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Secretos de Lisboa para comensales

Entre callejuelas y miradores se esconden cafés y bares que son el reflejo del alma de la ciudad.

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19 de febrero 2014 , 04:34 p.m.

Algunas de las experiencias gastronómicas más interesantes que ofrece la capital lusa se viven en apenas un puñado de metros cuadrados, como ocurre en el restaurante Ti Natercia, en el barrio de Alfama, difícil de encontrar para quienes acuden por primera vez, pese a que el tranvía 28 pasa justo por su puerta.

Con solo cuatro mesas y una persona al frente del negocio, la cocina y el servicio son excelentes. La reserva previa es requisito imprescindible para poder degustar su comida. En el menú sobresale el bacalao a Ti Natercia, envuelto en hojaldre y que él solo, sin ayuda de nada más, se basta para alimentar a varios comensales.

Del mar también procede el plato estrella de la Adega de Dom Luis, en las inmediaciones de la zona de Príncipe Real, donde los garitos de ambiente, dirigidos sobre todo al público homosexual, han aflorado sin parar en los últimos tiempos.

Con capacidad para una veintena de comensales, Dom Luis sirve uno de los mejores pulpos, cocinado con aceite, ajo y perejil, en una cazuela de barro, por unos 11 dólares la ración.

“Tenemos clientes fijos que viven en el extranjero y vienen todos los años a cenar a este establecimiento”, cuenta su propietario con el pecho henchido de orgullo, mientras recomienda probar postres como los profiteroles a los tres chocolates, aptos para adictos al cacao.

El marisco es el protagonista absoluto si cruza la margen sur del río Tajo y llega hasta Cacilhas, un municipio que forma parte del conocido “cinturón rojo” que rodea a Lisboa, en referencia a su carácter obrero, y considerado uno de los feudos del Partido Comunista Portugués. Lugar desde donde se disfruta una de las mejores vistas de la capital.

Establecimientos modestos, como el Farol de Cacilhas, ofrecen mariscadas, al lado del elevador panorámico que lleva desde el mirador hasta el núcleo urbano.

No deje de probar la bica

En las tradicionales tascas lisboetas, que se distinguen no solo por su reducido tamaño, sino por la falta de luz y por su apariencia antediluviana, la estrella es la ‘bifana’, un bocadillo de carne de cerdo cocida durante largas horas en una sartén, con una salsa especial, convertida ya en una señal más de identidad de Portugal.

En la céntrica y populosa plaza de Rossio se degustan algunas de las mejores, que sorprendieron y dejaron poco menos que alucinados, por su simplicidad y sabor, a chefs de la talla del francés Anthony Bourdain.

También está en los genes de la capital lusa el café, y más concretamente la tradicional bica, un expreso de intenso sabor. Convertida en la bebida nacional pese a que el grano procede del extranjero, los locales cuentan que el proceso de mezcla y torrefacción, que se lleva a cabo en Portugal, es la clave que lo distingue.

Con una cafetería en cada esquina, probar su sabor amargo es un requisito imprescindible para cualquiera, de ser posible acompañado de alguno de sus famosos bollos o sus menos conocidas torradas con mantequilla salada.

Pero más allá de la tradición del buen yantar de la urbe, uno de los mayores atractivos turísticos de Lisboa sigue siendo el tradicional fado, ya considerado como Patrimonio de la Humanidad. En el ruidoso y movido Barrio Alto la oferta es numerosa, aunque si se busca el ambiente más original, mejor adentrarse en Alfama.

Allí está la Tasca da Bela, otro de esos establecimientos estrechos y con encanto, o con ‘charme’, como se dice en Portugal, difíciles de encontrar. A la luz de las velas, el chorro de voz de los cantantes y los acordes de la guitarra portuguesa crean un ambiente único.

EFE
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