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Editorial: Los dolientes de los cerros

19 de febrero 2014 , 06:54 p.m.

Desde la fundación de Bogotá –y mucho antes–, los cerros que bordean el oriente de la capital han sido el ícono más visible de la región para propios y extraños. No hay quien deje de admirarse ante la belleza de sus picos, su vegetación y el centenar de riachuelos y quebradas que de ellos brotan. Los cerros no son solo el pulmón verde de los bogotanos, sino el ropaje de hermosos amaneceres y atardeceres de una Bogotá siempre convulsionada.

Y aun así, buena parte de la historia de la ciudad ha vivido de espaldas a ellos. La urbanización indiscriminada, las invasiones sin control, la tala, la explotación de sus recursos y la inseguridad convirtieron a los cerros no en un patrimonio, sino en un lucrativo negocio y en un peligro para sus esporádicos visitantes.

Por tanto, resulta más que refrescante y alentador confirmar que hoy los cerros tutelares de Bogotá, los que les dieron vida a Monserrate y Guadalupe, los mismos que atraviesan cuatro grandes localidades y surcan la ciudad de sur a norte a lo largo de 14.000 hectáreas, tienen dolientes. Y son los mismos ciudadanos, quijotes de una empresa nada fácil en procura de que cada vez sean más los amigos de semejante joya.

Grupos de caminantes, ambientalistas, fundaciones, asociaciones de vecinos o simples defensores de las montañas han tejido una red que promueve visitas a los senderos, a los caminos indígenas, a las cuevas, las cascadas y a toda una reserva natural que envidiaría cualquier ciudad del mundo.

Es con el concurso de la gente y con el apoyo de las autoridades como podemos salvar los cerros de Bogotá. Entre las prioridades ambientales de la capital, ellos deberían ocupar el primer lugar. De este modo, es indispensable que, como lo destacó este diario recientemente, sean reconocidos más senderos naturales que permitan la apropiación responsable de este patrimonio, y más ahora que el Consejo de Estado fijó los límites a su reserva natural.

A la distancia, lastimosamente, es cada vez más difícil apreciar la belleza de estas montañas. Pero acercarse, adentrarse en ellas y disfrutarlas sí es posible si se hace con responsabilidad y con todas las garantías de seguridad.

editorial@eltiempo.com.co