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Morante en Medellín: destellos de belleza

La corrida, pues, aunque el triunfador fue Sebastián Castella, quedó sobre los hombros de Morante.

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16 de febrero 2014 , 11:31 p.m.

A sebastián Castella le dieron las dos orejas de su segundo toro en La Macarena de Medellín por pantallero. Y también, por bien plantado, claro, y por elegante y armonioso de movimientos y de inmovilidades. Era un toro mansurrote y tontarrón, como todos los del encierro de Ernesto Gutiérrez, y sin ningún peligro. Pero Castella se le enfrentó como si lo tuviera: se expuso –es un decir– en circenses verónicas de rodillas, hizo su número de los pases cambiados por la espalda, etcétera.

Dice Hemingway en su buen libro de toros, Muerte en la tarde (los demás son malos), que cuando un torero se pone de rodillas es porque no se sabe quedar quieto de pie. Esto no es cierto de Castella, que tiene un valor escalofriante cuando de veras hay peligro. Pero esta vez no lo había. De modo que, fingiendo el peligro, el torero fingió también el valor. Y se ganó dos orejas, lo cual no honra a la pueblerina plaza de Medellín.

Había estado mejor Castella en su primer toro, tercero de la tarde: escurrido de carnes, luminoso de capa (que, como la de todos, era azabache), y, como todos, bobo y mansote. Toreo bueno, aunque rápido. La majestad de los pases de pecho. Mató mal.

Del debutante Santiago Gómez no hay mucho que decir, salvo que no estaba preparado para tomar la alternativa que le dio el maestro Morante de la Puebla. Pegó muchos pases y ninguno bueno.

La corrida, pues, aunque el triunfador fue Sebastián Castella, quedó sobre los hombros de Morante, chorreantes de plata fina sobre un azul casi negro. Recibió una bronca del público en su primero: un torito descompuesto, escobillado de pitones al topar un burladero, mal lidiado por la cuadrilla y reducido a cortas embestidas que remataba punteando arriba. Desganado, no lo pudo matar Morante, y se lo llevaron vivo después de muchos pinchazos en lo alto. Al torero le dio igual. Sabía que había dejado, con el capote, cuatro verónicas extraordinarias, que fueron tal vez lo mejor que vimos en toda la aburrida tarde.

Salió el cuarto. Distraído, desordenado, suelto. Tres bonitas medias verónicas, líquidas y desdeñosas. En el puyacito de trámite –todos lo fueron en la tarde del sábado– ni siquiera sangró el toro. Después vino una faena larga y deshilvanada, casi toda hecha sobre la mano izquierda con la muleta limpia, incompleta y sin redondear, pero con muchas cosas bellas. Un pinchazo, una buena estocada, y el torito negro, que no había sido bravo, se fue a las tablas de toriles para morir de pie una muerte de bravo.

ANTONIO CABALLERO
Especial para EL TIEMPO