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Más que frases desafortunadas

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25 de febrero 2014 , 07:12 p.m.

Aunque no es noticia lo que los medios han informado en estos días, ha dejado atónito al país, por la sencilla razón de que, afortunadamente, todavía tenemos la capacidad de indignarnos. No se trata de simples frases desafortunadas, como diría el general. No creo que un colombiano advertido no haya pensado desde hace muchos años que las contrataciones del país no son santas; que algunos miembros del Ejército y la Policía tienen un nivel de vida más alto de lo razonable, dados los escasos ingresos que reclaman; que las interceptaciones telefónicas y de correo son agua corriente; que los últimos presidentes no están exentos de esas ‘chuzadas’; que la mayoría de esas ‘chuzadas’ son hechas por la Policía y el Ejército; que agencias extranjeras colaboran en esas ‘chuzadas’; que hay un comercio vergonzoso entre los que interceptan y los que usan esas interceptaciones; y que la corrupción es tan extendida que incluye a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, al sector de grandes empresarios nacionales y extranjeros, al pequeño empresario, al mafioso, al hombre de a pie y al que compra a los agentes del orden para que no los multen. Evidentemente, todo colombiano sabe que el narcotráfico, el contrabando de armas y la economía encubierta son los combustibles de esta corrupción generalizada. Sí, nadie tiene derecho a sorprenderse, pero todos tenemos el derecho de indignarnos.

No todos los individuos que hacen parte de esas instituciones y categorías son corruptos o violan la ley. Pero los corruptos que existen en todas las categorías y capas de la sociedad constituyen los vasos comunicantes suficientes para amenazar a los correctos y convertir nuestra democracia en una caricatura.

La acumulación de las noticias de estos días hace pensar en algo más que el simple listado quejoso y de siempre. En época de elecciones aflora la guerra sucia. Pero, en este momento, no se trata solamente de quién gana las elecciones. La denuncia de la corrupción en algunos miembros del Ejército que llegaban hasta su cúpula ha provocado, por primera vez, tan airadas declaraciones públicas de generales, en reserva o no, en retiro o no, así como las del insólito Ministro de Defensa.

Ojalá esto no sea ruido de sables. El tratar de mimetizar, ocultar o disculpar los escándalos del Ejército, acudiendo al valor de su “institucionalidad”, es una victoria pírrica. El público es más sensible a lo que se oculta que a lo que se dice. Si los implicados asocian los escándalos recientes al proceso de paz es porque la paz peligra. Si el Presidente dice inicialmente que hay fuerzas oscuras cuando se descubre el centro de ‘chuzado’ y al día siguiente dice que todo es legal es porque el Presidente peligra. Igualmente, si ante los escándalos, en vez de perseguirlos eficientemente se nombran comisiones, es porque el país peligra.

Y, diría yo, como consecuencia de esos peligros que finalmente son formas y manifestaciones de que el Presidente está rodeado y posiblemente amarrado. Por eso escoge a Germán Vargas Lleras (otro sobrino nieto al poder) como compañero para la vicepresidencia. Cierto o falso, el señor Vargas tiene fama de ser persona dura, autoritaria, amiga del militarismo e inclinada a la derecha. El presiente Santos muestra, aún sin quererlo, que lo han sujetado. No parece que la compañía electoral escogida apacigüe a la extrema derecha. Es posible que no, pues se trata de tomar el poder, por aquello del statu quo.

Aquí está en juego la paz, pues ella disminuirá en algo la corrupción, el tráfico de armas y el narcotráfico. Con paz se dañaría el negocio. Y nosotros seguiríamos de indignados quejetas inactivos.

Carlos Castillo Cardona

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