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El placer de editar

Jacobo Fitz-James Stuart, Conde de Siruela, recrea su vocación de editor.

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28 de febrero 2014 , 12:01 a.m.

En el Hay Festival se propician encuentros diferentes al de los escritores con sus lectores. En el realizado en enero se llevó a cabo, entre otros eventos, el Primer Congreso del Talento Editorial, con el apoyo del MinCultura, Acción Cultural Española, la Cámara Colombiana del Libro, Conaculta y el Sena, al que acudieron jóvenes y experimentados editores y libreros nacionales e internacionales, para discutir los retos de los pequeños e ndependientes frente a nuevos formatos editoriales y comerciales. Uno de los invitados fue el español Jacobo Siruela, creador en los ochenta del sello que lleva el apellido del título nobiliario que le regaló su madre, la duquesa de Alba.

Editorial que vendió hace una docena de años para darle paso a Atalanta, que montó con su socia Inka Marti, esposa y cómplice de vida. Decidieron abandonar Barcelona y establecerse en el campo, con solo dos secretarias, los únicos puestos fijos en esa pequeña editorial, ya que los demás trabajos los contratan. Editan 10 títulos al año.

“En el campo hay que estar muy ocupado porque el río de las horas fluye lento. Si uno sabe qué hacer, el campo es fantástico, permite concentración y la calidad de vida es extraordinaria. Tanto a mi mujer como a mí, nos encanta la naturaleza. Nos interesa mucho la jardinería, que tendría que ser una de las artes de la vanguardia de este siglo, además sería muy benéfico para la salvación del planeta. El alejamiento de la naturaleza nos ha hecho olvidar la belleza, que es parte principal de la vida, no una idea abstracta”.

Placer estético que saborea desde la cuna y que ha sido su mejor ayuda a la hora de hacer libros, por lo que ha sido catapultado como hacedor de pequeñas obras de arte. “Los auténticos editores lo somos por vocación. No es un oficio cualquiera.

Se deben conciliar dos opuestos que en realidad son irreconciliables: la cultura y el comercio. Me interesa la calidad estética de los libros. Ese es un factor muy importante frente al libro digital, al electrónico. El libro real tiene que seducir: abogo por el libro real y sensual”.

Esa certeza de hacer un producto bello le sirvió de argumento cuando sus colegas lo convidaban a hacer libros electrónicos, aducían que el cambio que se estaba viviendo sería similar a cuando se pasó del barco de vela al de vapor: algo inevitable. “Estaba a contracorriente. Utilizaban el tópico de que era anticuado. Los acontecimientos me van dando la razón, incluso en EE. UU. está decayendo

su venta. Los únicos que están interesados en que el libro electrónico arrase son las multinacionales Google y Amazon que quieren un mundo uniforme y controlar el monopolio del mercado cultural, lo que tiene para mí también un carácter político. El libro de papel significa diversidad, muchos editores, muchas librerías, muchos puestos de trabajo, competencia. La sociedad civil debe darse cuenta de esto”.

Su voz nunca sube de tono, tampoco se exalta en la controversia y se emociona contando cómo editó a un colombiano, en su colección de cuentos y aforismos. “Jaime Abello me habló de este autor y quedé intrigado, fui a Internet y, claro, encontré a Nicolás Gómez Dávila, quien se entenderá más en el futuro porque es un pensador y

Latinoamérica es sobre todo un continente de artistas, de creadores, hay pocos pensadores. Octavio Paz, por supuesto. Pero él fue un pensador heterodoxo, de aforismos, que sostenía que todo lo que va más allá de la frase es una farsa, una falsificación. Sorprendente. Un hombre calificado de reaccionario de manera superficial. Lo que

sostenía era que cuando no hay nada que conservar uno se vuelve reaccionario y reacciona contra todo. Me parece muy inteligente. El libro fue bastante criticado en España, donde era absolutamente desconocido”.

Sus palabras, sus libros, su entusiasmo con el paisaje colombiano y su bienestar quedan grabados en una época en la que perduran pocas cosas, entre ellas, los libros bellos.

Por: Myriam Bautista