Archivo

Editorial: Democracias paradójicas

19 de febrero 2014 , 06:59 p.m.

América Latina enfrenta desde hace algunos años una acción cada vez más voraz de ciertos gobiernos contra la libertad de prensa. Por curiosa contradicción, no se trata esta vez de la habitual censura impuesta por dictadores a la antigua usanza, sino de una forma viciosa de control de la opinión, que emana de regímenes elegidos por el pueblo.

El martes pasado publicamos un amplio informe sobre el estado de la libertad de prensa en algunos países latinoamericanos, seguido de una entrevista con la relatora de la OEA para la Libertad de Expresión, la abogada colombiana Catalina Botero. La propia doctora Botero se mostró preocupada por la aparición de leyes que restringen las opiniones divergentes y castigan aquellas noticias que el mandatario considere perjudiciales. La oleada de estatutos de censura amenaza por igual la estabilidad económica de los medios críticos, el derecho de los ciudadanos a obtener información oportuna, amplia y veraz e, incluso, la integridad de los reporteros y columnistas.

El paisaje resulta desolador. Ecuador, con las leyes más restrictivas de Suramérica, impone desde el Poder Ejecutivo onerosas multas a los medios “desobedientes”, injerta censores en la prensa so pretexto de “defender a las audiencias” y llega al extremo de exigir rectificaciones a los caricaturistas. Venezuela ha convertido el control de divisas en un instrumento de castigo que le permite ahorcar por falta de papel a los periódicos adversarios del Gobierno y ayudar a los que le dan su apoyo. En Argentina, la presidenta Cristina Fernández mantiene un tenso pulso con el grupo de El Clarín, a cuyo diario emblemático, de vasta circulación, intenta debilitar. Aun en el Perú, donde el Gobierno profesaba tolerancia a las críticas, el presidente Ollanta Humala ha presentado síntomas de contagio autoritario y patrocina un proyecto de ley que le permitirá intervenir en el contenido de los medios.

Es una paradoja que ocurra este creciente cerco a la prensa libre justamente cuando en los países atrás mencionados, y en casi todos los demás de América Latina –Cuba sería la excepción–, gobiernan presidentes elegidos a través de las urnas. El problema es que la elección limpia de los representantes del pueblo es uno de los requisitos de la democracia, pero no el único. Alcanzar mediante el sufragio la presidencia de la república o el congreso para atentar desde allí contra los valores esenciales de la democracia, como la libertad de expresión y la libertad de prensa, equivale a adoptar las formas del sistema liberal, pero negar sus contenidos. Sin libertad de prensa no existen libre debate de ideas, ni vigilancia sobre los corruptos, ni posibilidad de información contrastada para los ciudadanos.

Por supuesto que ha habido y hay otras situaciones que conspiran contra el derecho de la gente a conocer los hechos y sus diversos análisis, como la concentración de medios, el comercialismo que sacrifica la independencia ante la caja registradora, las influencias políticas, la “farandulización” de las noticias, la propia falta de preparación de muchos profesionales...

Pero la historia ha demostrado que la injerencia del Estado, y sobre todo del Poder Ejecutivo, es un remedio muchísimo peor que los anteriores males. Como bien dijo el filósofo inglés John Stuart Mill (1806-1873) al comentar las libertades de pensamiento, expresión, albedrío personal y asociación: “Ninguna sociedad que irrespete estas libertades será libre, no importa su forma de gobierno”. Incluso si fue elegido por votación.

EDITORIAL