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Mahoux, el impulsor de la eutanasia infantil aprobada en Bélgica

"Lo escandaloso es que un niño muera sufriendo", dice el senador socialista.

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21 de febrero 2014 , 07:02 p.m.

Philippe Mahoux, senador socialista belga y ponente de la ley de eutanasia infantil que Bélgica aprobó la semana pasada, recibe en su despacho del Senado. A su espalda cuelga en la pared un fragmento de la obra Utopía, del británico Tomás Moro, escrita en 1516 y en la que el pensador inglés defendía la eutanasia, aunque no usaba el término.

Mahoux es vehemente, explica sus argumentos convencido de que nunca trató de imponer su ideología a nadie, sino de dar a todos la libertad de decidir sobre su vida y su muerte. Cirujano de profesión, Mahoux trabajó durante años para Médicos sin Fronteras en escenarios de conflicto como Liberia, Sudán, Líbano o Laos y hace 12 años escribió la ley de eutanasia para adultos, que acompaña a la muerte cada año a entre 1.200 y 1.300 belgas.

¿Por qué es necesaria una ley de eutanasia infantil?

Tenemos una ley de eutanasia desde hace una década. Permite a quienes tienen una enfermedad incurable y sufrimientos que no podemos aliviar que pidan a su médico que les practique la eutanasia. Es una ley de humanidad que permite al médico administrar el último gesto de humanidad a su paciente.

Desde entonces, los pediatras de los servicios de oncología nos dicen que hay jóvenes pacientes, niños y adolescentes que también tienen enfermedades incurables y sufrimientos que no pueden aliviar. Pero en esas situaciones los médicos no tienen respuesta.

¿Los médicos pedían esta ley?

Sí, nos pidieron un marco preciso para esos casos muy particulares y poco numerosos, para que cuando el joven enfermo lo pida, puedan practicar una eutanasia en condiciones muy específicas: enfermedad incurable; sufrimientos físicos que no podemos aliviar; una capacidad de discernimiento del menor reconocida por un especialista y el consentimiento de sus padres; después de varias quimioterapias, de varias operaciones, y ante una muerte que va a llegar muy rápido y con sufrimientos muy importantes.

¿Además de la edad, qué diferencia esta ley de la aplicada a los adultos?

Esta ley no reconoce el sufrimiento psíquico, solo el físico. Porque es difícil hacer un diagnóstico de enfermedad mental de un niño y porque es incluso más difícil considerar que esa enfermedad mental es incurable.

¿Por qué no poner un límite mínimo de edad como en Holanda?

Que no hayamos puesto un mínimo de edad no quiere decir que la ley esté abierta a todos los menores. Solo se puede practicar la eutanasia si el menor tiene capacidad de discernimiento, si sabe lo que pide, una apreciación correcta de la vida y la muerte.

¿Un niño de ocho años tiene esa capacidad?

Ese no es el trabajo del legislador. Lo que dice la ley es que un especialista va a determinar si el menor es capaz de entender lo que pide. Los pediatras nos dicen que los niños y adolescentes que se encuentran en esas situaciones son en muchos casos más maduros que algunos adultos. Saben que están enfermos, que son tratados y que van a morir. Son los pediatras quienes nos lo dicen y no es el legislador quien debe determinar si se dan las condiciones o no.

Además, cuando hablamos de enfermedad terminal hablamos más de días o semanas que de meses. En el caso de los adultos no hace falta esa condición, la puede pedir alguien que tal vez no iba a morir en los próximos años.

¿Esta ley es menos estricta que la holandesa, que prohíbe la eutanasia en menores de 12 años?

No tiene por qué ser así, porque los criterios que exigimos para aplicarla son más que en Holanda. El criterio de discernimiento del menor puede ser más riguroso que los criterios que tiene Holanda, donde no se pide confirmar la madurez de un niño de más de 12 años. Por eso, estos límites que ponemos son más importantes que si hubiéramos puesto un límite de edad.

¿Tiene una estimación de cuántos niños podrían verse en esa situación?

No, pero la idea es que sean los menos posibles. La eutanasia para adultos no está tan extendida. Suma el 2 por ciento de los fallecimientos del país. La eutanasia es un problema, pero lo escandaloso y violento es que un niño muera sufriendo, no intentar solucionar la situación.

¿La sociedad belga pedía una ley así?

Los sondeos dicen que más del 70 por ciento de la población está de acuerdo.

¿Pero había demanda social?

El consenso es amplio y si lee los editoriales de la prensa belga, incluso los que tienen una tradición católica, verá que son positivos. Hemos sido muy prudentes con esta ley, pero intentamos resolver situaciones reales. Conseguimos que exista esa libertad pero con barreras estrictas y sin imponer nada a nadie.

¿Y cree que la sociedad belga ya asumió con normalidad la eutanasia?

La muerte y la manera de morir se ha integrado en la vida de todos. Y eso es muy importante. La eutanasia y los cuidados paliativos se convirtieron en realidad. Ahora, además de poder explicar al enfermo qué tiene y contarle que ya no podemos hacer nada más para curarlo, también podemos acompañarle, escuchar lo que dice, escuchar cuando pide que calmemos su dolor y, al final, escuchar cuando nos pide que pongamos fin a su dolor y a su vida.

Sus críticos dicen que ley es una muestra de una cierta laxitud moral.

No hay ninguna laxitud moral, es lo contrario. Quienes querían esta ley, incluyendo a los pediatras, son quienes quieren acompañar al enfermo hasta el final. Desde el 2002 hay aproximadamente entre 1.200 y 1.300 eutanasias cada año. Pero no hay laxitud, es la voluntad de poder ayudar a un enfermo hasta el final respetando su propia voluntad.

Es imposible que haya derivas o abusos. La gente que se enfrenta a estas situaciones sabe muy bien que es imposible que haya abusos. Es el acto más difícil para un médico, la respuesta más difícil que podemos dar a un enfermo. Los argumentos que han usado quienes se oponen a la ley son argumentos ideológicos, muchas veces religiosos, aunque hay muchos cristianos de acuerdo con esta ley. Es una ley humana. La ley no obliga a nada y no impone nada. Solo prescribe una libertad con límites bien trazados. La animosidad y la violencia vienen más de quienes se oponen que de quienes han intentado que esta ley fuera aprobada.

¿Qué le parece la posición de la Iglesia?

El peso de la Iglesia es cada vez menor. Y creo que es la posición de la jerarquía de la Iglesia, no de los creyentes, como ya ocurrió sobre otros asuntos como la eutanasia de adultos, el aborto, la homosexualidad o la fecundación asistida. Son posiciones que toma la autoridad religiosa pero que muchos creyentes no siguen. Yo considero normal que haya gente con una opinión diferente. Lo que no admito es que se cuenten mentiras sobre lo que pasa en nuestro país. Escuchamos que en Bélgica se practica la eutanasia con ligereza. Es escandaloso decir eso.

En el caso de un niño que va a morir en días, ¿no se hacen ya sedaciones terminales para evitarle sufrimientos con riesgo de acelerar la muerte?

Sí, hay médicos que lo hacen, pero creo que es un poco hipócrita, porque es provocar la muerte aunque la gente diga que la intención no sea provocar la muerte sino aliviar el sufrimiento. Sí, pero eso provoca la muerte. Además, hay enfermos que no quieren eso, quieren beneficiarse de la eutanasia y es su derecho.

¿Espera que esta ley haga crecer el debate sobre la eutanasia en otros países?

Me gustaría porque soy un humanista, que el mayor número posible de enfermos en el mundo se pudiera beneficiar de algo así. Pero los países son distintos y la tolerancia distinta y es responsabilidad de cada país.

¿No teme que surja un turismo de la eutanasia?

Generaría un problema de derecho internacional. Le pongo un ejemplo. Si un francés residente en Bélgica pide la eutanasia y practicamos esa eutanasia, en el marco de la ley belga, la justicia belga no va a perseguir a nadie por eso porque en Bélgica no es un delito.

Pero si la ley francesa lo considera un crimen y la víctima es francesa, la justicia francesa podría intentar perseguir a quienes hayan participado en esa eutanasia.

Sí, el derecho penal internacional permitiría que Francia pudiera perseguir a un médico belga que hubiera practicado una eutanasia a un ciudadano francés.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Especial para EL TIEMPO
BRUSELAS