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La ilusión del voto en blanco

23 de febrero 2014 , 08:26 p.m.

Las buenas intenciones no conducen indefectiblemente a buenos resultados. Con frecuencia, los buenos propósitos desinformados pueden resultar no solo inocuos sino contraproducentes con respecto al efecto que persiguen. Es exactamente lo que está ocurriendo en Colombia con los defensores del voto en blanco para las próximas elecciones presidenciales.

Se ha especulado sobre el interés económico desviado que podrían tener sus promotores, ya inscritos ante la Registraduría, en los recursos por reposición de votos a que tendrían derecho en caso de superar el umbral del 4 % de los sufragios válidos el próximo 25 de mayo. Sin embargo, la rigurosa reglamentación que hizo el Consejo Nacional Electoral no dejó espacio para ningún tipo de fraude. Por el contrario, en caso de no obtener el número de votos exigido, la promoción del voto blanco implica el riesgo de pérdida económica de cualquier campaña política, con el agravante de que quienes lo apoyen podrán hacerlo por fuera del comité promotor, que cuenta en el tarjetón con una casilla adicional a la casilla general del voto en blanco, cuyos sufragios marcados no se cuentan para efectos de la reposición. Luego no es la buena fe de los defensores del voto blanco la que está en discusión, sino la racionalidad de su acción con miras a obtener un impacto político efectivo.

Si el objetivo del voto blanco es simplemente simbólico y consiste en manifestar la insatisfacción frente al abanico de candidatos, permitiéndole al ciudadano ejercer su "derecho a no elegir mal", sin duda lo cumple. Sin embargo, este pataleo electoral es empíricamente estéril porque no transforma en nada el sistema político. Como diría el tan popular por estos días Frank Underwood:"No estoy interesado en los gestos simbólicos".

Ahora bien, si el objetivo del voto blanco es, como declara la mayoría de quienes lo promueven, realizar una "revolución pacífica" a favor de la renovación política y forzar la realización de nuevas elecciones con candidatos distintos, es claro que el mecanismo está llamado al fracaso en las próximas presidenciales. Y lo está porque la Corte Constitucional le quitó los dientes en la sentencia C-490 de 2011 al exigirle obtener la mayoría absoluta para hacer repetir las elecciones, en contravía del tenor literal del texto constitucional.

La consecuencia práctica de este desafortunado fallo fue dejar al voto blanco reducido a la condición de mera herramienta de protesta simbólica, salvo en casos extremos. Apenas con la posibilidad de tener consecuencias palpables en escenarios atípicos donde por ejemplo se presenta sólo un candidato a elecciones uninominales. Así ocurrió en el municipio antioqueño de Bello en 2011, cuando el voto blanco alcanzó el 56,7 %, frustrando la desvergonzada candidatura única a la alcaldía del conservador Germán Londoño. Sin embargo, la campaña por el voto blanco fue impulsada en la sombra por la liberal Luz Imelda Ochoa, cuya candidatura fue inicialmente rechazada por falta de firmas y en los segundos comicios sí pudo presentarse pero perdió debido a la hostilidad de buena parte de la propia maquinaria liberal, así como de la Iglesia católica, que terminó siendo decisiva para su derrota. En definitiva, antes que una iniciativa auténticamente ciudadana el voto en blanco en este caso fue instrumentalizado por un político profesional para bloquear la candidatura de su adversario. Además, su efecto final fue que ganara en las nuevas elecciones otro politiquero no menos indeseable que actualmente enfrenta un proceso de revocatoria del mandato. La anhelada "renovación política" se desvaneció rápidamente.

Pero este dista de ser el caso en las elecciones presidenciales de mayo. Aunque en encuestas recientes la intención de voto en blanco llegó a registrar el 28 %, su peso tenderá a reducirse a medida que avancen las campañas y se definan los aspirantes. En este escenario, los votantes en blanco que queden al final favorecerán a los dos candidatos que vayan punteando para que disputen el balotaje, anulando de este modo la posibilidad de articular un voto menos perfeccionista pero útil en primera vuelta.

La política no es el campo de la perfección, que es el dominio propio del arte. Por esta razón no es posible, en ninguna elección, encontrar un candidato enteramente satisfactorio. ¿Para qué invertir tanta energía en movilizar un voto de protesta, pero carente de efectos, en lugar de intentar discernir cuál es el candidato menos imperfecto para el futuro inmediato de Colombia?

Esta columna es, desde luego, un llamado al buen pragmatismo. No al perverso, como el de Underwood, cuyas palabras tomadas aisladamente no dejan sin embargo de ser a veces particularmente lúcidas: "Evita las guerras que no puedas ganar y nunca levantes tu bandera por una causa estúpida". En política no basta con querer mejorar las cosas, es necesario primero encontrar la manera idónea de hacerlo para no dilapidar esfuerzos.

José Fernando Flórez Ruiz
@florezjose en Twitter