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Historia de la I Guerra Mundial: un fogonazo en Sarajevo

Segunda entrega de la serie de reportajes históricos del centenario del primer conflicto global.

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22 de febrero 2014 , 10:36 p.m.

En 1964, cuando los computadores eran tan grandes que ocupaban una habitación entera y había que meterles varias tarjetas perforadas para copiar o procesar la información –las USB de la época, la música de la pianola–, el profesor Robert C. North, de la Universidad de Stanford, decidió usarlos para responderse una pregunta fundamental: quién había empezado la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, la “guerra para acabar todas las guerras”.

North llevaba varios años haciendo experimentos de laboratorio con las ciencias sociales, convencido de que solo los computadores, esas máquinas llegadas del futuro con bombillos y botones y ruidos de luciérnaga, podían digerir bien los volúmenes infinitos de información con que trabajaba un sociólogo, por ejemplo, o un historiador. El suyo no era un dilema excluyente sino una síntesis, porque cuantos más datos pudiera incorporar a su análisis el “científico social”, mejor. (Lea la primera entrega: La guerra que configuró el mundo en que vivimos)

No era un combate entre el hombre y la máquina sino un matrimonio por conveniencia. Y como la obsesión de North eran los conflictos internacionales, su grupo de estudios en Stanford se propuso encontrar un método que pudiera determinar, con los números sobre la mesa, computador en mano, las variables que influían en el estallido o el desarrollo, o la suerte, o la atenuación o la intensidad de una guerra cualquiera.

Fue así como estos apóstoles de la fe en los números escogieron a la Gran Guerra como su primer objeto de estudio y de trabajo, para que dos “computadoras” programadas para el caso, una IBM 7090 y una Burroughs 220, procesaran en su lógica algorítmica los datos que les metían, no solo sobre la guerra misma, sino también sobre su víspera, sobre las nubes negras que la antecedieron y persiguieron durante treinta años, como un temporal, sin que casi nadie se diera cuenta.

¿Y qué dijeron las máquinas? El profesor North lo contó luego en varios artículos académicos y un libro, que sin embargo fueron una decepción para los espíritus noveleros que esperaban escandalosas revelaciones. Porque las máquinas no dijeron nada, o casi nada. O bueno: dijeron lo que ya se sabía, como siempre. Lo confirmaron en un lenguaje esotérico que interpolaba y retorcía las complejas relaciones de poder entre las grandes potencias del mundo antes de 1914 y hasta 1918. Como en un juego: un juego con millones de muertos a cuestas.

Porque, más allá de sus resultados, lo interesante del experimento del profesor North y su gente estaba en esa intuición de que la Primera Guerra Mundial fue también una catástrofe demográfica, una revolución estadística que solo así, con muchos números, millones de números, podía entenderse en su verdadera dimensión: la de un conflicto global que arrasó con el siglo XIX y el pasado, y en el que las grandes conquistas de la humanidad, o las que parecían serlo, como el arte y la ciencia, iban a ponerse al servicio de la muerte.

Tras largos siglos, milenios, de un crecimiento regular y predecible del número de habitantes en la Tierra, las décadas finales del siglo XIX significaron un verdadero desquiciamiento de esa línea monótona que trazaba el desempeño demográfico de la humanidad en toda su historia. Como si en el dibujo del contorno de un valle se levantara de repente la falda de una cordillera. Entre 1880 y 1914, la población de Europa pasó de 300 millones de personas a 450 millones: el 50 por ciento en menos de cuarenta años.

¿Pero quién empezó la guerra? Los expertos y los computadores dicen que allí no se puede pensar en un solo culpable. Que todos lo fueron: Inglaterra y Francia, con su alianza cordial; Alemania, con sus delirios coloniales; el Imperio Austrohúngaro, con su torpeza geopolítica, sobre todo en los Balcanes; Serbia y su irredentismo paneslávico, apoyado por Rusia, que jugaba a varias bandas. Y el Imperio Otomano disolviéndose por fin, para su propia desgracia y la dicha de los que fueron a repartirse sus despojos.

Sin embargo, aunque no lo dijeran las máquinas del profesor North, y aunque en términos históricos no sea muy riguroso interpretarlo así, sí podemos decir también quién empezó la Primera Guerra Mundial. Quién y cuándo. Podemos rastrear sus pasos por Sarajevo esa mañana del 28 de junio de 1914, convencido de que muy pronto iba a ser un héroe y un mártir de la libertad de su patria. Él y sus otros seis compañeros, todos temblando ante la procesión, con bombas en la gabardina y un revólver en el bolsillo. Y el veneno, y el sudor, y el miedo.

Desde principios del siglo XIX –claro: podría decirse que desde siempre, o desde el siglo XIV, pero por algo hay que empezar o no acaba uno nunca– fue profundizándose en los Balcanes el sentimiento nacional e independentista de los distintos pueblos que allí habían vivido bajo la dominación turca. Unos practicaban la ortodoxia eslava, otros la griega; unos eran musulmanes, otros católicos. La lengua y la cultura, allí, no siempre coincidieron con las fronteras que habían trazado los imperios según sus intereses y caprichos.

Pero la Primera Guerra Mundial también fue eso: el quiebre de la lógica territorial de los viejos imperios, frente al deseo de las naciones que querían su propio Estado. Y la Europa del este era el ejemplo perfecto de ello. En 1878, el Imperio Austrohúngaro se anexionó Bosnia y Herzegovina, suscitando la furia impotente de Serbia, que se sentía el “Piamonte” –como en Italia– del paneslavismo del sur, y que reclamaba el derecho de ser la cabeza de un solo país en el que estuvieran todos los serbios, todos.

Miles de jóvenes, tanto en Serbia como en Bosnia, crecían con la convicción de que el culto a la patria era el único consuelo frente a una vida de miserias y privaciones, en la que además siempre había un imperio al que culpar: el turco primero, el austríaco después. Por eso la rebeldía y la violencia eran allí una forma legítima, a veces la única, de la política: porque en ellas residía la última esperanza de la libertad del pueblo. O eso decían los agitadores, muchos de ellos enquistados en lo más alto del poder y del gobierno.

Y el Imperio Austrohúngaro era un enorme navío que hacía agua por todas partes, con 30 millones de almas a bordo en una suerte de Torre de Babel ingobernable: checos, húngaros, italianos, rumanos, serbios y croatas... Y era en los Balcanes donde se iba a consumar su naufragio, a manos de los rebeldes de Bosnia apoyados por el gobierno de Belgrado, apoyado a su vez por Rusia y por Francia. ‘La Mano Negra’ se llamaba la organización que llevaba las armas hasta Sarajevo.

El viaje a Bosnia en junio de 1914 del Archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero de la corona austrohúngara porque su primo Rodolfo, el hijo del emperador Francisco José, se había suicidado, era una imprudencia; otro suicidio. Y él mismo lo sabía y se lo dijo a su tío el emperador. Pero en eso consiste ser el heredero de un trono milenario, en que el deber es la única voluntad. Además iba a ir acompañado por su adorada esposa, Sofía, a la que en Viena nadie le había conferido nunca ningún honor de verdad. El honor que sí tendría en Sarajevo.

Y es curioso, porque Francisco Fernando era el único miembro del imperio, en mucho tiempo, que tenía una postura amable hacia los serbios. Quizás por eso lo escogieron como blanco: porque los moderados son el peor estorbo de los radicales, siempre. El 25 de junio llegaron a Bosnia los archiduques, cada uno por una ruta distinta. Se hospedaron en Ilidza, donde el 27 dieron un banquete con un postre profético: “bomba a la reina”. El 28 de junio los despertó la bruma. Era verano.

De los siete rebeldes agazapados ese día entre la gente, solo uno, Nedeljko Cabrinovic, fue capaz de atacar al cortejo imperial. Lanzó su bomba, ingirió el veneno y se botó al río. En las tres cosas falló y lo arrestaron, aunque una astilla fue a dar a la cara de Sofía y otra hirió al coronel Merizzi, edecán del Archiduque. Pero la procesión siguió hasta el ayuntamiento. Gavrilo Princip, el asesino, maldijo la mala suerte de su compañero y fue por un sándwich a un café de la calle Francisco José, qué paradoja.

Allí estaba parado cuando vio al frente de él, tal cual, el carro del Archiduque que por una fatalidad se había equivocado de camino, o no se había desviado según la decisión tras la bomba fallida, y trataba en vano de devolverse. El asesino no lo podía creer; no tuvo tiempo ni siquiera para ello. Salió y disparó: una bala en el abdomen de Sofía y otra en el cuello de Francisco Fernando. Como dijo Henri Castex: las dos primeras balas de la Primera Guerra Mundial.

“Felices los que aun antes de morir tienen la sangre fría...”. No es una frase del computador del profesor North: es del poeta Wilfred Owen que murió en la guerra, la Gran Guerra. La guerra para acabar con la guerra.

¿Cuándo empezó? Quizás en el siglo XIX, o en el XIV. Pero también ese 28 de junio en Sarajevo. Dos balas que eran el presagio y el recuerdo de todas las demás.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN*
Para EL TIEMPO
*Escritor, historiador y columnista de EL TIEMPO