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Marcelino y Rosita, el amor encontrado en un ancianato

Con 70 años se toparon en un centro de atención al adulto mayor. Se casaron en emotiva ceremonia.

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30 de abril 2015 , 09:34 p.m.

Marcelino Segundo Cantillo tenía 69 años cuando su esposa de 91 años murió. Había permanecido a su lado 51 guardándole fidelidad, nunca le importó la diferencia de edad ni los escollos económicos por los que habían pasado, ni verla padecer todos los males al mismo tiempo, ni notar que su rostro se llenaba de arrugas.

Ella, sin embargo, no quiso que su esposo viviera en duelo eterno. “Antes de morir, me dijo: ‘amor, cuando yo me vaya y me estén velando, si te gusta una mujer, pícale el ojo. No quiero que te quedes solo, que me lleves flores a un cementerio; quiero que sigas siendo tan feliz como me hiciste a mí’ ”.

Este samario, entonces, la dejó ir. Lo primero que hizo fue donar los 22 vestidos que su amada le había regalado, y los trajes de ella y sus zapatos. “Cuando los fui a vender, me iban a dar solo 500 pesos por cada uno. Eso no era digno, estaban impregnados de amor; entonces me hizo más feliz regalarlos”.

Después de 50 años de vivir en el barrio 20 de Julio, quiso volver a su ciudad, tierra en donde su madre había lavado ropa ajena para sostener a su familia de cinco hermanos y en la que había conocido a su primera esposa. “Yo tenía 19 años, ella 41. Trabajábamos en un hotel. Yo era chef. Por ella no me fui a Estados Unidos ni a recorrer el mundo en un crucero. Escapamos a la capital solo para estar juntos”.

Pero el regreso a su ciudad no fue como se lo esperaba. No conseguía trabajo y con el paso de los días su cuerpo comenzó a enfermar. Una úlcera, una hernia, dolor en una pierna y una falla en el corazón arruinaron sus días. No tuvo otra opción que retornar a Bogotá y buscar la ayuda de sus vecinos. “Ellos me dieron comida y dormida por unos días, pero luego tuve que buscar para dónde irme. Ya tenía 70 años, me sentía enfermo y cansado”.

Así fue como llegó a un centro noche de la Secretaría de Integración Social. “Me recibieron porque estaba enfermo y solo, pero no me sentí bien allá y por eso me trasladaron a la sede del Bosque Popular. Allá llegué en octubre del 2014”.

Otra fue la vida de Rosa Lilia Sepúlveda, hoy de 71 años. Ella venía de Jericó (Boyacá), nació un primero de noviembre de 1942 y vivió en una familia de siete hermanos de una sola madre y dos papás. “Siempre fuimos muy pobres. Mi mamá arreglaba la ropa de la casa cural y preparaba las hostias”.

Ella y sus hermanos duraban media hora hasta llegar a la vereda El Pedregal con la ropa a cuestas; solo en ese lugar bajaba suficiente agua para hacer la tarea. “Allá mismo prendíamos leña y hacíamos la comida para todos”, contó Rosita.

Poco a poco, toda su familia fue migrando a Bogotá, y al final todos terminaron por separarse. “Yo llegué como a los 50 años a atender a mi hermano, que es sastre en su casa del barrio Las Ferias, pero luego decidí irme y trabajar por mi lado porque además él se casó y había que dejarlo hacer su hogar”.

Mientras la mayoría de sus hermanos encontró el amor, ella permaneció sola toda su vida, nunca un novio, nunca una ilusión. La idea de casarse se desvaneció por completo de su vida. Eso sí, siempre tuvo buenas amigas, y con ellas montó sus locales de bordados, una oficio que aprendió en su pueblo natal.

Durante décadas, migraba de un lugar a otro, trabajando siempre con sus máquinas tejedoras o cuidando las casas de sus jefes, que terminaban por confiarle sus propiedades como ama de llaves.

Algunas de sus amigas murieron, las que se comportaron como hermanas durante tantos años, y con el paso de los días las enfermedades insoportables aparecieron. “Me comenzó a doler mucho la rodilla izquierda y las caderas, ya no pude caminar más sin cojear, y por eso busqué la forma de internarme en algún lugar. No molestar a nadie con mis problemas”. Así llegó al hogar de El Bosque Popular en julio del 2014.

El cortejo

Cada uno, Marcelino y Rosita, había vivido su historia, sin hijos, y habían llegado a un punto de la vida en el que solo buscaban estar tranquilos, encontrar ese sosiego tan esquivo en una existencia de años de trabajo y necesidades.

Allí, en ese centro de cuidado, se vieron por primera vez. “Yo reconocí a Marcelino el primero de noviembre, en mis cumpleaños. Era una cara diferente”, contó Rosita, una abuela tranquila a quien todos consienten. Es de esas mujeres a las que no les gusta armar problema por nada.

Luego, los encuentros con el samario eran a la hora del tinto, cuando los adultos se reúnen a hablar de los temas del día. El lugar funciona como una diminuta ciudad en la que todos los días pasa algo. “Eso cogió una saludadera, yo pensaba que estaba medio chiflado, pero también sentía una cosa toda extraña en mi estómago”, confesó Rosita.

Ocho días pasaron en los que sin querer, queriendo, se buscaban con la mirada. “Ese negro me causaba sensaciones extrañas, hasta que un día se me acercó y me dio un beso en la mejilla. Yo nunca había sentido algo así”.

Quince días después de darse sutiles caricias y abrazos, Marcelino se le acercó, la miró a los ojos y le dijo: “te amo”. Después de semejante declaración de amor, su noviazgo era algo oficial.

Los días siguientes, se encontraban en la ‘silla del amor’, una banca que bautizaron así, porque allí siempre han encontrado un espacio las parejas que llegan al lugar.

Como en todo relación, hubo peleas. “Eso pasó cuando un señor me inventó que Marcelino era casado y que tenía hijos. Ese día, llorando, le terminé”, relató Rosita.

Al poco tiempo, se enteró de que había sido un chisme de un compañero a quien Rosita también le quitaba el sueño. “Por eso decidimos cortar cualquier habladuría y contarle todo a la doctora”. Y así fue, hicieron oficial sus intenciones de casarse.

Nadie en el lugar para adultos mayores lo podía creer. “Lo aceptaron muy bien y nos empezaron a ayudar a cuadrar la boda”.

Así comenzó una correría de todas las funcionarias de Distrito y de los mismos compañeros del hogar para preparar el gran día.

No se iba a tratar de una pequeña recepción, todos se cargaron de amor para celebrarle la boda a esta pareja. El anillo, el ramo, la torta, cada uno tenía una misión.

Este jueves, a las 4 de la tarde, comenzó todo. El cielo, el viento, todo ayudó. Rosita lucía su corona de flores, la voz le temblaba y una risa nerviosa que no podía controlar la invadió hasta la llegada al altar. “Es que ahora sé que no me voy a morir sola. Eso me hace muy feliz”.

Al otro lado, en un jardín del hogar, habían decorado todo de flores, de corazones, de alegría. Allí, en un arco de velos blancos, la esperaba su amado Marcelino, de traje gris y con la misma mirada con la que la enamoró.

Esta pareja le dio el sí al resto de la vida juntos y hasta tuvieron la suerte de tener al secretario de Integración Social, Jorge Rojas, de padrino de bodas, a decenas de personas tomándoles fotos, y hasta a los medios de comunicación siendo testigos de esta unión.

Saldrán de su boda para un hotel, luego se irán de luna de miel. Les esperan los regalos de sus amigos, una habitación les será cedida en el hogar y existe la promesa de que ningún traslado los va a separar. Esos son su bienes más preciados en este momento.

La tarde comenzó con una pieza de vals. Brindaron por el amor eterno, comieron torta, se estallaron de la risa y bailaron hasta que el frío de la noche los hizo entrar.

A su alrededor estaban todos los abuelos del hogar, unos imposibilitados de caminar, en sus sillas de ruedas, con muletas o afligidos por alguna dolencia, pero todos con su mejores trajes, de sombrero, con guantes, con la felicidad de que alguien se hubiera dado cuenta de que a su edad también es posible enamorarse.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
* Escríbanos a carmal@eltiempo.com