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Daniel Torres, el nuevo símbolo de la garra y la furia santafereña

El volante de marca es de esos jugadores que se identifican plenamente con el club 'Cardenal'.

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21 de febrero 2014 , 08:03 p.m.

Cuando Daniel Torres levantó la cara, siempre firme, tensa y recia, se encontró con un panorama inefable. Acababa de burlar, de manera improbable, porque la gambeta no es su virtud, a dos rivales de Nacional, de Paraguay. Se encontró solo frente al arco. Nadie esperaba un gol suyo. Nunca había hecho uno. Pero no perdió esa oportunidad. Celebró con eufórica incredulidad, porque después de tanto batallar, correr, pegar y bravear, por fin vivió la experiencia única del gol.

Eso fue hace 11 días, cuando Torres anotó su primer gol profesional, y en la Copa Libertadores, en el 3-1 de Santa Fe. Era su sueño anhelado, aunque tiene otros pendientes: volver a ser campeón (ya lo fue en el 2012 con el equipo cardenal), brillar en la Copa Libertadores, llegar a la Selección Colombia, y claro, ganarle este sábado a Millonarios. Tiene mucha carrera por delante, solo tiene 24 años.

Torres es de esos jugadores que se identifican plenamente con Santa Fe. Con garra, con coraje, con ahínco. Ese sacrificio lo gestó fuera de la cancha. Recuerda que en el 2006, cuando incursionaba en el fútbol, llegar a entrenar era todo un drama. Debía trasladarse desde su casa, en el municipio de Cáqueza (Cundinamarca), todos los días, con cansancio, con hambre... “Si tenía para el bus, no tenía para comer”, comenta Torres. No pudo hacer una carrera universitaria, añoraba la criminalística o la medicina, y ahora lo seduce la Administración de Empresas; terminó el bachillerato y se radicó en Bogotá, detrás de su sueño de jugar al fútbol.

Esas adversidades quizá fueron puliendo su juego indomable que lo ha convertido en símbolo de Santa Fe. También tuvo que ver su espiritualidad, que, según dice, le permitió superar los errores que cometió por la fama que da el fútbol: “Caí en el licor, en la rumba. Eso hizo que no fuera tan estable en mi rendimiento deportivo”, reconoce, sin vergüenza, convencido de que ahora es otro. “Decidí servirle a Dios y cambié”, asegura.

Por eso, cuando sale a la cancha, se le ve extender los brazos, mirar al cielo, cerrar los ojos y orar. Dice que tiene una función espiritual en el equipo, y que es una persona entregada a Dios, a su profesión y a su familia, a Natalia, su esposa, y a Manuel, su hijo de cinco años.

En la actualidad, el ‘Cabezón’, como le dicen sus compañeros  (no está seguro si el apodo se lo puso el futbolista Hernando el ‘Cocho’ Patiño en el 2008), pasa por un momento espléndido, en su función, la que mejor sabe, la de quitar la pelota; y el clásico es otra oportunidad para ratificar su nivel y el del equipo, que marcha líder y en una campaña excepcional: “Hay ansiedad y gran expectativa. Va a ser importante un nuevo triunfo. Que así sea”, dice, con total convencimiento, como pronosticando un clásico a su favor, de esos inolvidables.

Como aquel del 2011, cuando su compañero, al que conoció desde las divisiones menores, que se convirtió en su amigo y ahora en su "hermano", el arquero Camilo Vargas, le anotó de cabeza a Millonarios y le dio el triunfo a su equipo 1-0. "Es el clásico que más recuerdo, y no lo jugué", dice Torres, quien fuera de la cancha celebró ese acto heroico, así como el arquero corrió de arco a arco para abrazar a Daniel cuando este anotó aquel gol de Copa, hace  11 días, el primero como profesional.

Este sábado, quizá nadie espera verlo de goleador, como en el partido de Copa Libertadores, pero desde que siga siendo el de siempre, con su garra y furia en el medio campo, Torres habrá cumplido.

PABLO ROMERO
Redactor EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET