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Película menor de un autor

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19 de febrero 2014 , 06:16 p.m.

Steve McQueen, director londinense de origen afrocaribeño, aspirante al Óscar, junto con Martin Scorsese y Alfonso Cuarón, goza de suficiente aprecio entre los artistas plásticos y multimedia. Antes de incursionar con laureles en el largometraje, sus veinte cortos internacionales lo catapultaron como un realizador muy personal, que ahonda en ansiedades, perturbaciones y flagelos del mundo contemporáneo. Dan prueba de ello: los estragos de una huelga de hambre en Belfast, de un activista republicano (Hunger, 2008), y el contundente sicodrama erótico de un incorregible adicto al sexo en Manhattan (Shame, 2011) o el mal llamado Deseos culpables.

En su tercera producción, McQueen nos trae en forma bastante convencional la verdadera y triste historia de Salomón Northup. Un respetable hombre libre del abolicionista estado de Nueva York, quien termina encadenado y esclavizado como “negro fugitivo” de Georgia por cuanto el Sur era dominantemente esclavista. Salomón es domesticado y aprende a “mantener la cabeza abajo, no hablar duro ni referirse al pasado”. Oculta su condición de persona letrada, sufre azotes y humillaciones.

Al dejarse tentar por aspectos secundarios de una costosa cinta de época, desaparecen aquellos rasgos crueles que identifican a tan neurálgico cineasta. Aunque haya momentos impactantes de naturaleza sadomasoquista, en particular una doble tanda de latigazos que durante 90 segundos recibe en cámara fija, su ligera estructura narrativa no aporta situaciones realmente novedosas cuando cae en escenas costumbristas y observaciones débiles atribuidas a quien afirma no querer sobrevivir, sino vivir y ser libre. ¿Cómo no incomodarnos ante una víctima callada, que presencia tantas ignominias?

Más allá de la postulación del recio protagonista de origen nigeriano Chiwetel Ejiofor, al lado de DiCaprio y MacCounaghey, quien se gana la atención del cinéfilo es el formidable intérprete germanoirlandés Michael Fassbender. No obstante tratarse de un actor de reparto, el álter ego de McQueen impresiona por su carácter iracundo y la fuerza avasalladora que le imprime al segundo amo obsesionado con una mulata. En conclusión: cierto parecido con el Django de Tarantino, pero sin humor negro. laurens@etb.net.co

Mauricio Laurens