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'Woody Allen es inocente': Ricardo Silva

El crítico de cine y novelista lo defiende basado en investigación que desvirtuó abuso.

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18 de febrero 2014 , 06:21 p.m.

Señoras y señores del jurado: Woody Allen es inocente. Que se sepa al menos eso, que sí, sigue siendo el protagonista de una tragedia familiar, pero que su caso es un caso cerrado, y, de acuerdo con la ley, es inocente.

Y no lo digo yo por vivir convencido de que se trata de una de las principales figuras de la historia del cine, ni tampoco por haber investigado a fondo su vida para escribir una pequeña biografía que fue publicada hace diez años ya (y entonces no deja de sorprenderme, día por día por día, la peligrosa desinformación que rodea el relato infame que persigue al autor de Annie Hall, de Hannah y sus hermanas, de Medianoche en París), sino que estoy repitiendo la terminante conclusión de aquella investigación exhaustiva que la policía de Connecticut hizo de 1992 a 1993 con la colaboración de un grupo de especialistas del hospital de New Haven: “Es nuestra experta opinión que Dylan no fue objeto de abuso sexual por el señor Allen”, se lee al final del documento. Y ya. Punto final.

Según los agentes de la ley –que sí estuvieron allí en el 93 y sí bajaron al infierno de esa verdad que hoy cada cual acomoda a su gusto–, Dylan, la pobre niña de 7 años que tanto quería a “el señor Allen”, su en ese entonces padre adoptivo de 57, pero que lo denunció (dijeron los investigadores) “por estrés o por influencia materna” en un video editado por su madre, no dijo la verdad: punto final.

Reaccionen ustedes como quieran, imaginen ustedes lo que quieran imaginar. Que ese padre, el cineasta neoyorquino Woody Allen, dejó a esa madre por una hija adoptiva de ella –subrayo: de ella– que apenas cumplía 21 años: indígnense, asquéense, dense la bendición si eso sienten. Que la madre, la actriz Mia Farrow, cumplió su juramento de vengarse, amenazó de muerte al padre de varias maneras y plantó en el cerebro de la Dylan de 7 años la pesadilla de haber sido víctima de abuso: busque cada quien el arquetipo que prefiera. Que el monstruo es él, que ella es la bruja: elija su propia aventura.

Gente libre de pecado

El punto es que en aquella triste historia que alimentó las primeras planas del planeta en 1993, y que, gracias a las recientes y dolorosas declaraciones de la Dylan de 28 años en los amarillistas Vanity Fair y The New York Times, dos décadas después ha vuelto a cebar al irresponsable tribunal de los medios (señoras y señores del jurado: este es el único lugar en donde el caso es aún “un caso”), no cabe siquiera una invitación a respetar la sagrada “presunción de inocencia”, pues el acusado fue declarado inocente antes de llegar a alguna clase de juicio. Lo demás es mala literatura. Lo demás es circo.

Pero internet está plagado de gente libre de pecado, de gente que lanza la primera piedra y de gente lista a acusar a los sospechosos en horas de oficina. Y por supuesto: los famosos están en el mundo para ser crucificados, para probar, a punta de paparazis, que no hay nadie extraordinario, que incluso a los ídolos el corazón se les sale de las manos. Y aquí estamos.

El actor Alec Baldwin, acosado, en Twitter, por un seguidor que le exigía dar declaraciones sobre las eternas acusaciones contra Allen, lo dijo clarito por todos los que creemos que pelear por internet es exactamente arar en el mar: “¿Qué p&@s pasa con usted que piensa que todos debemos comentar la lucha de esa familia?”.

Y el director Robert B. Weide señaló en The Daily Beast las semejanzas entre el manoseado caso de Allen y la película danesa La cacería. Habría podido mencionar el drama Las brujas de Salem, claro, porque la humanidad de tanto en tanto pone en marcha la estrategia del “chivo expiatorio”, de la “cabeza de turco” que pretende desterrar del mundo a una sola persona que parezca culpable –y asesinar su escandaloso nombre en las primeras planas antes de que pueda probar su aburrida inocencia en un parrafito en las páginas interiores– para crearle al pelotón de fusilamiento de la sociedad la ilusión de que es cuestión de deshacerse de unas pocas manzanas podridas: “Nadie está pidiéndoles a las víctimas de un abuso que no digan su verdad, sino que se está reclamando que se tenga en cuenta que de tanto en tanto se acusa injustamente a alguien y que ello también es terriblemente destructivo”, escribió Allen el pasado viernes 7 de febrero, en The New York Times, en su respuesta a las nuevas declaraciones de Dylan.

Los hechos, hechos son

Están a la mano los hechos: el cineasta Woody Allen dura doce estupendas películas, de Comedia sexual de una noche de verano (1980) a Maridos y esposas (1992), con la actriz Mia Farrow; Allen se enamora para mal y para bien de una de las jóvenes hijas adoptivas de Farrow, Soon-Yi Previn, bajo la mirada obscena de un mundo que ya empieza a enterarse de todo al mismo tiempo; Farrow, viendo que esa relación escandalosa –pero legal– no tiene vuelta atrás, y que sigue en la agenda una pelea por la custodia de los hijos, decide “colaborarle” a la Policía mientras investiga si Allen ha abusado de la angustiada Dylan; un jurado compuesto por los periodistas de farándula y los jueces en contra y los policías resentidos reconoce, a regañadientes, que Allen es inocente, que no hay caso; y él pasa a dedicarse, como lo ha hecho siempre, a hacer una película por año, y ella se entrega por completo a su activismo político.

Desde 1992 han estado a la mano los hechos, sí. Y sin embargo demasiados han vivido estos veinte años convencidos de que “no deberían darle más plata al pervertido ese que se casó con una hija a la que molestó”.

Y mientras tanto, quienes han seguido sus largometrajes como una tradición anual han preferido que su extraordinaria carrera siga siendo lo principal: de Misterioso asesinato de Manhattan (1993) a Blue Jasmine (2013).

Todo en la vida son hechos. Y los hechos, hechos son. Y no deja de impresionarme que, de este caso tan dramático y tan amargo entre dos novios, Allen y Farrow, rodeados por una familia disfuncional, muy pocos de los muchos que los juzgan conozcan lo que sucedió según la ley. Y me parece claro que el clan Farrow, enseñado a perseguir al judío perverso y a reivindicar a la católica abnegada, ha tratado de corregir a la justicia de 1993 con una venganza que solo podría suceder en los medios del 2014: en el efecto dominó –quizás sería mejor decir: “el paredón” cargado de primeras piedras– de las páginas web y los blogs y las redes sociales. Por supuesto, la carta de Dylan en The New York Times se encuentra dirigida a las estrellas de Hollywood que han aparecido en las películas de Allen, porque, ante la imposibilidad de continuar un caso que ya ha sido cerrado, solo quedan la ruina mediática, la mala fama, la mancha.

La sospecha es la condena

Se quejan, los Farrow, de estar enfrentándose con un hombre poderoso rodeado de publicistas. Según prueba lo sucedido en estos días, según demuestra, por ejemplo, que la carta de respuesta de Allen apenas haya sido comentada en los medios de hoy, son los Farrow quienes tienen de su lado al público, a la opinión.

Y es Dylan, valiente en cualquier caso, la voz de la verdad: incluso acá en Colombia, tan cerca y tan lejos, se ha dado por cierta su dolorosa versión de la tragedia. Según dice una experta en falsos culpables de abuso de menores, la ganadora del Pulitzer Dorothy Rabinowitz, en un estupendo texto en The Wall Street Journal, la carta de Allen (“pensé que sería innecesario contratar un abogado porque el sentido común prevalecería”) recuerda punto por punto los ingenuos testimonios de miles de acusados injustamente que cayeron en el error de creer que su inocencia era obvia y luego terminaron sus vidas en la cárcel pagando por un crimen que no cometieron.

“Lo que ellos no entendieron, lo que Woody Allen no captó en 1992, es el poder letal de una acusación de abuso sexual de menores”, escribe la respetada Rabinowitz, la sola sospecha es cadena perpetua. Siempre quedará aquella sentencia, “nunca sabremos qué ocurrió”, flotando como una nube negra sobre el eterno sospechoso, siempre: “Ese es el eslogan insidioso que en estos casos acompaña hasta los más justos de los reportes de los medios así apunten a la inocencia de los acusados”, agrega la periodista.

Y sí, se repetirá hasta el cansancio que Woody Allen y Mia Farrow nunca se casaron, que nunca durmieron en la misma casa, que Soon-Yi no fue jamás la hija de su actual esposo y que ese matrimonio con hijos les duró toda la vida.

Se probará, con documentos médicos en mano, que Allen no abusó de Dylan y que no tiene ni lejanamente el perfil –estudiado hasta la saciedad– del abusador de menores.

Podrá decir la propia Farrow que le fue infiel a Allen con su Frank Sinatra durante toda la relación: doce películas. Podrá repetir ella misma que aquel hijo de los dos que es hoy una estrella mediática, Ronan, quizás sea hijo del cantante, ja. Será evidente que el escándalo se ha revivido justo cuando Allen pasa por su mejor momento en Hollywood, y su Blue Jasmine, que parece un retrato inclemente de Mia Farrow, aún está a tiempo de no ganarse ningún Óscar.

Saldrá Moses Farrow, uno de los dos hijos adoptados por aquella pareja infernal a finales de los 80, a decirles a todos los que quieran oír que “por supuesto que Woody no abusó de Dylan”, que no hay que confiar en nadie del clan porque todos actúan como la mafia que sacó adelante a Sinatra, que allá adentro pasan cosas muy raras. Dirá “se me enseñó a odiar a mi padre, se me lavó el cerebro”.

Pero no servirá de nada. Cuando Woody Allen muera, unos días antes de cumplir los 100 años, se dirá que ganó un puñado de premios Óscar, que escribió y filmó y actuó algunas de las más brillantes joyas de la historia del cine, y que llevó un estigma de 1992 al 2034, y más allá. No se dirá que fue declarado inocente, señores y señoras de un jurado que siempre ha existido aunque existan los tribunales, aunque exista la ley, aunque existan los hechos.

Fin

El cine de Allen está compuesto de obras maestras ligeras, y solo hay que librarse de prejuicios y verlas para disfrutarlas enormemente, pero muchos seguirán cobrándole por años esa extraña figura de gafas, y esas parodias a la sexualidad y la mezquindad y la negación humanas, y esa reivindicación de la ficción, y esos contundentes dramas para todos que en teoría son “para unos pocos”, como una pandilla que le dice al diferente “usted qué se está creyendo”, “nadie es extraordinario”. Hay esperanza: su público seguirá celebrándolo hasta que solo quede de él en el mundo, como pasó con Chaplin y ha pasado con tantos, esa magnífica suma de relatos que descubren por todos nosotros una parte de la realidad que da risa y da tristeza, y da miedo y da ganas de estar vivo.

Y para aquellos que la quieran y aquellos que la necesiten, repito, siempre estará la sentencia “no fue objeto de abuso sexual por el señor Allen” flotando como un cielo claro.

RICARDO SILVA ROMERO
Escritor y crítico de cine. Autor de 'Érase una vez en Colombia' (que contiene las novelas 'Comedia romántica' y 'El espantapájaros') y 'Autogol'. Colaborador de este diario.
www.ricardosilvaromero.com