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Actor necesario

Para la volatilidad sería insuficiente cualquier pacto político sin componente socioeconómico.

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01 de mayo 2015 , 11:55 p.m.

La politiquería se beneficia de la apatía del país, de la del empresariado y el trabajo, particularmente de los que mayormente se oye reclamo disperso gremial inmediato y a veces lugares comunes desleídos políticos, parte del ‘lobby’ por cuidar privilegios corporativos. Los protagonistas económicos se desentienden de causas concretas de atraso, desigualdad, corrupción; semejante a la indiferencia de los gremios profesionales a su responsabilidad pública.

En manos de politiquería, algarabía mediática, de desinformación, especulación y hasta rumor, a la delicada coyuntura actual le quitaría animosidad el peso más concreto de la productividad; hay formas experimentadas como sería deliberación con el Estado sobre el ahora y más que todo sobre el después sociales. Es incompleto que el sector determinante en socioeconomía y otras cosas falte cuando al fin esta sociedad está confrontada con realidades de fondo descuidadas; aquí Gobierno, capital y trabajo conciertan solo para mantener mínimo el salario.

‘El País’ de España publicó notas sobre su escasa cultura de pacto frente a la abundancia del enfrentamiento sin margen de conciliación, con excepciones como el de La Moncloa, parecido al tripartito alemán, que permitió aquel entre otras estabilidad constitucional e incorporación al tratado por excelencia comunitario europeo, precedido por el del carbón y acero, entre mucha historia de beneficios de acordar frente a daños de polarizar. En Colombia ha habido también más guerra que pacto, reciente el del Frente Nacional que acabó la guerra sucia bipartidista mas no la violencia.

Pactar supone admitir la contrariedad, que admite tercer término, a diferencia de la contradicción que lleva a la fuerza, siempre pensable si no hubiera sido mejor arreglo que choque entre posiciones en apariencia excluyentes, eso solo en cuestión de principios como el de defensa legítima, la experiencia diplomática enseñando que hasta en discrepancia extrema había siempre oportunidad para dialogar; EE. UU. trata hoy conciliar con Irán o Cuba lo que creían irreconciliable. Hay términos medios en los extremos de la historia, la guerra y el Estado, la fuerza o la razón.

La oposición es provechosa si es racional, dañina cuando busca audiencia mediante radicalización maximalista sectaria, la “sobreactuación de lo polémico” según un politólogo, frecuente en personas y naciones con tradición de pugnacidad, de culto al matón y de tolerancia con el irrespeto. Muchos partidos y políticos aspiran a la hegemonía, incluso a extinción del rival para lo que azuzan más hinchadas facciosas que partidarios. La democracia sería oportunidad para disenso y consenso, para concesión sobre imposición, para eludir el riesgo de polarización que inmoviliza en que está incurriendo la politiquería nacional atenta casi solo a la opinión electorera que recalienta el maniqueísmo excluyente de guerra fría, neutralizables su populismo caudillista, su maximalismo militarista, ambos sin responsabilidad económica, por propuestas consensuadas al fin sobre un modelo de desarrollo de democracia social.

Jorge Restrepo