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Auge y caída de TransMilenio

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20 de febrero 2014 , 04:48 p.m.

La última fase crítica del servicio de transporte urbano conocido como TransMilenio (TM) se destapó a raíz de la ola de quejas de los usuarios normales, no por la mala prestación del servicio, que viene de años, sino por el incremento de la lumpenización de dicho medio de transporte público masivo.

Sin control de ninguna clase, sin que las autoridades de Policía actúen, se vienen subiendo al TM individuos con demencia sexual que, aprovechando la no menos demencial aglutinación de pasajeros en los articulados, se dedican a manosear a las mujeres. Hasta hubo uno que, además de restregar a una señorita, se masturbó delante de ella.

Algún tonto de capirote propuso como solución al acoso sexual en TM la separación de los sexos. Pintar unos buses de rosado destinados al transporte exclusivo de mujeres. La idea pasa como chiste; pero el acoso sexual en buses atestados de personas de ambos sexos, no es propiamente un problema de transporte, sino de salud pública. La solución no reside en buses rosados para amparar a las señoras de la acción degenerada de los abusadores, sino en abrir hospitales donde esa impresionante cantidad de casos de perturbación sexual incontrolable puedan ser tratados de la forma adecuada

Además del acoso sexual, como lo ha informado con amplitud la prensa escrita, hablada y televisada, TM y sus estaciones han derivado en un atracadero con numerosas víctimas cada día. Muy notable fue el caso de dos jóvenes brasileras recién desempacadas en la acogedora Bogotá. Vinieron a estudiar filología castellana en la Universidad Nacional. Convencidas ingenuamente de que TM era 'a maravilha do mundo', quisieron utilizar el servicio. En la estación Polo, mientras aguardaban el respectivo articulado, "un hombre afrodescendiente, alto y de cabello corto (dice la información emitida por Citynoticias) armado de cuchillo, les robó los bolsos con sus documentos, pasaportes, papeles de la Universidad Nacional", y algún dinero. El afro no huyó veloz. Se fue tranquilamente caminando, con lo robado, sin importarle un carajo los gritos de sus víctimas, y sin que nadie, ni los ciudadanos ni la Policía, hiciera nada por ayudarlas a capturar al ladrón y a recuperar sus bolsos. En cambio las estudiantes brasileras fueron llevadas a una estación de Policía. Allí las retuvieron siete horas, para "tomarles declaraciones". Ignoro si el ladrón fue capturado, o si ellas recobraron sus documentos. De milagro no las procesaron por indocumentadas.

No tan grave, aunque igual de fastidioso para los pasajeros del sobresaturado servicio de TM, es la inverosímil cantidad de negocios ambulantes que pululan dentro de los buses y en las estaciones, a toda hora.

En mi opinión, las críticas que la actual crisis (terminal) de TM ha generado en las notas editoriales de los periódicos, y en distintos comentarios de prensa y del público, están desenfocadas. La crisis de TM comenzó en su nacimiento. Su creador, el alcalde Enrique Peñalosa, lo sobredimensionó con una promoción hiperbólica. TM era "la solución" a los problemas de transporte masivo de Bogotá. Con TM se acabarían los trancones, la movilidad sería del ciento por ciento, no habría necesidad de metro, las busetas pasarían a la historia, auguró Peñalosa.

Los dos primeros años TM funcionó de maravilla. Todo hacía pensar que las previsiones del alcalde Peñalosa se cumplirían in extenso. Con justicia fue aclamado héroe de la ciudad y catalogado como el más grande urbanista vivo. Los problemas comenzaron al tercer año, con el asunto de las losas de relleno fluido de la Caracas, dificultad insoluble, fruto de contratos apresurados, que ha desangrado la capital. Y enseguida vino el sobrecupo, cayó la velocidad, aumentó el tiempo de movilización, debido a que un pasajero gasta más tiempo en tratar de subirse al articulado que en el traslado a su lugar de destino.

La solución que plantean los editoriales de la prensa se endereza a pedir que se mejore la gestión de quienes operan o gerencian el TM, y que se recupere este servicio, "emblema y orgullo de la ciudad", dice EL TIEMPO en reciente editorial. ¡Ecco il problema! Un servicio público no es más que un servicio público. Debemos cuidarlo, eso no se discute, y darle el debido mantenimiento; pero por muy bueno que sea, un servicio público no puede convertirse en objeto de idolatría. No sé de ciudad importante que muestre sus servicios públicos como motivo de orgullo. Las ciudades deben exhibir otros emblemas y motivos de orgullo. Los grandes monumentos, los paseos, una arquitectura plena de arte y creatividad, ciudadanos felices y seguros. Una ciudad donde las jóvenes que vienen a estudiar, no sean recibidas con un cálido atraco a mano armada. Esos serían motivos legítimos de orgullo, que Bogotá hoy no tiene. Y no por culpa de la Administración actual. El problema es de vieja data.

El auge de TM fue fugaz. Su caída ha sido vertiginosa. Desde luego no se trata de acabar con el sistema, sino de aprender las lecciones que nos deja.

Primero. No podemos seguir alimentando la ilusión perdida de que TM es la solución al transporte urbano masivo de la capital. Es un buen servicio, que ha sobrepasado sus limitaciones. Para salvarlo, no hay que buscar el ahogado río arriba con la introducción de más vehículos. Eso le empeoraría la situación a TM. Es preciso devolverlo a sus límites, reduciendo el sobrecupo y aumentando la frecuencia de los viajes por articulado, de modo que no se forme aglomeración de pasajeros en las estaciones, ni se permita el ingreso de más usuarios de los que puedan caber cómodamente en los asientos disponibles o de pie. Establecer un servicio de vigilancia incorruptible (¿será un deseo quimérico?) que controle a los ladrones e impida el acceso de vendedores ambulantes a los vehículos y en las estaciones.

Segundo. El SITP, como está, es de una inutilidad ejemplar. No sirve en absoluto. Muy pocos saben cómo funciona ese sistema misterioso. La separata de treinta y tantas páginas que se publicó hace poco para explicar su uso, no la entiende ni el que la hizo. Se requiere mejor un sistema modal de transporte masivo (SMTM), que combine todas las formas de movilidad.

Tercero. La crisis de TM nos demuestra hasta el hartazgo que Bogotá necesita dramáticamente el metro y el tranvía, y que entre más retardemos la construcción de esos dos medios rápidos y eficientes de movilización urbana masiva, las cosas estarán peor.

Enrique Santos Molano

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