Archivo

Fanatismo sagrado

Ambivalente como tantos fenómenos sociales, el de las sectas no deja de causar inquietud.

notitle
25 de febrero 2014 , 06:17 p.m.

Es indudable que la existencia de las sectas responde a profundas necesidades psicológicas y espirituales de muchos seres humanos: la de trascendencia, sentido, valor y seguridad en un mundo agobiante y absurdo; la de pertenencia e identidad; la de ser reconocido y aceptado, la de apoyo y solidaridad, la de tener guía y orientación, en fin, son muchos los factores que entran en juego para que este fenómeno sea cada vez más notable.

Pero también hay que ver su lado negativo, que a veces llega a ser francamente destructivo: el sometimiento y ciega obediencia a los líderes de la secta, las técnicas de manipulación y control, verdaderos ‘lavados de cerebro’ que van anulando toda libertad y autodeterminación; el exclusivismo, que hace creer a sus miembros que son superiores y especiales; la descarada explotación económica; la coacción psicológica basada en terribles amenazas, los abusos sexuales, en fin, toda una aberrante gama de conductas que en algunas de estas sectas ha llegado a graves extremos; “no hay límite a la credulidad ni tampoco a la degradación”, escribió el investigador español Pepe Rodríguez.

Casos como el de la secta La Verdad Suprema, cuyos seguidores debían beber el semen de su líder, Shoko Asahara, y que llegaron al crimen de esparcir gas sarín en el Metro de Tokio en 1995 para anticipar el tan esperado Apocalipsis, o como el suicidio colectivo de los seguidores de Jim Jones en Guyana en 1978, son ejemplos de lo dicho.

La megalomanía de muchos dirigentes es evidente: se creen enviados de Dios y se atreven a hablar en su nombre. “Yo soy vuestro cerebro. Dentro de un tiempo mis palabras se van a convertir en ley y los presidentes y reyes de la Tierra se van a postrar a mis pies”, dijo sin rodeos Sun Myung Moon, el líder de la multimillonaria secta coreana Unificación del Cristianismo Mundial, quien se creía igual a Jesucristo.

Las creencias de muchas de tales sectas son absurdas y extravagantes. A sus ingenuos seguidores se les hace creer en contactos con seres sobrehumanos y se les enseña peligrosas prácticas para alcanzar “estados superiores de conciencia” que muchas veces conducen a graves trastornos psicológicos y aun a la locura. Muchos se han suicidado para pasar a una vida superior, como ocurrió con los seguidores de la secta platillista Heaven’s Gate en 1997.

En el campo de la cultura es también claro que muchas sectas representan un tremendo retroceso. Con grandes esfuerzos, y después de una larga y turbulenta evolución, se había llegado al predominio de la razón y de la ciencia al desechar toda clase de burdas supersticiones y creencias irracionales.

Como escribió el barón de Holbach en el siglo XVIII, si aceptamos las fábulas absurdas en que ha creído la humanidad “la experiencia no es buena para nada; la imaginación, el entusiasmo, el fanatismo y los movimientos de temor que nuestros prejuicios religiosos hacen nacer en nosotros, son inspiraciones celestes, advertencias divinas, sentimientos sobrenaturales que debemos preferir a la razón, al juicio, al buen sentido…”

Pero hay algo más grave aún: todo esto conduce al más crudo fanatismo, fuente de innumerables odios, persecuciones y guerras bendecidos por Dios. Hay que decirlo: nunca se ha levantado un patíbulo en nombre del escepticismo; son los creyentes los que han incendiado al mundo.

Bien haríamos, por tanto, siguiendo el consejo que dio Buda en memorables palabras del Kalama Sutta: “No creáis en la fe de las tradiciones por más que se las honre desde hace muchas generaciones y en muchos lugares; no creáis en una cosa porque muchos hablan de ella; no creáis en la fe de los sabios de tiempos pretéritos; no creáis en lo que habéis imaginado pensando que un Dios os lo ha inspirado.

No creáis en nada fiándoos en la sola autoridad de vuestros maestros o sacerdotes. Luego de examinarlo, creed en lo que vos mismo habéis experimentado y reconocido por razonable, lo que se ajusta a vuestro bien y al de los otros”.

GONZALO ECHEVERRI URUBURU