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Grafitis por decreto

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21 de febrero 2014 , 07:09 p.m.

El gran cineasta español Luis Buñuel decía que el erotismo va a la par con el sentimiento del pecado y que sin la religión el erotismo era menos interesante. Igual se podría decir del grafitismo. Ahora que lo vemos por todas partes y que las autoridades en Bogotá lo incentivan por decreto, ¿qué sentido tiene? La misma pregunta que se hizo un amigo cuando volvió de una playa nudista: pero si terminan jugando a cartas, ¿para qué se empelotan?

En Londres, donde están los mejores artistas de este género, el grafiti todavía es perseguido hasta con la cárcel. Hace un año, al célebre Banksy lo apresó la policía después de décadas de inclemente persecución. La tarea del británico era pintar en las calles prohibidas; la de las autoridades, cogerlo in fraganti. A propósito, se llama Paul William Horner; es de Bristol y no es tan jovencito; tiene 39 años. Una de sus mejores obras está en un callejón de Nueva York, se llama ‘Graffitti is a crime’. Aunque es una parodia, evidentemente Banksy entiende que la prohibición tiene su lógica y que esta, en buena parte, es la musa de su inspiración. Aquí estamos convencidos de otra cosa.

En Bogotá, a ese fenómeno de Justin Bieber lo escoltaron en la madrugada los policías para pintarrajear los puentes de la 26. ¿Acaso no era cantante? Al día siguiente, el comandante Palomino respondió a las críticas con mucha ternura y lo justificó: “El graffiti es una expresión de un sentimiento, de una motivación y hay que evolucionar”. Ni que fuera la mamá. El alcalde Petro, por supuesto, estuvo de acuerdo. La noticia tuvo eco en los medios internacionales.

El 30 de diciembre, Sibylla Brodzinsky, de The Guardian, escribió: “En una ciudad donde Justin Bieber puede grafitear las paredes off limits, con escolta policial, los artistas callejeros le dan la bienvenida a una nueva tolerancia para su arte. ¿Pero esta legitimidad no habrá arruinado la diversión?”. Claro que sí, y por culpa de esa legitimidad es que todos andan en pleno guayabo creativo. Lo pocos grafiteros que tenemos ya se volvieron empresa, pintan con copyright y tienen brigadas de asalariados que estampan repetitivamente los mismos stensils por toda la ciudad.

Toxicómano era un artista callejero muy prometedor, pero ahora nos tiene intoxicados con los mismos sujetos gracias a la sosa complacencia de las autoridades. Uno de sus preferidos es un personaje real muy conocido que deambula por la avenida Jiménez vestido de patriota, con el pecho lleno de medallas y que recita de memoria apartes de los libros de historia. Es genial, pero lo he visto estampado al menos diez veces por las calles de nuestra grafitada capital. ¿Murales en serie y por decreto? Tamayo y Siqueiros se revuelcan en la tumba.

Con los incentivos de la Alcaldía y la complacencia confundida de la policía a estos jóvenes ya nos les queda metro por pintar. Sin el estigma de la prohibición, se les agota la creatividad y terminan desahogándose con el tamaño. Gigantografías sin alma. Lo que era un gesto de protesta, una sana reacción a la desesperación suburbana, la mirada alternativa al callejón degradado, el desasosiego por la fábrica en desuso, la rebelión contra el gueto... se ha vuelto una oda normalizada, pura propaganda, guiños lobotomizados hacia el estilo populista que se toma la ciudad.

En fin, lo que eran mensajes contra la indiferencia del Sistema se volvieron mensajes sin diferencia del Sistema. Porque estas obras no se ven en Ciudad Bolívar, sino en la avenida al aeropuerto. Es la Alcaldía diciendo: bienvenidos, miren cómo somos de bacanos y de cool. Pintura sin gesto ni texto.

En esta Bogotá, un artista callejero de verdad como Banksy colgaría la brocha. Terminaría regresando a Bristol, porque, a costa de hacerse arrestar, al menos volvería a crear.

Camilo Ayerbe Posada

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