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Ni para un caldo

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22 de febrero 2014 , 07:55 p.m.

Diez razones para votar en blanco.

1. Santos tenía el 80 por ciento de las Cámaras. Aun así, hizo lo que todos: comprar voluntades. Porque los partidos no quieren ideas ni cambios, sino atiborrarse de mermelada. Los que no comen en la Casa de Nariño se la tragan en el Parlamento Andino, como hace el Polo. Prefiere unos cuantos puestos antes que cerrar un organismo que no les sirve sino a ellos.

2. Los dos partidos tradicionales se enorgullecen de su pasado, tapizado de corruptos. Por eso encabezan sus listas Gerlein, viva encarnación de la politiquería más rastrera, y Serpa, protagonista del matrimonio con la mafia para ganar votos y de la estrategia de vender el país a ladrones a cambio de salvar el puesto de su jefe.

3. Uribe demostró que la corrupción es útil cuando sirve los intereses propios. Pudo combatirla y prefirió aliarse con ella. Devolvió la esperanza a un país postrado en sus primeros tres años de gobierno; el resto lo dedicó a maniobrar para reelegirse.

4. ‘La U’ es un tarro de mermelada. Más nada.

5. Los verdes se convirtieron en empresa electoral. Son francotiradores con dianas distintas.

6. Cambio Radical solo existe para que Germán Vargas tenga marca con qué aspirar a presidenciales del 2018.

7. Hay corruptos para dar y regalar en estas elecciones. Y hay honestos que miran para otro lado y soportan figurar en las mismas listas. Callan por cobardía o porque saben que a la hora del té los necesitan.

8. La clase política se convirtió en casta. A Simón Gaviria lo eligió la fuerza de su papi. El hijo de Samper pasó de estudiante a viceministro. El nieto de Turbay, un imberbe sardino de 27 años, ya es presidente de Concejo. Cuando se aburran o tengan que hacer tiempo, irán a una embajada; luego, a un organismo internacional a darse lustre mientras piensan qué más hacen.

8. Dicen que el voto en blanco es cobarde y perezoso. En Cesar, cuando ‘Jorge 40’ impuso candidato único –su esbirro Hernando Molina Araújo–, buena parte de la población votó en blanco (lo bautizaron ‘míster White’) en señal de protesta. Casi derrotan al bandido. Fue un voto maduro, de indignados, no el de tejas y cemento. Edgardo Maya, procurador entonces, alegaba que su hijastro era el único aspirante porque el pueblo quería rendir un homenaje a La Cacica, mamá de Hernando, asesinada por la guerrilla. Los votos en blanco mostraron que mentía, que ese pueblo tan despreciado por la Bogotá de dedo parado tenía dignidad, ética y valentía.

9. Hace cuatro años repetían lo mismo que oímos ahora, que serían las Cámaras de la renovación. Claro que mejoraron, porque nada peor que la banda de ‘parapolíticos’. Pero los supuestos renovadores han sido los que no votan si no los alimentan antes, los que recibieron cupos de Casa Nariño para el miti-miti de las obras y los puestos, los de la tramposa reforma de la Justicia. Se justifican alegando que otros hicieran lo mismo. Es decir, para qué cambiar si la vaina les funciona divino.

10. El voto en blanco no pertenece a nadie, no necesita comités promotores ni grupos de intereses. Es el voto de los indignados de Nueva York, Madrid o El Cairo, pero en urnas en lugar de plazas. Es el voto que más temen los políticos porque les grita a la cara, de frente: así, como van, no nos sirven, laven sus partidos y nos los muestran a ver si quedaron limpios antes de volver a votarlos.

Haremos la misma fila que todos, no nos quedaremos en casa. Pero no seremos de nuevo cómplices de sus promesas falsas.

Salud Hernández-Mora