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Las cárceles de ayer

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24 de febrero 2014 , 07:24 p.m.

Como siempre, las noticias pasan y todos olvidamos. Hace muy poco el tema candente en los medios era el hacinamiento de las cárceles de Colombia. Y los ‘opinadores’ y las noticias tenían el tema en boca de muchos. Al sol de hoy, aquel problema pareciera solucionado porque dejó de ser noticia, desapareció de los medios. Y como desapareció de los medios, también desapareció el interés de la opinión pública por ese tema en particular. Pero no se solucionó, simplemente lo olvidamos, como olvidamos la mayoría de las noticias que nos agobian para dar paso al tema del día.

Todo el sistema punitivo mundial es una vergüenza, hace agua; el de Colombia está inundado desde hace tiempo. No parece que las cárceles del mundo tengan la intención de resocializar a nadie, aunque esa sea la intención, al menos en el papel.

La mayoría de reclusos del país están hacinados, viven en condiciones inhumanas y están sometidos a las mafias internas. La mayoría en este caso vienen a ser los reclusos pobres, los que no tuvieron para pagar una mejor celda, un mejor patio, unas mejores condiciones. Porque la población carcelaria en Colombia también está estratificada. El mensaje escondido tras esa estratificación es el mismo que se dice popularmente en los cotilleos: la justicia es para los de ruana. Dudo mucho de que un capo de la mafia, de la política, de instituciones financieras, de la guerrilla o de los paramilitares esté en condiciones de hacinamiento.

Con esto no quiero decir que todos deberían estar hacinados. Como suele suceder en Colombia, siempre estamos nivelando por lo bajo. Quiero decir que todos deberían de tener dignas condiciones de salubridad, espacio, alimentación y educación. Pero mientras el sistema carcelario sean esas pequeñas cajas insertadas en las ciudades, no creo que pueda cambiar. Es suficiente castigo para un ser humano apartarlo del engranaje social, apartarlo de sus seres queridos, quitarle el bien más preciado que tiene: la libertad. Eso es suficiente. Pero el sistema se ensaña y, además de privarlos de la libertad, pretende tratarlos como animales, despojarlos de su dignidad, reducirlos a nada, a cosas inservibles. Y esto, creo, no tiene nada que ver con la resocialización de nadie. Cualquiera que haya pasado por una prisión de esta estirpe, cuando recupere la libertar tendrá sembrada, en su corazón y su alma, una enorme sed de venganza contra la sociedad que hizo posible ese maltrato.

Hace muchos años, en Colombia se trató de implementar un sistema punitivo diferente y humano, que se fue al traste porque funcionaba. Se trataba de las colonias penales agropecuarias. Era un hermoso sistema. ¿Por qué no volver a la idea de las colonias penales agropecuarias? En donde todos los días los reclusos tengan que salir a su jornal de tierra: de arado, de siembra; de cuidar una semilla y protegerla hasta que de frutos. Y que en esas colonias convivan todos de la misma manera, dignamente, el recluso rico y el recluso pobre. El Sena y las universidades podrían capacitarlos en tecnologías apropiadas, en producción de energías renovables, en control orgánico de plagas, por ejemplo. Y que todo el alimento que produzcan se destine a la seguridad alimentaria de la sociedad a la que hicieron daño. Podrían, incluso, ser colonias autosostenibles. Los penales agropecuarios, sin estrato, son una buena solución. Y digna.

No lamento haber traído esta noticia de ayer a interrumpir lo inmediato. Creo que por dar de comer a la bestia inmediatista hemos olvidado pensar. Pensar y darles vueltas a los problemas suele producir nuevas ideas. Y las ideas son el fundamento de todo.

cristianovalencia@gmail.com

Cristian Valencia

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