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El Proyecto Tití

Ayudar a proteger este pequeño mono del Caribe colombiano es también conservar el planeta.

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03 de mayo 2015 , 08:51 p.m.

Mono tití cabeza blanca, de cabellera desordenada. Primate, primo del Homo sapiens humano. Míralo a los ojos y sentirás su familiaridad. Quienes lo han hecho señalan su parecido con el científico Albert Einstein o con Don King, el empresario de boxeo.

Pero el Homo sapiens parece destinado a acabar con la naturaleza de este pariente, de cualquier otro y con la suya propia; destruirla para reemplazarla, quizás en un futuro, por tecnología, mientras todavía hoy, en selvas y bosques, hace desaparecer nichos, tala árboles, elimina especies y familias enteras de animales, que reemplaza por vacas condenadas a dar carne y leche; o cultiva por negocio y convierte en muebles toda la madera de ese hábitat en el que tantos animales han sobrevivido, antes de que llegue la hidroeléctrica a quitarles el agua, o la mafia a cazarlos como mascotas de Indias y presas de laboratorio.

El hombre ha ocupado la tierra y adiós, flora y fauna; adiós, primates queridos, miles y miles en extinción. Adiós, selvas y bosques de Madagascar, Vietnam, Indonesia y América Latina. Son tiempos de leña y de carbón vegetal, de minería y de urbanización, lenguaje de ciudad. El índice de deforestación en Colombia es uno de los más altos del mundo: ¡120.933 hectáreas de bosque natural al año!

El destino biológico del Sagui-nus oedipus o tití cabeciblanco, que, además de reproducirse, dispersa por los bosques secos tropicales del Caribe colombiano semillas de árboles como la ceiba, el campano, el hobo y el macondo, se encuentra muy amenazado. En 1973, el cabeciblanco ingresó a la lista de los primates en vías de extinción y pasó, en el 2008, al preo-cupante grupo de extinción crítica.

En 1985, Anne Savage, bióloga estadounidense de Disney Animal Kingdom, vino a Colombia, se enteró de la situación de esta especie y creó el único programa que existe para conservarla: el Proyecto Tití, una fundación dirigida por la arquitecta Rosamira Guillén, que acaba de recibir el prestigioso premio Whitley por promover la conservación del mono tití cabeza blanca y de los bosques tropicales que habita.

Son 35.000 libras esterlinas de premio, que le caen muy bien a la fundación de Rosamira. Ahora ella podrá ampliar sus actividades de protección del mono, buscar sólidos apoyos nacionales y concientizar poblaciones que aprendan a convivir con animales sin cazarlos ni devastar los bosques donde viven.

En sus 30 años de trabajo, la fundación ha consolidado dos áreas de conservación del mono tití en Colombia: la hacienda El Ceibal, en Santa Catalina de Alejandría (Bolívar), y Los Rosales, en Luruaco (Atlántico), donde viven protegidos por lo menos 300 titíes, un diez por ciento de los que habitan el país.

Esta especie de mono ha sido introducida en el Parque Natural Tayrona.

Si el mal hombre ha destruido los bosques, y con ello el hábitat de numerosos animales como el mono tití cabeciblanco, lo que debe hacer el buen hombre es recuperar y conectar los bosques.

Algo ideal sería devolver su entorno natural a estos animales, construirles un bosque o una selva, así no parezca tan fácil. Siempre es más fácil destruir que construir. Rosamira lo ha dicho: “En 10 años podría formarse un bosque en el que los animales logren encontrar comida, pero no podrían quedarse a dormir en él porque necesitan de árboles más grandes como refugio. Por lo menos tomaría 30 años tener un bosque en óptimas condiciones”.

Bosques mejores y más extensos, para multiplicar en ellos a esos monos titíes. Es lo que la fundación anhela. Por lo pronto, y para estimularse, capacita artesanas que los fabrican de peluche y los envían por avión a las tiendas de Disney, donde se venden en beneficio del proyecto.

Heriberto Fiorillo