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El sexenio

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27 de febrero 2014 , 05:51 p.m.

La historia de los períodos presidenciales en Colombia tiene un aspecto joco-serio. A las veces se ha establecido para “frenar las ambiciones” de determinado dirigente, o “evitar los apetitos dictatoriales” o impedir que alguno “se perpetúe en el poder”. En pocas ocasiones se han tenido en cuenta los intereses o conveniencias del país, entendido el país como la suma de las personas que lo habitan.

Los períodos presidenciales, hasta 1862, eran de cuatro años. La reelección no estaba prohibida, pero existía un acuerdo tácito de los mandatarios en no repetir, al menos de manera inmediata. De hecho ninguno lo intentó, no por falta de ganas. Concluían sus períodos tan desprestigiados que las posibilidades de obtener el apoyo de las asambleas electorales (no había aún voto universal y secreto) eran nulas.

La mayoría radical que dominaba en Rionegro impuso, en la Constitución de 1863, un periodo presidencial de dos años y la no reelección inmediata. Los radicales explicaron que ese miniperíodo tenía nombre propio. Era para salvar al país de las ambiciones de poder del general Tomás Cipriano de Mosquera. El doctor Rafael Núñez, entonces joven aunque ya prestigioso político radical, votó en contra del período bienal. “Está bien, dijo el doctor Núñez, que se establezcan dos años, para salvarnos de Mosquera; ¿pero quién nos salvará de la anarquía?”. Su previsión se cumplió con exactitud. Los veintiún años bajo el reinado radical de la Carta de Rionegro fueron el reinado de la anarquía. Cuarenta y ocho guerras civiles locales y tres conflictos generales, más el tremendo desastre económico nacional y regional que produjo la feria de las ambiciones, la codicia y la corruptela del Olimpo Radical.

El propio Núñez tuvo que organizar un movimiento, apoyado por los artesanos, para impedir que el país se disolviera, como lo analizó juiciosamente muchos años después el presidente Alfonso López Pumarejo y lo explica Indalecio Liévano Aguirre en su biografía de Núñez. La Regeneración salvó al país de la anarquía. Con sentido común, los plenipotenciarios de 1886 ordenaron un período presidencial de seis años y opción de reelección inmediata e indefinida. La llamada “dictadura” del general Rafael Reyes, que gobernó con el respaldo del Partido Liberal, en una de las administraciones más progresistas de nuestra historia, dio pie a sus opositores para propiciar en 1910 una reforma de la Constitución que redujo a cuatro años el período presidencial, sin reelección inmediata “para evitar las dictaduras y la perpetuación de una persona en el mando”.

Los Constituyentes de 1991, movidos por esas buenas intenciones de que está empedrado el camino del infierno, hicieron una constitución que contiene todas las contradicciones posibles (Estado de derecho social mezclado con neoliberalismo, disposiciones que se contradicen unas con otras, etc.) y que tiene al país al borde la anarquía (gobernado por feudos dictatoriales como la Procuraduría, las cortes y otros que, en lugar de cumplir con las funciones que les competen, se han convertido en dueños y señores de los vasallos colombianos), tal como estaba en el régimen radical cuando el doctor Núñez promovió la Regeneración salvadora.

Es patente que la Carta del 91 ya no da más. Deberá ser sustituida pronto, antes de que entremos al infierno de la anarquía.

Volver al régimen presidencial de seis años (la no reelección debe debatirse. Prohibirla atenta contra la voluntad soberana de los electores) es imperativo para facilitar a los gobernantes el tiempo necesario que les permita desarrollar sus propuestas de campaña. No hay que caer en los argumentos mezquinos y simplistas de que el presidente Santos quiere alargarse el período. Esas son pendejadas que se dicen por falta de argumentos serios, filosóficos y contundentes.

En este momento crucial de la historia del país, de un país que todavía no existe porque no ha logrado liberarse de la mentalidad colonial, de las prácticas feudalistas y de las mañas leguleyas, debemos pensar que a Juan Manuel Santos le correspondió liderar, primero, el difícil camino hacia el cese de un conflicto armado que ya va para 70 años; que ese camino está recorrido en los diálogos de paz de La Habana, y que es irreversible. La voluntad nacional se inclina por la paz. Si así no fuera, ella no sería posible. Y segundo, que estamos para comenzar un período de transición, denominado “posconflicto”. Esa transición requerirá el liderazgo del mismo Presidente que inició y llevó adelante, contra cien mil dificultades, el proceso de paz; pero la paz no está en la firma de los pactos de La Habana, sino en el posconflicto. Y en el posconflicto nos vamos a jugar la construcción de un país de verdad para el siglo XXI, lo que demanda la continuidad del mandato de Juan Manuel Santos, y la prolongación del período presidencial a seis años. En menos tiempo no sería posible obtener los resultados que se esperan de la transición.

Enrique Santos Molano

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