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La invasión a Francia

El primer ministro inglés, Nobel de Literatura, relató precedentes y desarrollo de la 'gran guerra¿.

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28 de febrero 2014 , 11:15 a.m.

Los ejércitos de Europa estaban en movilización desde el día 1o. de agosto. Millones de hombres fluían a lo largo de carreteras y ferrocarriles, cruzaban los puentes del Rin, venían desde los lugares más apartados del Imperio

Ruso o remontaban hacia el norte procedentes del sur de Francia y del África francesa, formando todos inmensas masas de maniobra o en línea de combate. El silencio en el mar venía acompañado de incertidumbre en tierra. Había una pausa sofocante antes de que descargara aquella tormenta. Los combatientes tomaban sus puestos

de combate con toda precaución y en el más estricto secreto. Aparte de los balbuceos de la artillería en Lieja y en Belgrado, en aquellos pequeños países que tenían que sufrir el ataque, y de algunas escaramuzas de menos importancia, reinaba en Europa en la primera quincena de Armageddon una extraña y fría calma.

El comienzo fue, no solo la primera, sino la más grande crisis de la guerra, sin lugar a dudas. Desde el 18 de agosto hasta mediados de septiembre, todas las tropas mejor instruidas de los siete estados en guerra eran lanzadas unas contra otras en pleno combate, bien provisionadas y con todo el ardor de la inexperiencia bélica propia, pues, en su mayoría, habían sido de una generación pacífica. En el transcurso de aquel terrible mes lucharon más divisiones durante más días que en cualquier año completo de la lucha, lo mismo se puede decir de las cifras de muertos y heridos.

En realidad, hubo dos crisis, una en el Este y otra en el Oeste; cada una rebasó en escala e intensidad a cualquier otra ulterior, y ambas se influían recíprocamente. A los alemanes se les presentó el problema, ya previsto y escrupulosamente estudiado, de la guerra en dos frentes. Para este caso tenían preparado el plan Schlieffen. El esfuerzo principal se dirigió contra Francia. En el Este se estaban empleando más de las siete octavas partes de los cuerpos de ejército alemanes. De los cuarenta cuerpos de estos, se dejaron menos de cinco para defender las provincias del este de Alemania del ataque del Imperio Ruso.

El plan Schlieffen subordinaba todo a la invasión de Francia y a la destrucción del ejército francés mediante un inmenso movimiento envolvente a través de Bélgica. A fin de reforzar esta maniobra por todos los medios, el general Schlieffen estaba resuelto a dejar que los austríacos soporta- ran el peso del ataque de los rusos y aun a dejar que la Prusia oriental fuera invadida por los rusos, incluso, si fuera necesario, hasta el Vístula. Estaba preparado para que Alsacia y Lorena fueran invadidas con éxito por los franceses.

La violación y el paso a través de Bélgica, aunque con ello obligara a Inglaterra a entrar en la guerra, era solo para él un corolario de su teorema principal. En esta concepción, no podía haber nada que pudiera resistir el avance de los alemanes desde el norte al corazón de Francia, con la consiguiente destrucción del ejército francés, la toma incidental de París y la derrota total de Francia en seis semanas. Tal como lo proveía dicho general, nada podía suceder en ningún lugar durante aquellas seis semanas capaz de impedir que este objetivo principal se cumpliera y terminara la guerra victoriosamente.

Por entonces, nadie podía decir que el plan Schlieffen fuera incorrecto. Pero Schlieffen había muerto. Sus sucesores en el Estado Mayor alemán aplicaron el mismo plan de un modo fiel y resuelto, haciendo solo algunos cambios al mismo, hijos de la prudencia. Estos cambios fueron funestos. Moltke, sobrino del gran general del mismo nombre, asignó un 20 % más de tropas a la defensa de la frontera oriental alemana y un 20% menos en la invasión de Francia de lo que había prescrito Schlieffen; teniendo que hacer frente a la invasión rusa de la Prusia oriental, debilitó aún más la avalancha sobre Francia. Como se verá, la aplicación del plan Schlieffen en los cuatro quintos de su intensidad fracasó por poco, y pudimos sobrevivir hasta el presente.

Hemos mencionado ya cuán exactamente informó el general Wilson al Gabinete británico, el 11 de agosto de 1911, sobre el plan Schlieffen, y cómo evalúo, casi exactamente, el número de divisiones alemanas que se emplearían en el gran movimiento envolvente. El nombramiento del general Joffre para el mando supremo del ejército francés trajo consigo un cambio completo de los planes franceses. Bajo el mando de dicho general, el Estado Mayor francés redactó un nuevo plan que fue mantenido en gran secreto. Se llamó el “Plan XVII”.

El Plan XVII consistía en una ofensiva general en las direcciones este y nordeste, por ambos lados de Metz, ejecutada con cuatro ejércitos y un quinto ejército en reserva. Este plan estaba basado en la convicción profunda e que el ala derecha francesa penetraría a fondo en Alsacia y Lorena y en una obstinada incredulidad de que

el ala izquierda francesa fuera envuelta por una maniobra alemana al oeste del Mosa y a través de Bélgica. Ambas premisas fueron modificadas por los primeros acontecimientos de la guerra. Desde los primeros días se hizo evidente que el punto de vista mantenido firmemente desde 1911 por el Estado Mayor británico era correcto, es

decir, que se produciría un movimiento envolvente a través de Bélgica y por ambos lado del Mosa. ¿Cómo podía ser, sino, que los alemanes echaran deliberadamente primero a Bélgica y después a Gran Bretaña en el platillo contrario de la balanza? A menos, por supuesto, de tratarse de una operación de importancia capital.

Además, había la evidencia de sus largos preparativos (campos de concentración, ferrocarriles y apartaderos), que habían sido tan minuciosamente estudiados por el Estado Mayor británico regido por sir John French y sir Henry Wilson.

Por último, en los días sucesivos, se conocieron con toda clase de detalles los enormes movimientos de tropas que en el ala derecha alemana hacía el interior de Bélgica y dentro de sus fronteras, en las dos márgenes del Mosa.

Antes del final de la primera semana del mes de agosto, el general Lanrezac, jefe del ejército francés del ala izquierda (el quinto), no hacía más que dar informaciones de aviso y de alarma sobre la amenaza que se cerniría sobre su ala izquierda y retaguardia si llevaba a cabo la misión que le había sido asignada y atacaba como estaba ordenado en la dirección nordeste.

Al final de la segunda semana, el Alto Mando francés no pudo ignorar ya la presencia de masas crecientes en el ala derecha francesa; fueron tomadas, en consecuencia, medidas tardías e inadecuadas para afrontar el peligro. No obstante, después de la incursión de un cuerpo del ejército y de una división de caballería en Alsacia el día 13 de agosto, el general Joffre empezó su ofensiva sobre Lorena con dos ejércitos del ala derecha; los ejércitos del centro entrarían en acción unos días más tarde. Hasta la noche del día 18, el general Lanrezac y la izquierda del quinto ejército francés tenían aún la orden de avanzar hacia el nordeste.

Tres días más tarde el mismo ejército se estaba defendiendo de un ataque procedente del norte y del noroeste; había sido obligado a hacer un cambio completo de frente (…)

Por: Winston Churchill