Archivo

Ver para creer

notitle
24 de febrero 2014 , 06:54 p.m.

A falta de obras concluidas, el alcalde Petro ha considerado oportuno inaugurar sueños. El último, tal vez el más exótico, lo selló con la siembra del primer árbol “del bosque urbano más grande del mundo” y aseguró que los terrenos fueron entregados al Jardín Botánico de Bogotá. Según informó el mandatario, se trata de un terreno de 1.500 hectáreas, que van desde La Conejera, en el occidente de la ciudad, hasta Cota. Lo que no dijo es cómo hizo para entregar terrenos que no le pertenecen al Distrito, pues toda esa zona es de propiedad privada y está ocupada por cerca de 20 colegios, universidades, clubes deportivos, industrias y un conjunto de grandes lotes convertidos en enormes depósitos de escombros, que alimentan decenas de volquetas, sin que haya actuación visible de las autoridades.

La vía que conecta a Suba con Cota es desastrosa y en ella corren gravísimos riesgos de accidentalidad los buses que transportan cada día a cerca de 15.000 niños escolares. No dice el Alcalde si todos esos predios serán adquiridos y restaurados por el Gobierno, ni cuánto costaría, ni en cuánto tiempo se cumpliría el sueño. Tampoco dice para dónde se movería toda la infraestructura educativa y recreacional que hay allí. Yo comparto la utopía, pero todavía pienso que los niños de hoy son más importantes que los hipotéticos árboles que un día podrían crecer en aulas y campos deportivos.

Con algo de sentido de realidad podría haber declarado esta zona como la concentración educativa más grande de la ciudad, dotándola de servicios, mejorando el acceso, ofreciendo seguridad permanente, buscando mecanismos de integración académica de colegios públicos y privados, ofreciendo recursos para llevara a cabo proyectos pedagógicos ambientales. Pero no fue así. Ahora tenemos el bosque urbano más grande del mundo y comenzarán a llegar turistas internacionales para gozar de la naturaleza y la biodiversidad.

Poco antes inauguró el inicio de obra de otro viejo sueño cívico: la sede de la Universidad Distrital en Bosa. Pero la obra no pudo comenzar porque los enredos en la contratación no lo han permitido. El Secretario de Educación, de manera digna y coherente, había renunciado a la delegación del Alcalde para presidir el Consejo Superior, porque veía vicios graves en el proceso de licitación. Se supone, no lo sé, que esa renuncia fue ante su delegatario (es decir, el Alcalde), pero este no se enteró o hizo caso omiso de una decisión tan seria.

Durante el acto no tuvo inconveniente en asegurar, sin un matiz de duda, que en el 2015 habrá desaparecido de la ciudad la brecha de calidad entre la educación pública y la privada, y con ello habrá terminado la segregación educativa en la ciudad. Este sueño me llevó a participar como subsecretario al inicio de la Administración, pero jamás pensé que la utopía se hiciera realidad tan pronto. A lo mejor los datos que trabajo hace décadas están equivocados. Al fin y al cabo, estoy lejos de pensar que puedo tener mejores razones que el Alcalde.

El último sueño ciudadano recientemente inaugurado fue una máquina tapahuecos que nos salvaría de las trochas urbanas, esas sí las más grandes del mundo. Pero de diciembre a hoy no ha tapado ni un hueco porque también se brincaron los procedimientos de contratación, según informes de la Veeduría.

Problemas de semántica, seguramente. Una cosa es hacer promesas en campaña y otra, inaugurar sueños colectivos como si fueran realidades. El presidente Santos, por ejemplo, dijo que en el 2025 podríamos ser el país más educado de América Latina, siempre y cuando toda la nación se una en torno a esta causa que, inexplicablemente, según él, no se ha propuesto hasta ahora. También es un sueño, solo que todavía no ha sido soñado. Ni siquiera llegó a promesa. Es, digamos, un presueño, pero, por fortuna, no se atrevió a darlo al servicio.

fcajiao11@gmail,com

Francisco Cajiao

Más columnas del autor

Los buenos maestros

De proporciones e inhabilidades