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José Emilio Pacheco

27 de febrero 2014 , 03:13 p.m.

Uno de los pocos motivos que aún conservo para mantener la fe y la confianza es dialogar cada cierto tiempo, y sólo cada cierto tiempo, en cualquier lugar del mundo, y desde hace cuarenta años, con José Emilio Pacheco. Son tan trágicos sus diagnósticos, tan apocalípticas sus reflexiones y tan amargas las noticias que trae, que de allí salgo eufórico y fortalecido. No es posible que nuestros países respectivos, México y Colombia, hayan caído tan bajo en la sucia espiral de la droga. 'Sí, sí, sí', me confirma impertérrito José Emilio. 'No resulta concebible que amigos comunes se traicionen de forma tan baja, con tales puñaladas por la espalda. ¿No te parece que Bioy Casares, en su Diario, humilla y degrada a Borges? ¿O Ángel Rama, también en su Diario, trate tan mal a Uslar Pietri? ¿Y qué me dices de las infamias de Francisco Cervantes contra Álvaro Mutis, en sus memorias, él que siempre lo apoyó y patrocinó?' Así comienzan interminables y gratísimas horas, donde gracias a su insobornable atención a la actualidad, fechada y documentada, y a una memoria feliz en la cita y la referencia, vamos recobrando la tranquila alegría de sentirnos los últimos náufragos sobrevivientes de una isla llamada literatura. Porque lo que cuenta, en definitiva, es su versión del Cantar de los cantares (2009) o su recopilación de poemas Como la lluvia (2009).

José Emilio Pacheco (1939) ha mantenido, durante 70 años, una fidelidad sin grietas a la vida literaria. A la insobornable vocación de escritor, en todos los géneros. El cuento y la novela, el poema y el ensayo, la traducción o la adaptación, para el cine (Arturo Ripstein) y el teatro, de obras válidas (Miguel de Cervantes). Se me vienen a la mente, entre muchos más ejemplos, su ensayo sobre "La otra vanguardia", donde a partir de Salomón de la Selda, Salvador Novo y José Coronel Urtecho nos iluminó sobre las primeras versiones de la poesía norteamericana, a partir del modernismo anglosajón, irrigando nuestras letras. O su magnífico prólogo a la poesía de Luis Cardoza y Aragón, recobrando a ese guatemalteco feliz en los trapecios de la vanguardia parisina, entre el jazz y Ramón Gómez de la Serna.

Hombre de letras a carta cabal, traductor certero del poema de W.H Auden sobre la primera generación que abandona a sus padres en los geriátricos, consciencia agónica y desilusionada sobre la improbable perdurabilidad de una sola línea suya, sosteniendo sus cuentos perfectos, su novela siempre actual sobre la pesadilla nazi, sus crónicas y perfiles, que a tantos han animado a seguir y compartir sus lecturas. Y a reír, en fin, divertidos, con sus citas malignas o sus duelos a soneto limpio contra Homero Aridjis.

Ha mantenido así la efervescencia gozosa de la actualidad literaria y al mismo tiempo la juvenil energía de una tradición aún fecunda, como sucede en sus remembranzas de sus primeras lecturas de Piedra de sol, de Octavio Paz; La región más transparente, de Carlos Fuentes. O en sus retratos de también escritores cultos y partícipes entusiastas del menester cultural, trátese del historiador José Luis Martínez como del poeta, traductor y animador de revistas literarias Jaime García Terrés.

Dentro de esa perspectiva hay que ver también a José Emilio Pacheco, colaborando en revistas, amargándose con la estupidez recurrente de los prejuicios y la censura. Midiendo, con ojo crítico, el grado de bobería que distingue al ser humano y transmitiéndonos todo ello con voz sobria y controlada, en una poesía que elude incluso el confesionalismo autobiográfico, como en su amado Eliot, pero que termina por impregnar la totalidad elocuente de su trabajo con un severo tono elegiaco: en sus versos alguien siempre se despide. Dice adiós al vislumbrado vértigo de un placer presentido apenas. Enmarcado todo ello en una naturaleza que agoniza, imperios que ruedan por el polvo, desde los aztecas hasta la Norteamericana de Vietnam, Irak y Afganistán. Quizás, en definitiva, el circo con sus figuras deformes y agitadas termina por ser la imagen más convincente que nos depara su poesía. Parodia y sarcasmo pero también una afilada ética de la escritura. Una moral de la mirada, cuestionando la fragilidad impostada del mundo.

"Todo nos interroga y recrimina. / Pero nada responde, / nada persiste contra el fluir del día", dice el primer poema del primer libro de José Emilio Pacheco (México, 1939) fechado en 1958. Y el ultimo, al terminar el año 2000, se despide así: "Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco. / Pero en manera alguna pido perdón e indulgencia. / Eso me pasa por intentar lo imposible". 606 paginas después, en Tarde o temprano (Poemas 1958-2000) (México, Fondo de Cultura Económica, 2002) parecen persistir varios de los recurrentes núcleos críticos de su tarea. En primer lugar, el arrasador paso del tiempo, que todo lo erosiona y hace polvo. El poeta que sólo quería testimoniar el instante ve como este queda convertido en fotos fechadas. Modas, imágenes, adorables cursilerías, tópicos y referencias que solo quienes las vivieron entienden ahora. En tal sentido, la conciencia de la temporalidad rige todo el curso de su escritura, fijándolo siempre dentro del marco de la literatura misma. Allí donde este obrero de la forma, y recursivo artesano de la palabra, recurre al soneto y al poema en prosa, al haiku y la noticia del periódico, al habla conversacional y a la cita erudita, para tejer esa red de fragmentos, de astillas conscientes de su condición fugaz. Pero quizás el gran marco literario, que va de lo testimonial a lo alegórico, de la fábula con animales como espejo distorsionado e irrisorio del ser humano, a la música nostálgica donde todos percibimos nuestra condición de fantasmas, se ve roto, en pedazos, por la fuerza brutal de dos agentes irrevocables.

Por una parte, la capacidad demoledora de la naturaleza, en su autonomía sin control. Y la rapacidad del poder para distorsionar, a su arbitrio, no solo conciencias sino también ciudades y paisajes. En Miro la tierra (1984-1986), al recordar el terremoto de 1985 que no sólo volvió ruinas muchos de los puntos de referencia urbanos de su hábitat y su memoria, constatará con sobriedad la insignificancia ultima de la palabra: "Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos / del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte. / Ahora que están aquí ya no hay palabras / capaces de expresar qué significan / el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte".

Solo que esa muerte parece resurgir, con cíclica recurrencia, desde el final de las culturas precolombinas, extirpadas por la conquista española, hasta el renacer de la violencia armada en la Plaza de Tlatelolco, tantos siglos después. Comenzó diciendo, en remembranza de Jorge Manrique: "¿Que se hicieron los lagos, los canales / de la ciudad, sus ondas y rumores? / Los llenaron de mierda, los cubrieron / para abrir paso a todos los carruajes / de los eternos amos de esta tierra." A partir de allí la marginación del indio, ahora apostrofado olvidando quién construyó las pirámides, hizo posible Machu Picchu, el calendario maya, la escultura azteca, los códices nahuas, la obra de Netzahualcoyotl . Por otra parte, la irrupción del batallón Olimpia, en la plaza de Tlatelolco, actualiza y refrenda el poder de la poesía nahuatl, en el célebre libro Visión de los vencidos y en las crónicas de Elena Poniatowska en la Noche de Tlatelolco(1971). La elegía es perenne y retoma el llanto de un duelo, ya sin fechas, por más que Pacheco intente, en vano, datar cada tragedia. La poesía, sufrimiento, enfermedad de la conciencia, da vueltas en redondo y hace del dolor y la llaga un fluir perpetuo, de asombro y convicción. Ella nos restituirá todas las batallas perdidas en el desierto. La que tornará vivas las palabras de un muerto: Juan Preciado. "Es la llama trémula / en la noche de piedra del virreinato", así se refiere José Emilio Pacheco a Sor Juana, y estos dos versos son un pórtico adecuado para la contemplación (y el disfrute) de esa larga galería de figuras literarias, que terminan por configurar su instrumento expresivo. Atrás, como hemos visto, subsiste la actualidad dolorosa, hiriente, conmovedora, de la poesía precolombina, sobre la cual vuelve una y otra vez. Pero entretanto allí están los homenajes a Rosario Castellanos, a Luis Cernuda, "tal caricia que siente el enterrado/cuando el suelo mortal lo desfigura", las citas de Ernesto Cardenal, de Ramón López Velarde, el poema sobre Rubén Darío: "Pasaron, pues, cien años/ ya podemos/ perdonar a Dario". La cita de Amado Nervo o de Samuel Beckett, a quien tradujo. Todo lo cual desembocaría en suCancionero Apócrifo, de 1966, donde a partir de Antonio Machado y Fernando Pessoa, crea poetas y poemas que dibujan con humor, con sarcasmo, con fastidio, el espacio de la comedia literaria. Un espacio que Pacheco habita con asiduidad y con gracia.

La lucha generacional, la defenestración de las momias sagradas, el virulento odio del joven de provincia contra esas aparentes glorias capitalinas, la risita o el sarcasmo de los bardos impacientes contra los bueyes fatigados que les obstruyen el paso. Pero estas amargas cartas a un joven poeta, mostrándole las miserias de la vida literaria, producen otros efectos. Unos cruces atemporales vertiginosos, donde todos los textos que la memoria alberga se hacen presentes en la lectura. De la poesía china a Francisco de Terrazas.

Los homenajes y profanaciones a Ronsard admiten la intervención de un Juan José Tablada, recordado de golpe. Y lo que denominamos "La experiencia vivida", con sus "asociaciones metafóricas", son en realidad "instrumentos de la inspiración/o de falaces citas literarias?". La obra poética de Pacheco se vuelva así una meditación sobre la poesía misma. Sobre sus aparentes poderes y sus muy reales precariedades, allí donde no hay competencia porque siempre se vuelve a la lucha "por recobrar lo perdido y encontrado y vuelto a perderse", como tradujo su heterónimo Julián Hernández.

JUAN GUSTAVO COBO