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El que ríe de último...

Me imagino a la oposición frotándose las manos ante los resultados de las encuestas.

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03 de mayo 2015 , 08:51 p.m.

En una avalancha de encuestas recientes –la última publicada por la revista Semana– se observa un descenso en la favorabilidad del presidente Juan Manuel Santos. Además, esas encuestas reflejan un sentimiento pesimista, a pesar de la reducción del desempleo al nivel más bajo en veinte años, la mejoría en las cifras sobre la seguridad y el palpable avance de los principales programas del Gobierno. Se justifica, entonces, preguntarse qué se esconde detrás de ese abrupto descenso en las encuestas.

Hay que reconocer que el Centro Democrático ha sido eficaz sembrando pesimismo y metiéndoles miedo a los ciudadanos, apelando con frecuencia a tácticas amarillistas y a la desinformación. A punta de martillar falacias, dividieron al país quitándole a Santos, por ahora, un pedazo de la opinión.

Otro elemento del contexto es que –para bien del país– el presidente Santos no les hace mucho caso a las encuestas, sino a sus políticas y a sus convicciones. No gobierna para la tribuna y eso a veces puede ser impopular. Toma riesgos y desafía intereses creados, como por ejemplo al jugársela por la paz o poner en marcha programas como la protección de las víctimas, la devolución de tierras, la vivienda gratis, la despenalización de las drogas, la justicia social o la progresividad tributaria.

Habría que reconocer, también, que la coalición de gobierno no ha sido muy eficaz administrando la opinión. Y eso se refleja en las encuestas. Obviamente, existen muchas ilustres excepciones, pero en la mayoría de los casos las batallas de los defensores de Santos se quedan atrapadas en los recintos parlamentarios. Los resultados demuestran que hace falta que los amigos del Gobierno convoquen más activamente a las bases para explicarles los logros y las victorias gubernamentales.

Hay aspectos puramente coyunturales que inciden en el resultado de las encuestas que son, ante todo, un ‘fogonazo’ de opinión producto de hechos concretos. Ese es el caso de la ira generalizada –totalmente justificada– que desató la barbarie de las Farc en el Cauca. La factura que le pasó la opinión pública a la insensatez de la guerrilla la pagó, injustamente, la favorabilidad de Santos.

Ese episodio reveló diáfanamente el talante del Presidente. Si gobernara para las encuestas, hubiera pateado la mesa. Prefirió una respuesta incuestionablemente contundente –reactivar los bombardeos–, pero perseveró en los diálogos de La Habana. No cayó en tentaciones mediáticas, a pesar de la paliza política –por cierto, poco patriótica– que desató la oposición en torno a esos fatídicos hechos.

Sin duda, el ambiente está enrarecido, además por sucesos tan bochornosos como los que ha protagonizado el magistrado Jorge Pretelt, los cuales estuvieron precedidos por otros escándalos de corrupción e indolencia del Estado, que han conmovido a los ciudadanos. Eso explica el descenso de la favorabilidad de esas instituciones que afectan el estado ánimo colectivo.

En un régimen presidencialista, el primer mandatario es el pararrayos de todas las inquietudes, los desvelos y los enojos de nuestros compatriotas. Ante ese panorama, a Santos le ha tocado pagar los platos rotos de otras ramas del poder público, las embarradas atribuibles a algunos de sus funcionarios y la ineficacia de las entidades públicas.

Me imagino a la oposición frotándose las manos ante estos resultados. Se les olvida que la encuesta es solo una foto y lo que importa es el final de la película. Santos ha demostrado que su método de gobernar funciona y que logra salir airoso de las circunstancias más azarosas.

Díctum. Me gustan los pandas, pero prefiero al jaguar y al mono tití.

Gabriel Silva Luján