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Los Moncada, rostros de un retrato campesino

Una pareja de Güepsa (Santander) protagoniza el corto 'Los retratos', que exhibe Cine Colombia.

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20 de febrero 2014 , 06:23 p.m.

Güepsa (Santander). Plano, encuadre, sonido. Todo está listo. Decenas de ojos miran a Pastor y a Verónica. Ya les dijeron que en esta escena tienen que verse preocupados. Suena la claqueta y a los dos actores simplemente les fluye. Corten. Ahora, a repetir la escena en contraplano. Son los menesteres del cine.

Más de un año después (en enero y febrero de este año), los esposos Moncada aparecieron ante miles de espectadores que esperaban en los teatros de Cine Colombia a lo largo del país, entre palomitas de maíz y altas sobredosis de azúcar, las películas de DiCaprio y de los muñecos de Lego. Era el corto nacional de turno antes de las funciones, ese al que pocos suelen prestarle atención. Y simplemente ocurrió: la gente reía con ellos, se conmovía y hasta aplaudía.

Pastor Moncada, herrero de profesión, y su esposa, Verónica Romero, cuya vida había sido la casa y criar a las hijas, ambos adultos mayores residentes en el municipio de Güepsa (Santander), se convirtieron en actores y tuvieron que interpretar en la pantalla su propia historia de amor, muy a la manera santandereana.

“Fue el 8 de noviembre de 1958”. Ese día se casaron, recuerda Pastor con total seguridad. Ella asiente. Son 56 años, pero no se les olvida.

El director y guionista del corto es Iván Gaona, de 33 años, quien decidió volver su santandereanidad la firma de su cinematografía. Nació en Güepsa, apenas a unas cuadras de donde viven los Moncada.

El corto ha sido visto incluso en Suiza, Polonia, Italia, Francia, Estados Unidos, República Checa, Alemania Canadá, Lituania, Emiratos Árabes, Cuba y México (recibió menciones especiales y premios en varios de esos países).

Eso es algo que los esposos no esperaban. De hecho, no se imaginaban qué iba a pasar fuera de Güepsa. Se embarcaron en el proyecto porque, dice Verónica, “es bacano, eso acá no se había visto (...). Este es un recuerdo que puede tener la familia”.

Pero cuenta Pastor que un día, en la plaza de mercado, lo reconoció una mujer que nunca había visto: “Me dijo ‘usted es el de la película’. Le respondí ‘sí señora’, y me abrazó y me dijo que lo había hecho muy bien. Fue bonito eso”.

La clase de actuación

Ellos dicen que durante casi un año, Gaona les rogó que se le midieran al insólito proyecto de hacer una película. “Insistió bastante, entonces caímos en cuenta y dijimos ‘pues, tocará’ ”, recuerda Verónica.

Entonces, los reunió con otros güepsanos que querían participar e iniciaron el primer taller de actuación.

Verónica recuerda que el director y la productora, Diana Pérez, la pusieron a hacer 20 minutos de meditación, a que borrara todo de la mente y, justo después, le lanzaron el reto: “Ahora, ¡ríase! (...) ahora, ¡está muy brava! (...), ¡llore!”.

Al salir de la intensa clase, la naciente actriz se fue a su casa pero, en lugar de ensayar los ejercicios frente al espejo, se pasó toda esa noche muerta de risa. Se lo había gozado de lo lindo.

Mientras avanzaba el curso, Gaona exploraba detalles de sus vidas para enriquecer la historia que tenía escrita.

Por ejemplo, en Los retratos, el personaje de Verónica le pide a su esposo que se pare derecho para una foto mientras toma como modelo una estampa de Vicente Fernández, quien es, en efecto, el ídolo de Verónica: cuando le hablan de cine, ella recuerda los chistes del ‘Chente’ cuando se desdobla en tres personajes en la película El diablo, el santo y el tonto.

Los retratos fue grabado durante cinco días, por lo que demandaba un cuidado meticuloso del script, es decir, de cada detalle en cámara. Verónica y Pastor guardaban la misma ropa bien planchada, pero uno de los días de grabación se iba enredando porque él se había ido a peluquear.

“El bigote, ese sí ha sido igualito toda la vida”, afirma Pastor.

A él le parece gracioso que le haya tocado actuar con sombrero oscuro, lo que es un poco tortuoso bajo el sol santandereano: prefiere no despojarse del blanco. Pero era lo que mandaba la dirección de fotografía y él se adaptó, como todo un profesional.

Con el tiple, uno solo

Los retratos conforma una serie con otro cortometraje de Gaona que se titula El tiple, que tiene un corte más dramático y que obtuvo el Premio India Catalina a mejor cortometraje de la edición 53 del Festival de Cine de Cartagena, el año pasado. Pastor es el protagonista, junto con su instrumento.

En cámara, no solo entrega todo lo que sabe de torbellinos y pasillos, sino que además hace una gran actuación, con diálogos largos y emotivos: llora, ríe y sufre porque ha perdido el tiple de su adoración, que lo ha acompañado durante 40 años.

Esta historia es real. Hace unos 30 años, recuerda Pastor, tuvo que empeñar su tiple porque Verónica estaba muy enferma: empezaba su cuadro de diabetes. Y luego de muchos agites, pudo recuperarlo porque este, como casi todos los tiples, parece hecho para su dueño, los dos guardan una relación muy íntima.

Y es que, a donde hubiera fiestas patronales en la región, allá llegaban Los Laureles, el dueto que Pastor tuvo durante décadas con su compadre Tomás Patiño, quien tocaba el requinto. Recorrían todo el eje entre Cimitarra, Vélez, Barbosa y Güepsa, pero básicamente donde estuviera la rumba campesina. Luego creó otro grupo, que tuvo el nombre más agradecido y honesto que se le podía ocurrir: Tiplecito de mi Vida.

Hace poco, su hija Luz Marina halló a Patiño en un ancianato del municipio de Suaita. Está ciego y en condiciones muy difíciles, pero ella cuenta que, tan pronto le llegó la razón de su compadre Pastor, lo recordó y entró en llanto. Del encuentro les queda una foto en la memoria de su teléfono celular.

Más deudas que ganancia

Los rostros de los Moncada son precisamente un retrato campesino: primero, la violencia los obligó a migrar (de Cimitarra) y levantar una casa donde pudieran, y llegaron a Güepsa, donde los vecinos los acogieron y les ayudaron. Pero la casa, que ya sobrevivió a un incendio, está en un terreno del municipio que no han podido legalizar.

También es una historia marcada por el dolor de la pérdida de su único hijo varón, al que mataron hace 31 años, cuando salía de un puesto de chance.

Luz Marina es la menor de cinco hijas –ella también actúa en El tiple– y la única que aún vive con ellos, los cuida y les lee los artículos que se han escrito sobre los cortos. Pero aun con toda la atención que les presta, hay cosas que se le salen de las manos: hace cerca de 6 meses, a Verónica se le enterró una puntilla en un pie y el asunto se ha complicado.

A finales del año pasado, cuando la Alcaldía de Güepsa les hizo un homenaje a Gaona y a todos los que hicieron el corto, ella sacó fuerzas para estar en la fiesta y tomarse fotos con todos, pero casi no podía caminar, y aún hoy está pendiente de asistir al tratamiento hasta el hospital de Socorro, que está a casi dos horas del pueblo.

Y es que, aunque algunas personas en el pueblo creen que los Moncada hicieron un buen dinero de esta experiencia, la verdad es que viven tal como antes. Los cortometrajes están bastante lejos de ser un negocio rentable, por lo que Gaona sigue viendo cómo hacer sostenible este oficio, en el que adquiere más deudas que ganancias.

‘Los retratos’ aún se puede ver en las salas de cine, hasta el final de este mes. Gaona y Pérez preparan con su empresa, La Banda del Carro Rojo, un largometraje con todo lo que han grabado en Güepsa. Entre tanto, los Moncada, que no saben leer, verán su retrato en este artículo, que será otro recuerdo de familia.

CARLOS SOLANO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO