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Religiosidad Colonial

Presentación de un libro sobre templos coloniales

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28 de febrero 2014 , 11:22 a.m.

Seis décadas después de fundada, hacia 1600 Santafé, hoy Bogotá, contaba con más de una decena de iglesias y ermitas. Dos siglos más tarde, cuando la República se anunciaba entre el humo del cañón y los discursos vehementes de los demócratas, sin dificultad se contaban 36 iglesias en la ciudad, que para entonces tenía cerca de 18.000 habitantes. En esa época, algunas de ellas eran ya centenarias iglesias parroquiales, otras elaborados y ostentosos templos conventuales, unas más eran sencillas capillas doctrineras, y las demás iglesias, destacados lugares de culto en las universidades, hospitales, hospicios y otros edificios públicos. Además muchas de las casas tenían su oratorio propio, para lo cual debían contar con un permiso especial, el que sus dueños tramitaban por razones tanto de fervor religioso como de prestigio. Este breve listado hace incontable el número de los lugares consagrados al culto católico en la ciudad que fuera primero sede de la Audiencia de Santafé y luego, en el siglo XVIII, capital del Virreinato de la Nueva Granada.

Las numerosas iglesias de Santafé nos ponen de presente una situación: la cultura colonial fue una sociedad fundamentalmente religiosa. No había lugar para la incredulidad o para establecer relaciones de sociabilidad por fuera de las normas del catolicismo, razón por la cual todo el ordenamiento social giraba alrededor de los lugares de culto. No sería exagerado afirmar entonces que las iglesias ocupaban un lugar fundamental en la vida y la organización de aquella sociedad santafereña. Hasta el propio crecimiento urbano estaba marcado por las iglesias: dispuestas en su mayoría sobre el eje de la Calle Real, hoy Carrera Séptima, se convertían en puntos de referencia que marcaban el comienzo y el final de los límites de la ciudad, como lo fueron San Agustín en el sur y San Francisco y las Nieves en el norte. Otros, especialmente los conventos de clausura femeninos, se dispusieron en el oriente y el occidente de ese eje, lo que le proporcionaba a la distribución de las iglesias una emblemática forma de cruz. Así también las iglesias sacralizaban la ciudad.

Eran muchas las iglesias, es verdad, pero ciertamente eso no tenía nada de extraño. Algo similar sucedía en cualquier ciudad de la América española. Y también en España o en toda Europa antes de la Reforma. Desde los primeros siglos de la Edad Media, los antiguos y simples lugares de reunión de las comunidades cristianas de creyentes se transformaron en templos cada vez más imponentes. Las complejas liturgias así lo requerían, como también las numerosas y siempre crecientes feligresías. Por ello los campanarios en sus majestuosas torres, o las no tan imponentes pero no por eso menos bellas espadañas, llenaban en ese entonces el cielo de Ciudad de México, Quito o Lima –para señalar solo algunas de las más prestigiosas urbes del continente americano–.

No podía ser de otra manera, pues el acontecer cotidiano, las ocasiones especiales, la vida y la muerte de todos los seres humanos, y aun la naturaleza con sus misterios y peligros, estaban profundamente marcados por las creencias católicas. Los templos, por lo mismo, debían abundar. Y así ocurrió para que estos marcaran los principales sucesos de la vida cotidiana. Acontecimientos tan comunes como nacer, casarse, celebrar, festejar, enfermarse o morir se sacramentalizaban en las iglesias. Los hijos eran bautizados y confirmados allí, y se casaban también, aunque no tantos como hubiera querido la jerarquía eclesiástica. En ellas transcurrían igualmente las rogativas ante las eventualidades cotidianas, las devociones particulares a los santos y las advocaciones, para solicitar su protección: el templo era el lugar de sociabilización dominical. Pero no todo se agotaba en la vida diaria de los ciudadanos. Ante la ausencia del reloj personal, las iglesias marcaban el tiempo cotidiano con el toque del Angelus, así como también en ellas se celebraban los ritos que marcaban los ritmos del gran tiempo colonial: la Cuaresma, la Semana Santa, el Adviento y la Navidad. Las fiestas y celebraciones públicas comenzaban y terminaban en la iglesia, desde las grandes procesiones como la del Corpus Christi o las solemnidades que conmemoraban acontecimientos de la familia real, hasta el grado de un bachiller o de un doctor de cualquier universidad local.

Finalmente, en la muerte, en una época en la que no existían los cementerios, el santafereño encontraba su última morada dentro de una iglesia. Allí se disponía su entierro, pues querían permanecer en tierra santa mientras llegaba la esperada resurrección. Por estas razones, construir un templo era una labor de toda la sociedad, que embargaba tanto a las más altas esferas del poder como a la gente más humilde. Así, en las iglesias de Santafé las feligresías se reunían para orar, por supuesto, pero también para muchas otras cosas. En la sociedad colonial no había personas que viviesen abandonadas o solitarias. Todos estaban incorporados a una compleja red de solidaridades que formaban el cuerpo social. Una de las corporaciones más importantes eran las cofradías, que estaban presentes en todas las iglesias. Los cofrades practicaban la caridad, la ayuda mutua, y canalizaban la contribución económica para el sostenimiento del culto parroquial.

Las capillas y los retablos que aún vemos en las iglesias coloniales fueron el resultado de la devoción de las cofradías. La misa era por supuesto la actividad principal, diaria para muchos de los habitantes. Las novenas, las octavas, los días especiales de indulgencia, la fiesta patronal, el Corpus, la Cuaresma, la Navidad, en fin, tantas y tantas ocasiones que hacían del calendario anual un tiempo en el que los días dedicados al trabajo competían con desventaja frente a los que debían reservarse a Dios. Ir al templo a confesarse era una actividad igualmente importante, aunque lo fuera solo una vez en el año. La muerte estaba siempre presente en la sociedad, como realidad por los muchos peligros que a diario enfrentaban, pero también como castigo o premio según el modo en que se hubiera vivido. Siempre la recordaban, pues cada vez que entraban en la iglesia no podían dejar de ver las muchas lápidas, los monumentos funerarios y las pinturas ubicadas por todas partes. Y el remedio era la confesión.

Debido a la importancia de la iglesia como uno de los ejes de la vida colonial, existía una recurrente preocupación por su decoro. Tesoros artísticos –retablos, esculturas, pintura, fina joyería en las custodias, ornamentos para el culto, bordados de oro y plata– que hoy llamamos patrimonio, en aquel momento eran eso, decoro devocional. Desde la Edad Media, una ciudad mostraba su importancia comercial por la riqueza de sus iglesias, una forma de agradecerle a Dios la prosperidad.

Las iglesias coloniales que hoy conocemos no fueron edificios acabados en un corto plazo. La mayor parte de ellos fueron el resultado de al menos tres siglos de trabajos, con influencias, estilos y características que no responden necesariamente a una sola época. Lo mismo aplica para los objetos que albergan: retablos, pinturas, esculturas, muebles, entraban en esos espacios de acuerdo con las diferentes condiciones de sus épocas. La decoración es un buen ejemplo: en el siglo XVII en muchas iglesias se pintaban los retablos sobre la pared, lo mismo que las imágenes devocionales. Pero en la medida en que la sociedad se asentaba y se enriquecía, se suplantaba la pintura mural por retablos reales de madera dorada en laminilla de oro, esculturas y pintura de caballete, muchas veces traída de Europa.

De esa manera las múltiples imágenes de la Pasión, de la Virgen en sus muchas advocaciones, y de los santos que por una u otra razón ganaban el fervor de los creyentes santafereños, comenzaron a tener un lugar destacado dentro de las iglesias. También pinturas de escenas bíblicas, de martirios, de milagros, de ángeles, arcángeles y querubines, llenaban las inmensas paredes de los templos manifestando las particulares devociones de los santafereños. Imágenes y pinturas por igual eran empotradas en los magníficos retablos y tabernáculos que daban testimonio de una riqueza que no se dejaba adivinar si nos atenemos a las fachadas de las mismas edificaciones. Y por supuesto esa riqueza artística también estaba relacionada con la función cultual del templo: los conventos masculinos o femeninos incentivaban la devoción a los santos de sus Órdenes, y sus representaciones devocionales eran más emblemáticas; en las iglesias parroquiales la piedad era más sencilla y popular; mientras que en los templos para la doctrina de indios, los planes iconográficos eran básicos, lo necesario para enseñar las verdades fundamentales.

Podríamos decir, por lo anterior, que Santafé era toda una inmensa iglesia durante sus siglos coloniales, y no nos equivocaríamos. Lo era por sus muchos templos, desde luego, pero también porque sus habitantes estaban convencidos de que la protección de sus santos tutelares la cuidaban de todo peligro natural o sobrenatural. Además, el continuo sonido de las campanas, los frailes y curas pasando afanosos por las calles, las fachadas de los muchos templos, la espera del próximo día de guarda, el rosario en familia por la noche y miles de otras actividades y prácticas, convirtieron en sagrado el espacio de la capital. Sin duda era Santafé una ciudad católica, y para sus habitantes en aquel entonces, una ciudad de Dios. Lo mismo creía el lejano Rey porque le decían sus funcionarios que todos allí vivían en policía según las leyes de Dios.

Hoy nos queda un vivo testimonio de esos siglos. Salvo pocas excepciones, las iglesias, los templos y las capillas de ese entonces están presentes en lo que hoy conocemos como Centro Histórico de Bogotá. Los edificios cambiaron con el paso del tiempo, pues los terremotos, los incendios, los efectos de las leyes secularizantes del siglo XIX, y no menos importantes, los cambios de los gustos arquitectónicos, causaron la desaparición de los viejos edificios al ser transformados en otros: los que hoy tenemos ante nuestros ojos. Sin embargo esos cambios no alcanzaron a transformar del todo el culto a un santo en especial, las rogativas a una singular advocación de la Virgen, el esplendor de un particular retablo, la riqueza en imágenes y objetos sagrados custodiados por una comunidad determinada. Han pasado los siglos, algo ha cambiado, pero las iglesias siguen en su lugar.

Este libro recoge la historia de esas iglesias, de sus edificios, del culto asociado a ellas, de su función inicial, de las imágenes y objetos sagrados que guardan desde entonces. La conmemoración de los 450 años del Arzobispado de Bogotá es el motivo que nos impulsó a contar sus historias y obtener para cada una de ellas, viejas y nuevas imágenes, todas ellas testimonio de lo que pasa pero también de lo que queda. No hay duda al respecto: el paisaje de nuestro querido centro de Bogotá continúa marcado por sus muchas iglesias, hitos de tiempos pretéritos y por venir.

Los seis capítulos que ordenan este libro agrupan las iglesias según su función original. Primero las iglesias parroquiales, las más importantes pues reúnen a las feligresías y les sirven de referente para el cumplimiento de los sacramentos, fundamento indiscutido de la vida católica desde los aciagos años de la Reforma. Luego los templos de los conventos de hombres y de mujeres. En conjunto un numeroso grupo de edificios ricamente adornados en su interior, llenos de imágenes edificantes y de símbolos que sabían leer los habitantes de la ciudad, los que hoy para nosotros apenas si nos dicen algo. A continuación, en el tercer capítulo, las iglesias, ricas o pobres, asociadas a hospitales, colegios, hospicios y sitios de recogimiento. Las ermitas, muchas conservadas desde sus primeros años de existencia, se reunieron en un capítulo especial, pues unas dan testimonio de gratitud a Dios, otras fueron construidas para plegarias y rogativas a un santo o una santa en particular o a una advocación particularmente querida de la Virgen, y otras más para señalar lugares que los creyentes santafereños tenían por milagrosos. En el último capítulo incluimos la historia de seis capillas doctrineras, esto es la de los sitios de indios que estaban ubicados al oriente del río Bogotá: Usme, Bosa, Fontibón, Engativá, Suba y Usaquén, que por cercanía sirvieron a los habitantes de Santafé y que siglos más tarde quedaron incorporados a Bogotá como alcaldías menores primero, y luego como localidades.

Estos seis capítulos recogen la totalidad conocida de las iglesias santafereñas, a lo cual queremos hacer una anotación particular: la única que no se logra documentar es la ermita dedicada al Señor de Las Cruces (vieja), pues tan solo se tienen noticias de su existencia a orillas del río San Agustín en el punto donde estaba el puente Cualla, hoy Calle 6 con Carrera 10. Al parecer se fundó en 1665, tenía un venerado Señor del Despojo y custodiaba la salida de la ciudad hacia el suroccidente. Con esta excepción, tenemos detalles, inventarios, contratos de construcción y relatos de cronistas y viajeros de las demás iglesias de Santafé.

Las historias que este libro cuenta de cada una de las iglesias que reúne son deliberadamente breves, pues no nos afana el detalle sino el conjunto. Sin embargo esas historias traen muchas noticias, poco o nada conocidas hasta el momento, y revisan otros tantos datos que siendo equívocos se convirtieron en verdad a fuerza de ser repetidos una y otra vez en obras de divulgación de ligera factura. Resultado de una cuidadosa investigación en los archivos de la ciudad, en sus bibliotecas y en viejos libros, las historias y las imágenes históricas que las acompañan, quieren dejar a la ciudad, en la conmemoración de los 450 años del Arzobispado, un texto, lo más fiel posible, de sus iglesias iniciales. Y también quiere este libro entregar el testimonio de una fe que perdura en el tiempo.

Por Jaime H. Borja / Germán R. Mejía