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Sirenas... ¿existen? Para saberlo, basta encontrarlas

La Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. informó que 'las sirenas no existen'.

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17 de febrero 2014 , 10:25 p.m.

Siempre se han instalado en el imaginario popular. En los cuentos infantiles como personajes fantásticos. En la ficción de Julio Verne, cuando desde el Nautilus, en Veinte mil leguas de viaje submarino, el arponero canadiense Ned Land observa cómo un animal extraño, mitad pez mitad mujer, se sumerge en las profundidades con cola bifurcada como la de un cachalote.

“–¡Miren! –dice Land.

“–¡Se ha vuelto de espalda y enseña las mamas. Es una sirena, una verdadera sirena!”.

Land lo tuvo claro. Pero para el resto de los mortales, el debate por la existencia de este ser mitológico, pariente de minotauros, elfos, cíclopes y unicornios, no ha sido superado.

¿Son las sirenas reales? La pregunta tiene, de entrada, respuesta obvia para unos. Como para la Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), dedicada a estudiar las condiciones de los océanos y la atmósfera, que hace poco emitió un comunicado a través de su página web para decir, sin dar espacio a la duda, que “las sirenas no existen”.

La NOAA le puso fin aparente a la duda, luego de la difusión de un exitoso documental de Discovery Channel, llamado Sirenas: el cuerpo hallado, donde se da a entender que estas criaturas viven. “El documental muestra un panorama muy convincente acerca de la existencia de sirenas, a lo que podrían parecerse y por qué se habrían mantenido ocultas hasta ahora”, explicaron voceros del canal internacional por medio de un comunicado para justificar la producción.

Pero la NOAA insistió: “Nosotros no tenemos un programa científico de investigación sobre sirenas. ¿Por qué siguen ocupando el inconsciente colectivo, principalmente de casi todos los pueblos de mar? Es una pregunta que deben responder historiadores, filósofos y antropólogos”, concluyó la agencia.

Precisamente, una respuesta posible a ese reto es que siempre han estado en la imaginación de todos por su condición de seres legendarios, por ser fabulosos.

En la Odisea, de Homero, Ulises se ata al mástil de su barco para resistir la influencia de estas temibles criaturas, que atraían a los hombres de mar para hundir sus embarcaciones.

En el antiguo Oriente, las sirenas eran las esposas de los poderosos dragones marinos y servían de mensajeras de confianza entre sus cónyuges y los emperadores en tierra.

Las míticas figuras femeninas aparecieron por primera vez en las pinturas rupestres en el Paleolítico tardío (Edad de Piedra), hace unos 30.000 años, cuando los seres humanos primitivos ganaron el dominio sobre la tierra, comenzaron a crear herramientas y, presumiblemente, comenzaron a recorrer los mares. Incluso, el arte rupestre egipcio muestra a humanos coexistiendo con seres que, en lugar de pies, tienen aletas.

Y fue ahí donde comenzó otro mito: el reporte que muchos antiguos navegantes hicieron luego de, supuestamente, haberlas encontrado, aunque muchas veces en condiciones especiales: ellos las veían a babor o a estribor cuando estaban ebrios. Y es que con muchos tragos encima, en medio de viajes que duraban meses y lejos de una mínima señal femenina, cualquiera de estos hombres podía atribuirle a un delfín o a una ballena un rostro amable y similar al de una mujer.

Aunque está el testimonio, aparentemente mesurado, de Cristóbal Colón, que al comando de La Niña, en 1493, aseguró haber visto sirenas cerca de Santo Domingo: “eran mudas y feas”, escribió en su diario. Nada que ver con la descripción que se hace de ellas en la literatura griega, donde aparecen como criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y cuerpos admirables. En sintonía con esa idea aparece Ariel, en La Sirenita, la película de Disney basada en un cuento del danés Hans Christian Andersen; y también Madison, la escultural sirena interpretada por Daryl Hannah en la cinta Splash, filmada en los 80.

Sin embargo, como ha quedado planteado, no todos están de acuerdo con que las sirenas sean solo protagonistas de relatos con enorme contenido fantástico.

Hay muchos científicos que han hecho explicaciones sobre su existencia, basados en el pasado evolutivo humano. Algunos crearon la teoría del ‘simio acuático’. Según sus defensores, nuestros antepasados habrían pasado gran cantidad de tiempo en el agua, quizás la mayor parte del día, y habrían comenzado a exhibir ciertas adaptaciones evolutivas a este estilo de vida. Antes de que estos atributos pudieran desarrollarse plenamente, las circunstancias los obligaron a salir del agua para adentrarse en la sabana. De ahí que hayamos adquirido ciertas condiciones exclusivas de algunos animales marinos.

Por ejemplo: los humanos somos la única especie en la cual el pelo corporal no cubre la casi totalidad del cuerpo. Tenemos control consciente y voluntario sobre la respiración, como lo hace una ballena, que inhala tanto aire como necesita para zambullirse y luego retornar a la superficie por más oxígeno. Los humanos tenemos diez veces más grasa corporal que la que es normal para un animal terrestre de nuestro tamaño. Y podemos nacer en el agua, más rápido, mientras nuestras madres sufren menos dolor. No se sabe bien por qué pasa esto, pero esta característica humana podría ser una herencia de un simio que pasó mucho tiempo en el agua.

Si las ballenas modernas evolucionaron a partir de mamíferos terrestres hace mucho tiempo, ¿por qué no podría ser posible que una especie de mono, descendido de los mismos antepasados de los humanos, haya evolucionado con una cola de pez, pero conservando la parte superior del cuerpo como la de un humano? Hay que decir que no todas las especies marinas han sido descritas por la taxonomía moderna. Hasta un millón de especies viven en los mares, y las dos terceras partes de los habitantes del océano esperan ser descubiertos todavía.

Según teóricos, el gobierno de Estados Unidos sería consciente de la existencia de estas criaturas, pero a la vez está siendo protagonista de un encubrimiento. Prueba de este hecho sería el famoso sonido oceánico bloop, grabado en las profundidades del Pacífico por NOAA a finales de los años 90 y que demostraría alguna supervivencia, así sea marginal.

Este hallazgo es de Paul Robertson, exempleado de NOAA, cuando en el 2007 estaba investigando sobre el inexplicable varamiento masivo de ballenas. Al intentar demostrar que estos mamíferos habían sido perjudicados por las señales de un potente sonar de un barco de la marina, que habría causado su desviación a sitios poco profundos donde encallaron, Robertson usó un hidrófono grabador que detectó el bloop. Usando un software de audio, logró aislar el sonido desconocido y mezclarlo con los de ballenas y delfines. Después de un análisis, concluyó que unas criaturas extrañas se estaban comunicando con los mamíferos, quizás con la intención de salvarlos de aquellas señales dañinas.

Pero lejos de las explicaciones científicas, están quienes dicen haberlas visto. Como los constructores de una represa en Zimbabue, en el 2012, quienes dejaron constancia en un periódico local de que sus trabajos se habían retrasado por la cantidad de sirenas que los interrumpían; o como en Sudáfrica, en 1991, cuando el 30 por ciento de los restos de una criatura humanoide desconocida fue encontrado en el vientre de un gran tiburón blanco muerto en el sur de África. El cuerpo fue examinado y se determinó que tenía manos y cráneo humanoides. Una púa de raya, el arma de una aparente sirena, quedó atascada en las mandíbulas del depredador.

Incluso, el 6 de marzo del año pasado, el geólogo marino Torsten Schmidt, contratado por la firma Geo Survey, dio a conocer extraordinarias imágenes y sonidos de lo que él cree es una sirena captada por la cámara durante una exploración de petróleo y gas en aguas profundas de Groenlandia. Schmidt propuso hacer una investigación de esos extraños sonidos, pero su intento fue rechazado. “Se nos recordaron nuestros acuerdos de confidencialidad. Y nos dijeron que no podíamos compartir nuestra grabación con nadie más”, dijo Schmidt en su momento, a la prensa local.

A lo mejor, como lo postula Schmidt, las sirenas revolotean en ese mar helado y la raza humana se está encargando de erradicarlas sin saberlo. O todas murieron tras aquellos ensayos nucleares en el Pacífico, en la década de los 80. O las mató una bomba durante las guerras mundiales del siglo XX, o el último ejemplar acaba de ser destrozado por la red de un pesquero. Todo es posible. Lo que sí estaría claro es que si vivieran, lo mejor sería que permanecieran en su escondite, alejadas de toda contaminación plástica o electrónica. La coexistencia con los humanos podría ser un detestable y atroz escenario para ellas.

Pero bueno, toda esta especulación sigue sin resolver la pregunta: ¿son las sirenas reales? Es posible. Para saberlo, basta encontrarlas.

JAVIER SILVA
REDACCIÓN VIDA DE HOY