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¿Queremos que el desastre continúe?

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21 de febrero 2014 , 07:16 p.m.

Esta es la pregunta que deberíamos hacernos antes de votar el 6 de abril. Porque el referendo que definirá la permanencia o no del alcalde Petro en su cargo no es para juzgar la actuación del Procurador por destituirlo y sacarlo de la vida política colombiana. No. Es un voto sobre su gestión como autoridad mayor en la ciudad capital, transcurridos dos años largos de su mandato.

La reflexión que se deben hacer los votantes es si quieren que los problemas que enfrentamos los habitantes de Bogotá continúen sin solución, y se agraven, o si prefieren un cambio para que un nuevo alcalde administre la ciudad y planee su futuro. Es un llamado a la sociedad civil para que hagamos sentir nuestra voz de rechazo o aprobación a lo que ocurre diariamente en Bogotá.

Petro ha sido un desastroso administrador público urbano. Bogotá atraviesa por una crisis más de las varias que ha sufrido en los últimos años. Esta se refleja claramente en el desmadre del transporte urbano –público y privado–, que harto impacto tiene sobre el bienestar de todos sus habitantes, sobre su productividad y sobre la eficiencia de la actividad económica de la ciudad.

Lo que hasta hace poco fue el orgullo de los bogotanos, el sistema TransMilenio, es ahora motivo de insatisfacción para el 60 por ciento de sus usuarios, de acuerdo con los resultados de la encuesta realizada por la Cámara de Comercio. Eso, con todo y que se trata del medio de transporte público más rápido de la ciudad. Los problemas son la mala calidad del servicio, la inseguridad, la incomodidad y lo que llaman la ‘victimización’.

El plan de gobierno del alcalde Petro planteó la construcción de nueva infraestructura, incluyendo la extensión de las líneas del TransMilenio por la avenida 68 y la Boyacá. Dos años después, las cifras señalan una pobrísima ejecución y la enorme dificultad para resolver los problemas de largo plazo de la movilidad en la ciudad.

Es increíble pero, de acuerdo con la Secretaría de Hacienda, la Unidad de Mantenimiento Vial de Bogotá solo giró durante el 2012 un 13,5 por ciento del presupuesto; en consecuencia, la mitad de la malla vial se encuentra en pésimo estado, como lo comprueban día a día quienes manejan un automotor. Ese porcentaje aumentó el año anterior al 30 por ciento, pero sigue siendo bajo; lo que implica un represamiento de la inversión y el deterioro continuo de la movilidad.

A la reducida ejecución hay que añadir el desorden en el planeamiento y la administración de los proyectos de infraestructura. El famoso tranvía por la carrera 7.ª quedó en nada porque no era viable ni técnica, ni financieramente. Y, aunque públicamente la Administración promueve la construcción del metro para Bogotá, no ha tenido el cuidado de negociar el aporte de la Nación por un 70 por ciento del valor del proyecto, por lo cual tampoco será posible su cierre financiero.

Por si lo anterior fuera poco, se ha improvisado con los subsidios de transporte, lo cual ha conducido a un incremento sustancial de los gastos de funcionamiento, que no se encontraban presupuestados en el Sistema Integrado de Transporte, el SITP, ni en TransMilenio. Y recursos financieros destinados a mejorar la calidad del servicio del sistema se han utilizado para comprar buses.

No debe sorprender, pues, lo que pasa con la movilidad en Bogotá. Es la consecuencia de la mala administración, la inexperiencia, el desorden y la improvisación. El referendo, por consiguiente, no es para evaluar la actuación del Procurador, sino la gestión del Alcalde, el cumplimiento de sus promesas y el estado de la ciudad.

¿Queremos los bogotanos que este estado de cosas continúe? Si a esta pregunta usted responde ‘no’, vote entonces por el ‘sí’.

Carlos Caballero Argáez

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