Los pequeños hornos. Porque el trabajo no los hizo libres, como reza ese mezquino epitafio a la puerta del campo, primero de la locura totalitaria y asesina nazi. Ahí empezó todo. A unos pocos kilómetros de Múnich. Allí fueron asesinados más de cuarenta mil seres humanos. Ideología, religión, raza, etnia eran, en el delirio nazi que empezaba en aquel momento, un apogeo de deriva, locura, irracionalidad. El pasaporte para acabar en un campo de concentración. Allí mismo, en 1933, a las pocas semanas de formar gobierno por encargo del viejo mariscal Hindenburg, Hitler ordenaría erigir el símbolo de la destrucción del ser humano. Luego vendría el incendio del Reichstag, la noche de los cristales rotos y la larga y terrible noche sobre Alemania, Europa y el mundo.

Años después vendrían los campos de exterminio, de genocidio ordenado y estudiado por unos jerarcas sin alma, sin compasión, enardecidos por el odio, la ira, la venganza, la destrucción de todo. Dachau fue el laboratorio de lo que luego vendría, la aberración del odio, la insensibilidad manifiesta del ser humano convertido en verdugo y carnicero. Sin piedad, sin remordimiento. Millones de personas, de judíos sobre todo, fueron llevadas a un martirio silencioso, cruel, despiadado, inhumano e indigno. Asesinados. También comunistas, gitanos y un largo etcétera. Nadie lo evitó. Hoy Europa debe mirarse en su propio espejo. Aprender de su pasado, superarlo, pero jamás olvidarlo. La Europa que estamos construyendo.

Pocos quisieron saber algo. Incluso, los bombardeos aliados de vías y campos llegaron demasiado tarde. ¿Se sabía lo que estaba pasando dentro y fuera de Alemania y, sobre todo, en los campos de Polonia y Ucrania? Hannah Arendt acuñó aquel célebre título a propósito de Eichmann, ‘la banalidad del mal’. En Dachau, en Auschtwitz, Mathausen, Bergen-Belsen, Treblinka, como en todo campo de exterminio, el hombre llegó a la infrahumanidad. A esa suerte de Leviatán destructivo y despiadado. Crueldad, castigos y torturas delirantes, experimentación médica, física, química. Locura y crimen. Cobayas anónimas zarandeadas por lobos hambrientos de sangre y destrucción.

Desde aquel 21 de marzo de 1933 en que sobre una vieja fábrica de pólvora se levantó Dachau, no hubo piedad, ni perdón, solo habló el odio con armas y hornos crematorios. Hace unos años, el papa Ratzinger, tras adentrarse en Auschtwitz, interpeló directa y humildemente a Dios: "Dios mío, ¿dónde estabas?, ¿por qué permaneciste callado?", se preguntó. El hombre ha sido creado como un ser libre, escribe su propia historia. Pero otros hombres se encargan de discernir entre la vida y la muerte; así sucedió en la Alemania nazi, en el miserable gulag soviético y estalinizado, pero también en 1936 en este ruedo ibérico, goyesco, y a garrotazos.

Hay algo más fuerte y mortal que la maldad: la indiferencia. Fuimos indiferentes, allí y ahora, en la guerra y en la durísima y amnésica posguerra. La indiferencia, el silencio y el miedo ganaron aquella batalla.


Abel Veiga