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Editorial: Promesas, promesas

27 de febrero 2014 , 07:37 p.m.

La semana que viene será la de la recta final en la carrera de los candidatos que aspiran al Congreso. Así que los días se van, las semanas se acaban y las encuestas siguen midiendo la incertidumbre. Los aspirantes más fuertes y más populares se van tomando los espacios más visibles en el debate público, y los demás buscan soluciones de última hora para hacerse oír. Podría decirse que así ha sido y así es. Pero durante las pasadas semanas ha sido una verdadera noticia lo que ha sucedido en las presentes elecciones para Congreso, pues hacía mucho tiempo, quizás nunca antes, se habían visto propuestas tan inescrupulosas y comerciales tan desvergonzados en la búsqueda frenética de los esquivos electores.

Se ha consolidado, por ejemplo, la llamada política ‘en cuerpo ajeno’: quince candidatos al Senado, familiares de candidatos detenidos o destituidos por la llamada ‘parapolítica’, aspiran a ocupar curules como si se tratara de una herencia.

Según el más reciente estudio de la Misión de Observación Electoral (MOE), si bien ha bajado un poco el riesgo por factores de violencia y ya no resulta tan determinante la presión de los grupos armados ilegales, alrededor de 300 municipios del país corren altísimo peligro de fraude y de manipulación de votos nulos y de constreñimiento al elector en los próximos comicios para Senado y Cámara de Representantes.

Y sobre esa dolorosa realidad, tan parecida al pasado, y presionados por un nuevo umbral electoral, que les exige conseguir un número importante de votos para ser elegidos, los actuales candidatos han optado por encarar esta campaña en tiempos de las redes sociales con avisos publicitarios sensacionalistas, que los ponen en ridículo, comerciales efectistas que abusan de las imágenes de algunas de las más queridas figuras nacionales, y videos curiosos que parecen partir de la base de que nadie está escuchando, de que la única manera de ser oído hoy en día es la de promover un escándalo.

Pero lo que más ha sorprendido ha sido el hecho de que, en una época de enorme desprestigio de los políticos, tantos candidatos al Legislativo se estén atreviendo a hacer promesas que son más de competencia del Ejecutivo o de la Rama Judicial. Desde sacar de la cárcel a un pariente hasta entregar casas gratuitas, desde hacer que Obama cumpla sus promesas en asuntos migratorios hasta conseguir avances en los acuerdos con los líderes de la movilización en el Catatumbo, los candidatos han estado prometiéndolo absolutamente todo con una frescura que, si no revela el desconocimiento profundo de las dignidades a las que aspiran, sin duda sí demuestra la baja estima en la que tienen a sus electores.

Son tiempos difíciles e inciertos, no cabe duda, para hacer política en Colombia. A los problemas que han perseguido al país durante décadas –la corrupción, la violencia y la ausencia del Estado en tantos lugares del territorio– habría que sumar la compleja puesta en práctica de las repetidas reformas de las reglas del juego electoral y la lenta pero inevitable transformación de un electorado que ahora vigila y espera escuchar propuestas concretas. Sin embargo,es en las campañas donde empieza el respeto por la democracia y sus actores. Y a los aspirantes al Congreso les corresponde estar a la altura de la única promesa que se espera de ellos: la de hacer responsablemente su trabajo, que nos compromete a todos día a día.

EDITORIAL