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El encanto brujo del que gozan las esculturas del maestro Botero

Bajo capas de pátina y cera, y en el cambio de las lozas de piedra, se esconden mitos urbanos.

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18 de febrero 2014 , 06:44 p.m.

Las manos resbalan de la cadera a la cintura. El pulgar y el índice se detienen al llegar al pezón. Es grueso y dorado, siempre firme. Y esto no es un asomo de deseo. Es un golpe de suerte.

Sucede cuando el cielo se viste de noche y se encienden las luces de la cúpula octogonal del Palacio de Calibío, hoy Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe.

Las ratas no se toman todavía la Plaza de las Esculturas, esperan en la oscuridad, bajo tupidos matorrales, a que desaparezcan los venteros ambulantes que custodian el sitio y a que lo crucen las prostitutas seguidas por sigilosas sombras.

De repente, cansada La mano de que la mujer del Rapto de Europa le mire fijamente, se empuña, da un brinco y sale a caminar hasta perderse por la avenida de Greiff.

Por fortuna el maestro Botero le concedió músculos robustos con los que resiste durante un buen rato ser un punto de encuentro para los amantes.

Las 21 esculturas que quedan son testigos de otro tipo de huidas al tacto. El Romano, por ejemplo, inalterable en su postura, en vez de cubrirse con el escudo o dejar que el casco se resbale sobre su rostro, permanece así, impávido.

Su pene parece de oro, todos lo tocan pero nadie lo conserva. Es una historia semejante a las muchas que recurren a la legendaria figura de la piedra filosofal: El aerolito rojo convierte metales corrientes, como el bronce, en uno precioso.

Así, las prostitutas que atraviesan el Parque, tienen en sus manos el poder de transmutar lo que tocan a cambio de una excelente jornada: buenos clientes y suficiente dinero. Es este el hechizo que confiere el agasajo desprevenido al miembro del soldado. Otro golpe de suerte.

De no resultar eficaz para las trabajadoras sexuales, dicen en el lugar, les es útil a agoreros y turistas.

Entretanto, dentro del polígono cultural, las demás mujeres, echadas sobre su propio peso, se miran entre sí, pícaras y silenciosas. Están siendo cómplices de cómo Adán se solidariza con el manoseo del miliciano y con Eva enfrente.  Él ni se inmuta.

Del Calibío al Museo del pintor, cuentan también, se tropiezan los fantasmas con los roedores. Dicen que son bohemios que buscan sus antiguos bares y que otros son algunos que van derecho hasta la Veracruz. Y que la única que siempre los ve es la Cabeza.

Pero estos no son todos los muertos. Quienes llevan más de cinco años en la Plaza, ofertando pequeñas efigies, dicen que la que más conquista es El Pájaro, el único rastro que quedó de la bomba que estalló en San Antonio en 1995.

Hay quienes le prenden velas a un vestigio que muestra que cerca de él hubo vida y en forma de ave.

Y al vuelo se suman las palomas cagando desde el árbol que le da sombra al Gato. Pero como el felino no soporta su gordura, y además es el más noble de los gatos, permanece fijo y no se les manda de un solo zampo. Por su generosidad lo han movido unos cuantos metros aunque tiene que aguantarse el sol, tal como lo hace el Perro.

Pasa el primer tren del metro. Las custodias regresan matinales con sus termos llenos de tinto. Con ellos los viejos, tan buenos conversadores y los otros que durante el día se encuentran en la palma de la mano.

Ya no hay ratas; hay rateros. Ya no hay amantes; hay enamorados. Todavía caminan unos cuantos fantasmas en compañía de algunos humanos. Y el pezón ya no es dorado. Aunque aún se le puede ver firme y erguido.

Restauran la Plaza Botero

Gracias a un convenio entre la alcaldía y el Museo de Antioquia, las 23 esculturas donadas por el maestro, que se encuentran erigidas en la Plaza de las Esculturas, han sido restauradas.

Constó de una limpieza, una capa de pátina y de cera impermeabilizante y cambios de lozas en piedra de algunos de los pedestales de las obras.

Las otras cuatro esculturas que se encuentran en diferentes puntos de la ciudad también serán restauradas.

Manuela Saldarriaga H.
Para EL TIEMPO
Medellín