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En el corazón de la invencible Mequínez, en Marruecos

La ciudad hace gala de los vestigios de laberintos que la convirtieron en una urbe impenetrable.

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19 de febrero 2014 , 04:34 p.m.

La ciudad marroquí de Mequínez conserva muchas de las fortificaciones que la protegieron cuando fue elevada a capital del imperio, durante el mandato del sultán Mulay Ismaíl, que se extendió desde 1672 hasta 1727.

Los restos de la triple muralla, que durante un tiempo cercó esta población situada en las proximidades de la cordillera del Atlas, ofrecen al visitante la oportunidad de situarse en el Marruecos de finales del siglo XVII, que vivía entonces sus primeros años de unidad.

Declarada Patrimonio Mundial de la Unesco en 1996, Mequínez es considerada, junto a Fez, Rabat y Marraquech, ciudad imperial de Marruecos.

A fines del siglo XVII esta ciudad, en la que viven unas 700.000 personas, era impenetrable. Ninguna milicia logró siquiera acercarse a la que es conocida como la ciudad más fortificada de Marruecos. La obsesión de Ismaíl que un asedio acabara con su mandato lo llevó a crear el Ejército Negro, que sembró el terror entre sus enemigos.

De hecho, la silueta de Mequínez sigue dominada por fortificaciones y 27 kilómetros de muralla, de los más de 40 con los que el sultán rodeó la urbe. Adentro se conservan los restos de enormes depósitos de agua y almacenes de comida que hubieran permitido a la población resistir un hostigamiento.

Miles de personas, y entre ellas comerciantes y cristianos, fueron retenidas por el sultán en una prisión con capacidad para 40.000 prisioneros, a la espera de un rescate que se efectuaba en el pabellón de los Embajadores.

Pese a haber sido abandonada durante décadas, esta estructura, que permitió mantener este lucrativo negocio y que se conoce como la Cárcel de los Cristianos, se conserva intacta.

Vida y cultura se palpan en las calles

La ciudad, más allá de las murallas

Mequínez, que vive de la agricultura, la ganadería y productos artesanales como las alfombras, está situada en un valle fértil, rico en vides y olivares por el que circula el río Boufekrane, que divide la ciudad nueva, construida en tiempos del colonialismo francés, de la medina –donde un laberinto de calles estrechas permite perderse entre el trasiego de comerciantes– y la zona antigua. La vida se desarrolla en la calle y sobre todo en la extensa plaza el-Hedim. Allí magos y encantadores de serpientes llaman la atención de lugareños y turistas.

REDACCIÓN EL TIEMPO