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Los talladores de tumbas presienten un final cercano

Los tradicionales marmoleros del Cementerio Central enfrentan la posible desaparición de su oficio.

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19 de febrero 2014 , 08:49 p.m.

En la necrópolis bogotana, en el Cementerio Central, las cuchillas y los taladros ya no retumban como antes. La gente se sigue muriendo, por supuesto. Pero ahora, el polvo de los mármoles ya no forma su nube blanca.

Los bogotanos, los colombianos en general, han optado con los años por deshacer sus cuerpos en ceniza, meterlos en pequeñas urnas. Y que los lancen al mar, al río o al jardín.

Todo por ahorrar los costos de la muerte. Ellos, los marmoleros, han tallado lápidas de guerrilleros y de presidentes, de artistas y hombres corrientes. (Vea aquí imágenes del trabajo de los marmoleros)

Hoy, entre las grandes máquinas cortadoras y los artesanos menores, una tradición de varios siglos se asoma a su final.

“La sobrepoblación del planeta. Usted sabe. El que nace, muere. Por eso nos iba tan bien. Pero ahora yo quiero hacer baldosines, diseños y espacios monumentales: pisos y murales. Porque hoy la gente prefiere la cremación, enterrarse por allá debajo de un palo en una finca”, dice, Leonardo Rueda, experto en simbología fúnebre y tallador desde los 13 años.

Cuando las ventas han caído casi en un 70 por ciento, no queda más remedio que recordar los buenos tiempos. “En 1900, las piedras se bajaban en carretillas grandes y se armaban los mausoleos allá adentro. Valía 18.000 pesos en esa época y una casa en el Samper valía seis mil. Y él, mi bisabuelo, tenía diez y quince obras al tiempo. Haga la cuenta”.

Henry Cárdenas, artista plástico y vecino de Leonardo, ha sabido sortear el cambio con dificultades, diversificando su labor. Hace esculturas, talla las direcciones de las casas.

“Yo tallaba 5 lápidas al día hace 10 años. Ahora, apenas hago un par a la semana. Son sencillas. No como antes, que pedían detalles como poemas y un buen trabajo en mármol que podía llegar a costar incluso millón y medio”, dice Henry.

Pero todo oficio trae su castigo. Ese mismo polvo, tantos años absorbido, es el causante de una enfermedad irreversible que es casi una plaga entre los marmoleros: la silicosis, producida por la inhalación de partículas (menores de 5 micras) de sílice que se van asentando en los pulmones.

“Yo le tengo miedo a la muerte. Pero cuando ocurra, prefiero que me cremen”, dice Henry, el más avezado de los artistas, negando con este gesto definitivo su profesión.

Todavía, en la carrera 18 se puede percibir la fatalidad del aroma silvestre de las flores para los muertos. A su lado, hombres aislados, iluminan las placas de mármol con sus trazos sobrios.

Pero en el cementerio ya no se oyen las plegarias, las romerías, el mismo fervor de las gentes sencillas de hace unos años. La muerte ha derivado en otra cosa, menos sacra, más terrenal.

Santiago Gómez Lema
Redactor de EL TIEMPO