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Pilatos en el Quirinal

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17 de febrero 2014 , 05:53 p.m.

El viejo presidente se lava las manos. La lucha fratricida y lacerante, amén de opaca, de un joven, inexperto, sumamente ambicioso y decidido, aupado como secretario general al PD hace solo dos meses, convulsiona a Italia, la anomalía política permanente y solo posible en el país alpino, y genera perplejidad en el resto de Europa. Letta ha caído, se ha diluido como un azucarillo aguijoneado por su propio partido. Una votación, sin él presente. Recuerdos evanescentes de aquel presidente español que en Mallorca tuvo que salir de la votación para que los suyos, tu quoque, fili mi, le dejaran a los pies de los caballos y los tahúres. Pero Renzi no es Brutus, ni Letta, César. Tampoco ninguno es ni será Suárez. Ni el PD la UCD aunque camina hacia el mismo abismo.

Todo es posible en Italia, la culta y mística Italia. Donde el último premier elegido por las urnas y mayoritario ha sido el hoy inhabilitado y no menos vitriólico Berlusconi. Monti cayó, en la arena de las urnas. Bersani, en la euforia de una derrota victoriosa pero imposible para gobernar. Pero cuando un partido es capaz de abrirse en canal, de eso sabe mucho Il Professore Romano Prodi, todo es posible, también el suicido político.

Siempre Italia. Así es la política italiana, caminando hacia un precipicio voluntario. Caos y abismo, el ADN político. El viejo estigma. La tensión permanente y la falta de estabilidad. Es el sino de una forma de practicar el arte de la política. Donde la lealtad se debilita y erosiona. Nada maquiavélico sin embargo. O tal vez epicentro mismo de la farsa orquestada desde hace demasiados años.

Y lo es hasta el punto que la sociedad está muy por encima de sus políticos y no los toma demasiado en serio. Así lo hace su clase empresarial. Afortunadamente. Hace meses asistíamos a una de las últimas pataletas, entre el chantaje y la rabia, de un desorientado Berlusconi, imputado varias veces, condenada ya alguna e inhabilitado aunque todo se verá en el ruedo transalpino.

Es Italia, donde la ingenuidad no tiene espacio, y sí la afrenta, el juego de suma cero, pero sucio y sin velar por los intereses de Italia. Caen matando, se aúpan traicionando y zancadilleando por la espalda. Debilitando aún más a un país hoy en situación si se prefiere más delicada que la de España desde el aspecto económico y del déficit y deuda.

¿Hasta cuándo Italia, la culta y dolce Italia, puede aguantar tanta farsa y tanta ignominia? Con este proceder, aparte de precipitar al caos al gobierno, la caída del mismo y el lavarse las manos, esta vez sí de Napolitano, si bien todo se verá, Italia se precipita a un camino sobre un precipicio sin vallas y lleno de maquillajes. La política italiana es un maquillaje perfecto. Donde nada es como parece y todo parece lo que es. La irresponsabilidad se abraza con cierto radicalismo sórdido y ciego, por lo que hace escorar y fracturar partidos, coaliciones y líderes que no lo son. No hay líderes ni liderazgo, solo zafarrancho de combate y traiciones.

El pragmatismo, la eficiencia y la seriedad del presidente de la República, el octogenario Napolitano, tratará de evitar nuevas elecciones –ahora mismo no hay ley electoral- y recomponer una situación difícil, crítica para la estabilidad que ahora mismo necesita Italia sobre todo de cara hacia los mercados y digna.

Intitulaba el director de ‘Corriere’ hace unos meses su editorial ‘Un Paese dimenticato’ (Un país olvidado). Donde la política se olvida y se supedita a los intereses personales y egocéntricos de muy pocos. Un país acostumbrado a decenas y decenas de gobiernos y elecciones desde el final de la segunda guerra mundial, sin que la media llegue siquiera a los dos años de duración. Letta ha durado 300 días. Y las sombras y los escasos logros priman. Es Italia, es la forma en que los ciudadanos de soslayo infligen su desidia a sus políticos. De los que no se sorprenden en absoluto y hasta cierto punto ponen en solfa y escarnio a su clase política.

Esta vez hay una alternativa, que no había hace diez meses. Renzi ha tejido una red con aliados de los que le convendría salvar la espada. Solo su reunión hace unos días con Berlusconi augura zozobra en semanas o meses. Bisoño y nunca parlamentario, Chigi, el palacio del premier, es ingobernable sin estabilidad parlamentario, y de esto sabe mucho el parlamento italiano, erigido sobre los restos de las siete colinas, la octava, la de la ingobernabilidad y la inestabilidad. Sabe que no solo es su fracaso, sino de toda Italia. En las últimas elecciones, tras el derrumbe de Mario Monti, la socialdemocracia de Bersani ganó pero no fue capaz de formar gobierno.

Las lágrimas del socialista chocaban con la indisimulada sonrisa del Cavaliere. Letta sabía que era rehén de los caprichos y vaivenes judiciales, cada vez de un horizonte más negro y ácido de aquel. Diez meses y el poder lo devoró bajo la alfombra puesta por los suyos de malas maneras y peores artes. ¿Hasta cuándo Italia debe vivir en el esperpento político? Matteo Renzi tocará la gloria por un día, pero esta es efímera, cruel y lasciva con quienes la quieren alcanzar a cualquier precio y modo.

Abel Veiga Copo

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